Crítica de ‘Happy End’: Como el rosario de la aurora

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Happy End

No será difícil que el espectador iniciado en el cine de Michael Haneke se imagine con antelación que lo más probable es que una película suya titulada “Final feliz” termine como el rosario de la aurora, de hecho, no es la primera vez que juega con el título de sus films; baste recordar aquellos Funny Games, en cualquiera de sus dos versiones, que eran cualquier cosa menos unos juegos divertidos. Este Happy End no es, ni de lejos, su película más cruda, pero aun así, el maestro austriaco utiliza todos los recursos cinematográficos con los que ha conformado una identidad propia, reconocible e imitada, para perturbar al espectador con el que juega (y no dudo que se divierta) conduciéndole por las diferentes líneas argumentales de las que salta con la seguridad de quien lleva más de cuarenta años haciendo cine.

Y es en esta ruptura de la narrativa clásica donde Haneke se mueve como pez en el agua, tan pronto inflige a su espectador uno de sus largos planos fijos grabado con un teléfono ¿inteligente? como se marca un largo travelling siguiendo a un hombre en silla de ruedas del que solo nos permite intuir sus intenciones o se calza la cámara al hombro para que adoptemos una mirada subjetiva de la que tenemos todo menos voluntad para dirigirla. La voluntad, se la reserva Haneke para él mismo, para administrarnos la información con la parquedad de un usurero. Solo cuando el metraje ha avanzado lo suficiente, el espectador atento es capaz de hilar en su mente la densa trama de vínculos personales con los que guionista y director, dos naturalezas en una misma persona, han planteado la disección de una familia burguesa de Calais en la que se refleja, como siempre en Haneke, su demoledora visión de una sociedad primermundista, la suya, la nuestra, siempre a la deriva ética y moral, condenada tal vez a una irremediable autodestrucción.

Una niña de trece años (maravillosa Fantine Hardouin, nombre a seguir) es el eje introductorio a la corte de personajes de diversas generaciones que comparten, acaso únicamente, el tedio ante la vida y la incapacidad (o falta de ganas, nunca se sabe) para comunicarse unos con otros. En la cúspide de la pirámide, un abuelo hastiado de todo que sabe hacerse el loco cuando le conviene, interpretado por el gran Jean-Louis Trintignant que se marca un breve spin-off (como odio este término pero no encuentro una traducción lo suficientemente elocuente) de su anterior trabajo con Haneke en la maravillosa y multipremiada Amor. Su ansia de quitarse de en medio solo es comparable con el desprecio con el que contempla a sus hijos y nietos y del que solo la virtuosa ejecución musical de una violagambista es capaz de arrancar una sonrisa que, por un momento, parece auténtica.

En el otro extremo generacional (dejando al margen a un intrascendente bebé), tenemos a la referida niña, Eve, que salta de un hogar de clase media (o media baja) a otro de decadente burguesía, pero burguesía al fin y al cabo. Su mirada, tan turbia como la de su abuelo aunque oculta tras la presunta inocencia de unos ojos infantiles, ejerce de sostén narrativo a Haneke que, cuando quiere dar pistas al espectador, se sirve de ella, aunque sea a través de sus silencios, para permitir al espectador mirar y además de mirar, por un breve momento, ver.

Entre ambos, abuelo crepuscular y nieta floreciente, hasta que juntos se encaminen, sarcasmo mediante, hacia el Happy End, tenemos a toda una colección de adultos con sus respectivas y variadas crisis de la mediana edad en plena ebullición, la insatisfacción laboral, la inconstancia en el amor y su consecuente infidelidad, la responsabilidad mal entendida y el miedo a asumir las responsabilidades inequívocamente entendibles, en definitiva, el vértigo de vivir, de envejecer y de tomar consciencia de la imposibilidad de ser feliz con las cartas recibidas en suerte a pesar de ser unas buenas cartas. Preguntas, como siempre en Haneke, sin respuesta. Isabelle Huppert (que parece haberse hecho imprescindible para el director austriaco), Mathieu Kassovitz, Laura Verlinden y un Toby Jones últimamente omnipresente completan un reparto brillante que parece conocer al dedillo los resortes emocionales (o alexitímicos) del cine hanekiano.

Es probable que Michael Haneke a sus 76 años ya haya realizado sus mejores obras aunque nunca se sabe, en el pasado Festival de Cannes por primera vez se fue de vacío sin despertar el entusiasmo general que solía acompañar a sus anteriores películas, de ahí, probablemente, el retraso con el que se ha distribuido y estrenado en nuestro país este Happy End a pesar de que con su anterior película, Amor, alcanzó un éxito poco usual en un director poco propicio a alimentar taquillas. No comparto la opinión, como se dijo en Cannes, de que Haneke se repita o se autoparodie; su mirada sigue siendo inmisericorde pero las patadas en el estómago son amortiguadas por un estilo más depurado, más afrancesado (cinematográficamente hablando) y con una dosis de crudeza rebajada con agua, de mar concretamente.


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7.5/10

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