Crítica de ‘Tom of Finland’: El artista que rompió fronteras y prejuicios

Las críticas de David Pérez “Davicine”: Tom of Finland

Falo, pito, manubrio, polla, culebra, rabo, miembro, pirulo, verga, mástil, pija, pistola, banana, cipote, plátano, sable láser, pepino, volcán cárnico, cañón, joystick, chorra, minga, manija, palanca de cambios, tranca, palo, anaconda, salchicha, manguera, corneta, piruleta, soldadito, pajarito… todas son formas de llamar al pene. Hay que naturalizar la palabra pene como hay que naturalizar su visionado en pantalla grande o en cualquier variedad artística, y Tom of Finland consigue contarnos de una manera natural y sin complejos, independientemente de la sexualidad de cada espectador, la historia de un artista cuyas ilustraciones de hombres homosexuales musculosos, libres y desinhibidos dieron la vuelta al mundo y lo convirtieron en un icono de la revolución gay. 

Es habitual encontrarnos películas de artistas de renombre, casi de cualquier arte (música, pintura, escultura, arquitectura, danza, poesía,…), en las que nos cuentan sus orígenes, su evolución y cómo lograron llegar a ser reconocidos hasta nuestros días. Estas películas suelen tener un valor casi didáctico, pero Tom of Finland va más allá, y logra también enseñarnos mucho más sobre nosotros mismos, sobre la evolución del ser humano y sus prejuicios en lo que respecta a la homosexualidad, y mostrarnos fríamente una sociedad que todavía tiene mucho que cambiar.

El premiado cineasta finlandés Dome Karukoski (El gruñón, Fruto prohibido, La casa de las mariposas negras) es el responsable de contarnos la hermosa y conmovedora historia del artista finlandés Touko Laaksonen y su camino hasta el éxito internacional. En Tom of Finland, Touko vuelve después de la Guerra de continuación a su sombrío y moralista hogar de Finlandia, donde la homosexualidad es ilegal. Touko encuentra una vía de escape en el arte, empezando a hacer dibujos de hombres homosexuales musculosos, libres, desinhibidos y orgullosos. Veli, su gran amor y compañero de vida, anima a Touko a mostrar a la gente su trabajo. Sus dibujos lo acaban llevando a Los Ángeles, pasando primero por Berlín. Las ilustraciones, firmadas con el nombre de “Tom of Finland”, se vuelven muy populares y desencadenan una verdadera revolución, convirtiéndose en un ícono gay.

Tom of Finland es una película imprescindible que va más allá de los meros cines de arte y ensayo, y nos permite disfrutar con la historia de una vida y del progreso social y sexual en la segunda mitad del siglo XX. Las imágenes del artista han llegado hasta nuestros días, pero puede que ni sus más fieles seguidores conocieran la represión que fomentó estas imágenes cargadas de erotismo. Las experiencias del protagonista dotan de gran peso dramático a la historia de su vida que abarca desde la Segunda Guerra Mundial a la crisis del SIDA de los años 80, en un intento de amplitud narrativa por parte de Karukoski y el guionista Aleksi Bardy, aunque ambos son sorprendentemente tímidos a la hora de representar la desnudez masculina y las relaciones homosexuales, representadas orgullosamente en los dibujos que se reproducen en pantalla.

Durante gran parte de la película, los tonos ocres y oscuros acaparan la fotografía, claro reflejo de una creatividad y sexualidad oculta ante los ojos de una sociedad que no se adapta, y el mayor contraste en la paleta visual, tal como era de esperar, se vislumbra en las experiencias de Touko (Pekka Strang) en California, cuando el artista empieza a vivir la auténtica revolución gay, donde puede dar rienda suelta a su creatividad en sus dibujos, y comienza a ser conocido por el seudónimo de “Tom of Finland” (“Tom de Suecia podría vender más”, sugiere una impresor cuando el alias es acuñado por un editor de una revista, “pero por lo que parece Finlandia tiene pollas más grandes”, es la contundente respuesta).

De la misma forma que los colores apagados nos acompañan la primera mitad de la película, es en esta parte donde la narración se centra en las relaciones personales del protagonista, conociendo a su hermana Kaija (Jessica Grabowsky), que es homofóbica y no acepta la obra de su hermano, y la relación sentimental con el sensible y atractivo bailarín de ballet Nipa (Lauri Tilkanen), lejos de ser el ideal de las imágenes de Tom. Mientras que el acto final introduce dos nuevos personajes: Doug (Seumas Sargent), un joven tímido que se reinventa a sí mismo aspirando a ser la imagen de macho de los años 70 de la liberación gay, y su novio Jack (Jakob Oftebro), y es en esta parte donde la película mira con nostalgia la época de la revolución sexual en Estados Unidos que aparentemente parece más distante en esta era de conservadurismo.

Al igual que el artista Touko Laaksonen comienza poco a poco a romper los tabúes, con la afirmación de su identidad sexual y su arte, el director se adentra hacia lo subversivo, representando el contexto del cambio socio político, desde Finlandia hasta San Francisco. Tom of Finland evoca una dualidad de representación fundamental para la valoración del trabajo de Laaksonen, alternando entre el arte y la pornografía, representado demasiado deliberadamente para dejar aún más patente la provocación. Esta dicotomía no sólo se apropia del cineasta en lo visual, sino también en el apartado sonoro, llevándonos de una partitura de piano utilizada en gran parte de la primera mitad, hacia una euforia disco que nos acompaña hasta los créditos finales.

Tom of Finland es una gran historia sobre un artista que marcó a las generaciones posteriores y abrió el camino de la revolución gay. Es una película sobre la identidad sexual y las limitaciones de una sociedad en la que cualquiera debería ser libre de vivir sin ser juzgado por su sexualidad. 

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