Doña Clara

Vivimos en un mundo en el que, ideologías políticas y creencias religiosas aparte, se acepta como máxima que todo puede ser comprado con dinero, una mayoría de los gobernantes se corrompen en cuanto tienen acceso a él y el poder económico se perpetúa porque la mayoría de la gente se somete al poderoso influjo de su posesión para tomar las decisiones más trascendentes de su vida. Se nos inculca desde pequeños que debemos elegir (cuando se puede) el trabajo en el que más nos paguen y no el que más feliz nos haga, atesorar bienes materiales que se revaloricen y medir nuestros actos en términos de rentabilidad. Dedicar el tiempo (incluso el libre) a cosas por las que no nos pagan no está bien visto, créanme, sé de qué les hablo. 

Afortunadamente existen personas valientes, indómitas y con la firme determinación de vivir su vida de acuerdo a sus deseos y sus convicciones sin dejarse seducir por el todopoderoso dinero o intimidar por los que, teniéndolo en grandes cantidades, conciben que pueden avasallar a cualquiera colocándole delante una cifra con muchos ceros a la derecha. Una de estas personas es el eje sobre el que transcurre el largometraje brasileño Doña Clara dirigido por Kleber Mendonça Filho que se estrena este fin de semana en las salas comerciales de nuestro país. 
 
Crítica completa aquí.
 

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