Crítica de ‘El aviso’: Suspense matemático bien resuelto

Crítica de ‘El aviso’: Suspense matemático bien resuelto
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Las críticas de Óscar M.: El aviso

Las matemáticas son parte indiscutible de nuestra vida. Tal vez el logaritmo neperiano de e no nos ayude a llegar a final de mes o la raíz cuadrada de veinticuatro no sea la respuesta a nuestras necesidades afectivas, pero los cálculos matemáticos forman parte de nuestro día a día y, en el caso de El aviso, podrían ser la solución para mantener al protagonista con vida.

La película cuenta la historia de un matemático (interpretado por Raúl Arévalo) que descubre una secuencia numérica la cual podría ser la explicación a una serie de asesinatos ocurridos en el mismo lugar a lo largo de los últimos cien años. El problema es que su estabilidad mental provoca las dudas de la, ya de por sí, rocambolesca explicación y la delgada línea entre casualidad y causalidad es cada vez más borrosa.

El guión se basa en el libro del mismo nombre de Paul Pen (y por el que han pasado hasta tres guionistas) donde las citadas casualidad y causalidad van juntas y se complementan, dejando al espectador la decisión de que todos los acontecimientos sean fruto de la casualidad o que la propia causa y efecto de los actos del protagonista los estén provocando.

La adaptación cuenta con una trama bien construida y una base bastante sólida, donde se van dando pistas al espectador según avanza la trama y el argumento lo lleva hasta la resolución final sin poner en duda su inteligencia, descubriendo detalles al mismo tiempo que el protagonista y en ningún momento ocultando información, dejando una satisfacción en el público de haber descubierto el enigma y resuelto la secuencia numérica por sí mismo, además de dejar un final abierto a diferentes interpretaciones.

El director Daniel Carpalsoro mantiene su particular estilo visual, se aleja un poco de Cien años de perdón (donde el filtro azul y verde destacaba con fuerza) y aquí lo mantiene para las escenas lluviosas y las situadas en el interior de los coches (sus preferidas, claramente). Aunque continúa usándolo para diferenciar el momento temporal en el que suceden los hechos: con una fotografía más cálida, luminosa, en exteriores y situadas durante el día para la historia del niño y otra más fría, oscura, en interiores y en escenarios nocturnos para la trama del adulto.

En el aspecto interpretativo, Carpalsoro consigue sacar lo mejor: Raúl Arévalo hace creíble a su personaje, ofreciendo un neurótico y frágil matemático (alejándose de los tipos duros y con convicción a los que nos tiene acostumbrados en anteriores interpretaciones, como La isla mínima o Cien años de perdón) que llega al público y consigue mantener el interés hasta el final. La presencia de Aura Garrido en la pantalla es una gozada (aunque tenga un acento difícil de escuchar y clasificar) y su interpretación de madre sufrida está al nivel esperado y deja buena sensación en el público. El caso de Belén Cuesta es digno de estudio: está absolutamente maravillosa y es capaz de hacer verosímil cuando está de secretaria despistada en Paquita Salas, de monja pizpireta en La llamada o de sufrida secundaria, siempre hace un trabajo increíble.

Una mención especial merece Julieta Serrano, un pequeñísimo papel para una actriz impresionante. Su presencia en la película demuestra que los actores y actrices de más ochenta años tienen mucho que ofrecer y hay que mantener en activo para que las nuevas generaciones ávidas de píxeles y argumentos palomiteros no los olviden.

Con un guión solvente, una dirección personal y unas interpretaciones sobresalientes, El aviso es una película de suspense matemático de un nivel inferior al de La habitación de Fermat (mucho más seria) que permite hacer pensar al espectador al mismo tiempo que entretenerlo. Y ése es el objetivo principal del cine.

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