Crítica de ‘Tully’: Una Mary Poppins milenial

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Tully

La familia americana, la trinidad sagrada que durante décadas el cine ha utilizado como insignia del American way of life. A menudo formada por un padre proveedor y una madre sacrificada. Ella cuida de los niños, prepara la comida y aún le queda tiempo  para terminar el trabajo de ciencias de su hija y presidir la asociación de padres. La sombra de la supermamá es alargada y puede causar frustración en las mujeres agotadas ante el abrumador cambio que supone tener un hijo. Contra esa visión mitificada de la maternidad que a menudo nos ofrece el cine, llega esta semana a nuestras salas Tully. Pero no os equivoquéis, a pesar de lo que pueda parecer en su tráiler, la última película de Jason Reitman es mucho más que un bocado de realidad sobre ser mamá.

Marlo es madre de dos niños y acaba de salir de cuentas del tercero. Si su vida ya es agotadora intentando conciliar su papel de madre y esposa con su trabajo en recursos humanos, la llegada del bebé termina por desbordarla. Su hermano, en una situación acomodada y con una vida familiar opuesta a la de Marlo, decide regalarle una niñera nocturna que le ayude a recuperar su vida.

Tully es la tercera colaboración de Reitman con Diablo Cody tras Juno y Young Adult. La cinta se convierte en un término medio entre ambas, tan fresca como la primera, pero compartiendo alma con la segunda.

A pesar de no ser autobiográfica, Diablo Cody ha proyectado en el guion las ansiedades que ella misma sintió tras su tercer embarazo. En lugar de basarse tan solo en su propia experiencia, la escritora pone a su protagonista al límite: tres niños, uno de ellos con un posible trastorno de procesamiento sensorial, y una situación económica ajustada. El resultado es una primera media hora en la que el espectador empatiza y se agobia con Marlo. Por eso la aparición de Tully, esa joven niñera, hace de trampolín, no solo para la protagonista, sino para el propio ritmo de la película.

«Las buenas madres llevan magdalenas al colegio de sus hijos y organizan noches de casino en su garaje», dice Marlo en un momento. Ella misma se ve frustrada por las expectativas que siempre ha tenido sobre la maternidad. Pero Diablo Cody ofrece un aliento defendiendo que no existe una versión dogmática de ser madre. Si Marlo cree ser mala madre es porque está demasiado cansada para darse cuenta de lo contrario.

Ahí entra Tully, una niñera que en realidad no llega a esa casa para cuidar del bebé, sino para que Marlo vuelva a ser ella misma. Porque Tully habla de la maternidad, sí, pero sobre todo trata de los cambios vitales y de cómo a veces nos perdemos en cada uno de ellos.

Marlo se ha perdido en su cotidianidad, esa que marca Reitman con una secuencia de instantes posteriores al parto: El niño grita, levántate, dale de mamar, el bombeo de leche, lava al niño, duerme al niño, el niño grita, levántate, dale de mamar…Ha dejado todo lo que ella es para convertirse únicamente en madre. Solo Tully puede recordarle aquella versión de sí misma que en algún momento fue.

Charlize Theron se compromete con su personaje como ya hizo en Monster. Ese compromiso va más allá de la interpretación hasta convertirse en algo físico. Para encarnar a Marlo, Theron ha engordado veinte kilos, con el fin de no tener que utilizar dobles de cuerpo o maquillaje al retratar la metamorfosis del cuerpo de una mujer que acaba de tener un hijo. Y, aunque su interpretación no alcanza la que dio al meterse en la piel de Aileen Wuornos, no cabe duda de que estamos ante uno de los mejores trabajos de su carrera.

Mackenzie Davis, a quien hemos visto en éxitos como Marte o Blade Runner 2049 es una Mary Poppins casi tan misteriosa como el personaje de Lyndon Travers. Es la juventud desenfadada, la veintena llena de sueños y libertad. Todo aquello que Marlo fue en el pasado.

Completan el reparto, en papeles muy secundarios, Ron Livingston y Mark Duplass como Drew, marido de Marlo, y su hermano Craig. Se le ha echado en cara a la película que los hombres aparezcan en un segundo plano perpetuando la idea de que es la mujer quien debe hacerse cargo del hogar. Nada más lejos de la realidad, Marlo se ve superada por las expectativas que ella misma se impone. Drew nos parece plano y poco activo en su papel familiar porque estamos sumergidos en el mundo y la visión de Marlo. No es sino al final que él mismo reconoce que también se siente abrumado y frustrado.

Tully vuelve a ahondar en temas que Cody ya ha visitado en Young Adult o en Ricky. Un personaje con problemas para aceptar las transiciones vitales, incapaz de conformarse con lo que la vida le ofrece y, al mismo tiempo, castigándose por no hacerlo. Y, como siempre, intenta guiar a esos protagonistas por una senda amarga, pero llena de comicidad, que muestre que son ellos mismos quienes se resisten a alcanzar la felicidad.


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7

Puntuación

7.0/10

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