Crítica de ‘La niebla y la doncella’: Oportunidad perdida

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La niebla y la doncella
 
Lorenzo Silva es, sin duda alguna, uno de los más notables representantes de la novela policiaca en nuestro país, un género no tan cultivado como en otras literaturas (la nórdica es la primera que se me viene a la cabeza) que cuentan con multitud de escritores que han creado personajes cuyas historias se prolongan en sagas de las que cada nueva entrega es recibida con el sello de best-seller garantizado (el inspector Wallander del llorado Henning Mankell es el primero que se me ocurre). Los personajes popularizados por Silva son los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro cuyos casos ya han dado para nueve novelas, tres de las cuales le han valido a su autor los premios Planeta, Nadal y El Ojo Crítico.
 
Patricia Ferreira dirigió en 2002 la primera adaptación al cine de la serie Bevilacqua y Chamorro a través de la segunda de las novelas, El alquimista impaciente, protagonizada por Roberto Enríquez en el papel de Bevilacqua e Íngrid Rubio interpretando a Chamorro. No recuerdo haber visto en su día la película que pasó por la cartelera sin demasiado estrépito y obtuvo dos nominaciones al Goya.
 
Quince años después llega a las pantallas una nueva entrega basada en la tercera novela, La niebla y la doncella, con cambios en los papeles protagonistas. Ahora es Quim Gutiérrez el sargento Bevilacqua y Aura Garrido la cabo Chamorro. La reapertura de un caso cerrado en falso años atrás llevará a los protagonistas a la isla de La Gomera para tratar de esclarecer las circunstancias del asesinato de un joven del que en su día se acusó a un político local que posteriormente fue absuelto por un jurado popular. La agente que en su momento investigó el caso (Verónica Echegui) es reasignada como ayudante de la pareja protagonista a petición de la madre de la víctima, lo cual, unido al hecho de que dos agentes de Madrid sean enviados para investigar el caso despierta los lógicos resquemores en el mando local interpretado por Roberto Álamo.
 
Con estos mimbres, el debutante en el largometraje Andrés M. Koppel, dirige un film irregular que a pesar de su fulgurante comienzo (excelente secuencia de persecución filmada entre la niebla) se diluye por culpa de la torpeza de un guion (adaptación del propio Koppel) que no maneja bien los tiempos del suspense propio del género policiaco ni el ritmo del thriller. Hay demasiado empeño en sugerir sospechosos y en crear ambiente a base de dar un barniz turbio a las relaciones entre los diferentes personajes y este empeño resulta tan evidente que desbarata la esencia misma del género y el espectador termina por distraerse confundido en tramas secundarias que no siempre llevan a alguna parte.
 
Tampoco el reparto funciona como debería, especialmente en el caso de un Quim Gutiérrez en un papel muy alejado de sus registros habituales y con el que no parece sentirse cómodo en ningún momento. Mejor y más sólida está Aura Garrido a pesar de que su papel queda un tanto desplazado del protagonismo por el personaje de una Verónica Echegui que resulta demasiado irregular y alterna momentos brillantes con otros en los que el personaje se le va claramente de las manos. Roberto Álamo tira de su gran presencia en pantalla, de su solidez interpretativa y de su incuestionable talento para salir más que airoso de un papel que le va como anillo al dedo.
 
Irreprochable desde el punto de vista de la producción, con unas sensacionales localizaciones en la isla de La Gomera y una fantástica dirección de fotografía de Álvaro Gutiérrez, es una lástima que La niebla y la doncella se quede en un film rutinario por culpa de la irregularidad del guion y la endeblez interpretativa de su protagonista masculino. No sé qué va a ocurrir con el resto de las novelas de Bevilaqua y Chamorro pero en mi opinión se ha perdido una oportunidad fantástica de crear una saga cinematográfica (muy exportable) que sirviera al mismo tiempo para dar lustre a nuestro cine y a la literatura policiaca española.

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