Crítica de ‘Selfie’: Brillante extravangancia

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Selfie
 

En estos tiempos convulsos donde la sociedad española está cada vez más dividida, presa de un sectarismo recalcitrante que impide ver la viga en el ojo propio mientras se twittea furiosamente contra las pajas en ojo ajeno, y pocos se atreven a opinar sobre algo sin saber qué opinan los suyos, no vaya a ser que se aparten de la línea de pensamiento única marcada por sus faros de opinión, es gratificante encontrar a alguien como Víctor García León que, haciendo de la necesidad virtud, se marca un falso documental, con un presupuesto mínimo, que desnuda las miserias de la derecha más rancia y corrupta con la misma saña con que se ríe de la endeblez de una izquierda, también rancia, y abocada a perder el contacto con la realidad.

Es difícil distinguir en Selfie las partes en las que sencillamente se filma la realidad pura y dura (esos mítines del PP y de Podemos son reales, como lo son las espontáneas reacciones de transeúntes del madrileño barrio de Lavapiés) y en los que la realidad es parcialmente ficcionada para poder dar cuerpo al conjunto, pero es muy fácil entrar en el artificio fílmico propuesto por su director, el espectador acepta enseguida ser el portador de esa cámara que está continuamente pegada a Bosco, un joven pijo de manual, hijo de un político del PP encarcelado por practicar la corrupción en sus diversas formas, al que de la noche a la mañana se le derrumba su plácida existencia en forma de lujoso chalet en la Moraleja, confortable situación económica, Máster en universidad privada de prestigio… y debe afrontar, sin dinero, como progresivamente familiares y amigos le van dando la espalda.

El joven debutante Santiago Alverú, permanentemente en plano, despliega una frescura arrolladora para dar vida a este prototípico cretino que tras la “caída del caballo” comienza a tomar contacto con una realidad de la que ha vivido absolutamente ajeno y a aprender esa picaresca tan española a base de vivir a golpes cual Lazarillo de Tormes pasando de amo en amo. Alverú es capaz de pronunciar sin desmayo auténticas estupideces con la pasmosa naturalidad con la que las diría un alienígena recién llegado a la tierra, es imposible distinguir cuando actúa y cuando se limita a ser él mismo ayudado por su físico: ese flequillo, esa gestualidad facial, ese modo de mover las manos y sacudir la cabeza al hablar son absolutamente idóneas para encarnar a un personaje que, en alguna de sus variantes, todos hemos conocido alguna vez.

El resto de los personajes no salen mucho mejor parados, Víctor García León destila continua mala leche en el retrato de esa ciega happyflower (buen trabajo de Macarena Sanz) que vive permanentemente en los mundos de yupi, o su enamorado, un joven militante continuamente emporrado cuyos argumentos de derrumban como un castillo de naipes al mínimo esfuerzo intelectual.

Ácida y divertida a pesar de situarse en el más descarnado panorama de la actualidad, Selfie se pasa por el forro la corrección política en uno de los más valientes ejercicios que he visto en el cine español en mucho tiempo. Hace falta mucho coraje y mucho talento para sacar adelante un proyecto así, que a primera vista puede parecer extravagante, y demostrar que se puede hacer cine con muy poquito dinero y contar cosas interesantes, denunciar situaciones sangrantes desde fuera del sectarismo, y retratar despiadadamente a estas perennes dos Españas que se empeñan en perpetuar su encono por los siglos de los siglos. Asegura García León que tanto PP como Podemos dieron todas las facilidades del mundo para grabar en sus mítines, probablemente no se habían leído el guion. Lo que me pregunto es si verán la película y si, unos y otros, serán capaces de entender algo.

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