Crítica de ‘Oro’: No es oro todo lo que reluce

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Oro
 

No pocas películas se han basado en la leyenda de la mítica ciudad de El Dorado, situada en algún lugar de las Indias, y de las numerosas expediciones que se realizaron en su búsqueda. En general las películas han corrido la misma suerte que en su día sufrieron las expediciones, ninguna de ellas ha alcanzado un éxito notable a pesar de que, varias décadas después de su estreno, Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972) esté considerada una obra de culto en círculos cinéfilos. El precedente más señalado en España es El Dorado con la que el gran Carlos Saura filmó en 1988 la que probablemente sea el mayor fracaso de su brillante carrera, una obra de enorme presupuesto para las cifras que por entonces manejaba el cine español que se estrelló contra la taquilla, contra la crítica y contra unos incipientes premios Goya que dieron la espalda a sus nueve nominaciones dejando a la película sin ninguna estatuilla.

Desde su excelente debut en 1995 con Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, la filmografía de Agustín Díaz Yanes ha ido dando tumbos de fiasco en fiasco hasta alcanzar el culmen del despropósito con este Oro que convierte en obra maestra la fallida El Dorado de Carlos Saura. Cinco películas en veintidós años parece una trayectoria un poco exigua pero no es tanto un problema de cantidad como de que en ninguna de las cuatro películas siguientes se haya vuelto a ver el prometedor talento que demostró en su ópera prima. Todo lo que no funciona en Oro señala de manera inmisericorde a su director.

Adaptando un relato inédito de Arturo Pérez Reverte que él mismo junto al propio Díaz Yanes adaptan a guion cinematográfico en su segunda colaboración tras Alatriste (2006), Oro cuenta la historia de una expedición que en 1538, al mando de Don Gonzalo de Baztán (José Manuel Cervino) trataba de abrirse camino a través de la selva para llegar a la supuesta ciudad de Oro donde los tejados de las casas estaban construidos de este brillante metal.

El primer problema, y probablemente la madre de todos los males que aquejan a la película, es que el guion es mucho más fuerte desde el punto de vista literario que en el manejo del lenguaje cinematográfico, lo que conduce, entre otras cosas, a una abusiva utilización de la voz en off para tratar de explicar al espectador lo que no son capaces de explicar las imágenes. Valga como ejemplo que los cinco primeros minutos de película son una continua presentación de personajes por medio de la voz del Licenciado Ulzama (Andrés Gertrúdix) que hace las veces de escribano del rey. Así, para empezar, cuando la atención del espectador aún no ha sido captada, someterle a tal avalancha de información obliga casi al uso de una libreta para tomar notas. A lo largo del metraje, Díaz Yanes volverá a recurrir en varias ocasiones a este recurso más por incapacidad visual que por que el empleo de la voz en off (con el que no tengo nada en contra) esté justificado.

Pero lo más sorprendente y descorazonador de todo es el estrepitoso naufragio de un reparto de campanillas, con algunos de los nombres más granados del cine español que ofrecen su peor trabajo en muchos años, en algún caso, como el de la siempre fantástica Bárbara Lennie, el peor de su carrera. Es la primera vez que no me creo nada de lo que dice, que la veo incómoda con el personaje, con el texto, con el tono, con el resto de los actores y hasta con su propio vestuario. Oscar Jaenada se limita a poner la misma cara de malo al que le aprieta la úlcera de estómago durante toda la película, no hay matices en su gesto, no hay inflexiones en su voz, no hay sentimiento bueno o malo tras su arquetípica composición de un hijo de puta de libro. José Coronado, probablemente el actor español al que mejor le ha sentado la edad, tampoco consigue sacar adelante su papel con brillantez y Raúl Arévalo termina siendo el más irregular pues por lo menos alterna algún momento brillante con otros en los que está absolutamente perdido. También están nombres tan habitualmente solventes como Antonio Dechent, José Manuel Cervino, Luis Callejo o el mismísimo Juan Diego. Pero están. Nada más. Se limitan a estar. Podrían estar cuatro actores insustanciales absolutamente desconocidos y el resultado sería el mismo: el más absoluto vacío. Y cuando un reparto de este nivel naufraga al completo, uno no puede si no plantearse que no puede ser solo culpa de ellos. Vuelve a fallar, una vez más, la dirección, en este caso de actores.

Si el guion no funciona como lenguaje cinematográfico, si el director no está acertado con la filmación de las escenas de acción, si no hay pulso narrativo, si los actores están cada uno en una película diferente y algunos acordes musicales recuerdan sospechosamente a algunas notas de la de La Misión (Roland Joffé, 1986), solo podemos quedarnos con la estupenda dirección de fotografía de Paco Femenía, lo único destacable de otra fallida versión de la leyenda de El Dorado. No sé si alguien se atreverá a volver a intentar contarla, si es así, debería revisar repetidamente las versiones de Saura y Díaz Yanes para no caer en los mismos errores.

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