Crítica de ‘Un hombre llamado Ove’: Nadie debería estar solo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Un hombre llamado Ove

Afortunadamente desconozco cómo debe ser vivir sin seres queridos. Y me refiero a ello en la reciprocidad del escenario, es decir, vivir sin nadie a quien querer y sin sentirse querido por nadie. Pero sé que hay gente que vive así. Dejando a un lado esta circunstancia desgraciada sobre la que probablemente sería imposible escribir algo general sin caer en vaguedades, lugares comunes y demás simplezas; y dejando a un lado a los seres queridos que muchos tenemos, creo que en mayor o menor medida, la mayoría de las personas hemos tenido en algún momento de nuestras vidas algún rapto de misantropía. Esa sensación de estar harto de la gente en general, de no reconocer como semejantes a los vecinos que nunca saludan, a algunos compañeros de trabajo que ejercen el egoísmo como norma de vida o al tipo que nunca da las gracias cuando le dejas subir primero al autobús o el que nunca pide por favor que le sirvan un café en el bar de turno. Eso sin entrar en otras consideraciones como los que viven reñidos con la higiene y ajenos a su olor corporal.

Ove (Rolf Lassgård) es un hombre metido en la sesentena cuya vida parece marcada por la fatalidad, se nos presenta como un hombre huraño y hosco sin el menor deseo de relacionarse con su pequeña comunidad de vecinos en la que ha implantado unas estrictas normas de convivencia. Sin embargo, a pesar de su flagrante aversión a la gente, siempre es empujado por una irrefrenable tendencia innata a ayudar a las personas que necesitan su ayuda aunque lo haga gruñendo. A través de numerosos flashbacks, el largometraje va profundizando poco a poco en la vida de Ove, marcada por la fatalidad desde su más temprana infancia. Cada uno de estos flashbacks ilumina al espectador para llevarle a comprender porque Ove es cómo es, porque reacciona como lo hace y porqué tiene tan pocas ganas de vivir.

El momento presente nos muestra a un Ove jubilado en contra de su voluntad, que vive completamente solo y cada día visita la tumba de su esposa (Ida Engvoll) mientras trata de soportar a sus nuevos vecinos, un matrimonio formado por un sueco tontorrón y una mujer iraní llamada Parvaneh (Bahar Pars) que es sin lugar a dudas el personaje más luminoso y vitalista de toda la película y el catalizador de todo cuanto ocurre.

En Un hombre llamado Ove, el director sueco Hannes Holm adapta la novela homónima, al parecer muy exitosa a juzgar por el hecho de que haya sido traducida a más de treinta idiomas, del escritor sueco Fredrik Backman. Holm dirige con solvente oficio una agradable película que sin embargo desaprovecha las innumerables posibilidades que el personaje ofrecía para elaborar un discurso más profundo acerca de las relaciones humanas, de las dificultades que se plantean en la convivencia entre desiguales, de la amargura de vivir en soledad, de la complejidad de huir del pasado y pasar página ante el dolor y de la fatalidad vital como determinante del carácter del ser humano.

Dejando a un lado toda carga de profundidad, Un hombre llamado Ove se queda en una película agradable y complaciente a la que le ocurre lo mismo que a esas personas a las que se les notan tanto las ganas de caer bien que acaban por resultar un tanto cargantes. Hay demasiadas concesiones destinadas a convertir el film en un producto de éxito (de hecho lo ha conseguido), lo cual no desluce algunos momentos de brillante humor cargado de auténtica mala leche. Si el espectador consigue resignarse a esa renuncia y decide pasar un par de horas agradables, no será difícil rendirse al buen tono general de la película y a su impecable producción especialmente en todas las secuencias del pasado que se nos muestran en los flashbacks.

Un hombre llamado Ove fue galardonada con el premio a la mejor comedia en los Premios del Cine Europeo y obtuvo dos nominaciones al Óscar, en las categorías de mejor película extranjera y mejor maquillaje y peluquería. Y es en este último aspecto donde me asaltan chirriantes suspicacias que no consigo entender a pesar de ser consciente de que el hecho de conocer lo que se ha hecho puede determinar que no tenga la mirada limpia. Pero aún así, no puedo dejar de plantearme si por muy meritoria que sea la labor de los maquilladores ¿era realmente necesario someter a Rolf Lassgård a tal acumulación de prótesis de látex (o de lo que sean) en la cara?, ¿no podía haber interpretado a Ove con su auténtico rostro teniendo en cuenta que su edad no es tan distante a la del personaje?, y en caso de no ser así ¿no podía haberse buscado a un actor de edad más avanzada para evitar un trabajo de caracterización que no por excelente deja de ser un recurso artificioso?

También te puede interesar

Un comentario sobre “Crítica de ‘Un hombre llamado Ove’: Nadie debería estar solo

Deja un comentario