Crítica de ‘La chica desconocida’: La mala conciencia de Europa

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: La chica desconocida

Los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne son quizá los máximos exponentes (o al menos los más perseverantes) del cine realista social europeo. Sin ejercer una denuncia con marcado carácter político como hace, por ejemplo, Ken Loach, el dúo belga se ocupa repetidamente de personas con problemas laborales, niños o adolescentes abandonados a su suerte por padres problemáticos, parejas jóvenes con dificultades para salir adelante o lo que es casi una constante en su cine, el problema de la inmigración y su traducción en la falta de pertenencia a una nación y lo que nunca debería permitirse, a una sociedad.

A pesar de que su cine es reconocible no solo por su dedicación argumental al drama social sino también por su estilo austero, seco y libre de artificios; es incuestionable cierta evolución en su filmografía desde aquellas primeras películas de los noventa en las que apenas había puesta en escena y los planos se sucedían supeditados al mareante movimiento de la cámara, casi siempre al hombro del operador, hasta sus últimas producciones, de factura más amable y más depuradas técnicamente. Así, sus dos anteriores películas El niño de la bicicleta (2011) y Dos días, una noche (2014) llegaron a tener cierta repercusión fuera de los estrictos circuitos del cine de autor. Hasta una nominación al Óscar a la mejor actriz consiguió esta última gracias al enorme trabajo de su protagonista Marion Cotillard.

Desde que hace ya más de veinte años tuve ocasión de acercarme a su cine por primera vez con La promesa (1996) he visto casi todas sus películas y aunque con resultados desiguales, siempre han conseguido removerme un poco la conciencia de europeo aventajado en una sociedad que a menudo olvida que no hace falta viajar al (mal llamado) tercer mundo para encontrar a gente con problemas y necesidades a la que ayudar.

Su último trabajo, La chica desconocida, estrenada en el Festival de Cannes del año pasado, llega ahora a nuestras pantallas para demostrar cierto estancamiento en la progresión del cine de los Dardenne que intentan dar un aire de cine policiaco de género al drama social que, como no podía ser de otra manera, respira latente en la trama. Una trama centrada en tratar de poner identidad a esa chica desconocida a la que alude el título y de la que únicamente veremos una fotografía de su rostro captado por una cámara de seguridad. No hay más. A partir de ahí y del hallazgo de su cadáver, la Dra. Jenny Davin, una joven médico de atención primaria interpretada por Adèle Haenel emprenderá una exhaustiva búsqueda de cualquier indicio que pueda llevarle a saber quién era aquella desconocida que llamó a su puerta la noche antes de aparecer muerta. Una médico que llevada por su sentimiento de culpa ejercerá de detective provocando la incomodidad de todos cuantos rodeaban a la joven desaparecida.

Es más que evidente la asociación que los hermanos Dardenne pretenden hacer entre la mala conciencia de su protagonista y la conciencia de esos aventajados europeos entre los que me incluía unos párrafos más arriba y que, a menudo, damos la espalda a quien de manera explícita o implícita nos pide ayuda. Pero el problema de la película no está en el argumento, ni en la asociación de ideas, ni en las intenciones indudablemente buenas. El problema está en el cine, en la falta de pulso de una película dirigida con desgana que termina siendo víctima de la parsimonia con la que todo es contado. Desde su arranque en la consulta, cuando el joven estudiante de la Dra. Davin asiste impertérrito a las convulsiones de un niño en el suelo sin ser capaz de reaccionar, hasta su anodino final, todo es contado con un ritmo exasperantemente lánguido en el que cuesta reconocer el nervio que caracteriza a las mejores obras de sus directores.

Tampoco está especialmente brillante la joven Adèle Haenel en un papel que probablemente se hubiera beneficiado de una actriz (o una interpretación) con más fuerza y más carisma. No sé hasta qué punto su inexpresividad se debe a una decisión propia o a las indicaciones de los Dardenne, pero no encuentro en ella a la estupenda actriz que me impresionó en Les Combattants, la película por la que se dio a conocer hace un par de años. Mucho más exasperante todavía es el personaje del estudiante Julien interpretado (es un decir) por Olivier Bonnaud al que en algunos momentos apetece zarandear para ver si espabila. Cumplen eficazmente Olivier Gourmet y Jérémie Renier, dos actores constantes en la filmografía de los Dardenne que aquí están un poco alejados de los personajes protagonistas.

Obra fallida, de mejores intenciones que resultado, que supone un valle en la carrera de dos nombres trascendentales en el cine de autor europeo y cuyas películas son tan desasosegantes como necesarias para tomar conciencia (aunque sea mala) de esta Europa en la que vivimos.

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