Crítica de ‘La mujer del animal’: ¿Persona, animal o cosa?

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: La mujer del animal

Hace unas semanas escuché una conversación en la que intervenía un encendido animalista argumentando que no le parecía bien que se emplearan nombres de animales para insultar a los demás y que debería haber una ley que nos prohibiera llamar “burro” al que no entienda que dos y dos son cuatro, “cerdo” al que coma con la boca abierta o “gallina” al cobardica que no se atreva a saltar a la piscina. En fin. Lejos de esa radicalidad lingüística que no comparto, he de decir que no conozco a ninguna especie animal, ni siquiera las hienas o los buitres carroñeros, que merezca ser comparada con el “presunto ser humano” que da título a esta película.

El colombiano Víctor Gaviria firma su cuarto largometraje en veintiséis años para traernos la historia de Amparo, una niña que, tras ser expulsada por una travesura del internado de monjas en el que residía, se ve abocada a vivir en un poblado chabolista a las afueras de Medellín donde es raptada por su primo Libardo (el animal) que además de violarla, pegarla, insultarla, humillarla, encerrarla y denigrarla a la más miserable condición a la que se puede rebajar a un ser humano, la convierte en su mujer. Como lo leen.

Gaviria no ahorra al público ni un solo detalle de todo el proceso, los espectadores asistimos como testigos mudos e impotentes a la violación escuchando los gritos de la pobre Amparo, vemos perfectamente como la golpea salvajemente sin escatimar todo el ensañamiento posible y escuchamos cada insulto proferido por la boquita del animal, otra cosa es que los entendamos pues las peculiaridades del habla colombiana en un barrio marginal se las trae. Por si esto fuera poco, el animal no se conforma con maltratar a Amparo e incorpora a otras mujeres a su particular catálogo de víctimas.

No he visto jamás en el cine tanta brutalidad real, aquí no se trata de violencia de comic adaptada al cine, el que piense que las películas de Tarantino son violentas las programaría en horario infantil antes que La mujer del animal. Les aseguro que hay momentos en los que es imposible evitar apartar la mirada del plano, apretar los puños o soltar una sarta de tacos e insultos al personaje, interpretado con gran fuerza y verismo por el actor Tito Alexander Gómez. El personaje de Amparo corre a cargo de Natalia Polo, una actriz no profesional que resiste cada envite interpretativo con gran soltura en un papel endiabladamente difícil para una debutante en el cine.

El problema es que esta falta de tregua agota al espectador y termina por conseguir que la película se haga repetitiva y emborrone un tanto una historia que podía haber sido contada con un poquito más de sutileza, menos ensañamiento visual y, especialmente, menos metraje. Los ciento veinte minutos que dura La mujer del animal se hacen eternos. A pesar la notable realización, la película pierde fuerza por culpa de la reiteración del discurso y de la agresividad de su puesta en pantalla. Es incuestionable el oficio de Gaviria filmando, un oficio del que ya dio buena prueba en su celebrada La vendedora de rosas (1998) en la que también se ocupaba de la marginalidad de los niños de la calle en Medellín, pero mientras en aquella película el espectador se conmovía, aquí se revuelve a pesar de que la historia parte de un material con el que sería fácil empatizar en caso de haber sido tratado de otra manera. Imprescindible para los que quieran conocer realidades sociales cruentas pero no apta para corazones sensibles o espectadores que quieran pasar dos horas de evasión en el cine.

 

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