Crítica de ‘Lion’: Flirteando con el telefilm

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Lion

No sé muy bien por qué ocurre. Podría ser por una crisis de originalidad y/o creatividad de los guionistas, por una falta de valentía de los productores cinematográficos que no se atreven a apostar por las nuevas historias que estos escriben, o, lo más probable, por una combinación de ambas razones y otros factores que se me escapan. El caso es que ante la falta de nuevas ideas el cine siempre ha tenido dos filones inagotables de los que tirar: las adaptaciones literarias y las películas basadas en historias reales con su cada vez más frecuente variante, los biopics. Esta falta de originalidad o de valentía que, creo, sufre el cine en todo el mundo, es especialmente llamativa en el cine hollywoodiense (y cada vez más en el mal llamado cine independiente americano cada vez menos independiente) que además se apunta a otro filón: la repetición de los grandes éxitos del cine europeo (o asiático) haciendo su propia versión; el remake de la alemana Toni Erdmann recientemente anunciado es el último ejemplo.

Si echamos un vistazo a las películas que han sido nominadas a las principales categorías del Óscar (que lo queramos o no es la gran referencia del cine de Hollywood) durante los últimos años (me atrevería a decir décadas) veremos que es raro el año en el que falten entre las nominadas ejemplos de adaptaciones literarias, biopics o historias reales, generalmente con una gran carga de sufrimiento y carga emotiva que sirva para ilustrar una edificante lección de superación personal y construir una historia de esas que disparan la venta de pañuelos de papel a la salida de las salas. Y es precisamente en este último tipo de películas en el que se encuadra el film que ahora nos ocupa, la coproducción australiano-británico-estadounidense Lion en la que no falta la participación de los inefables hermanos Weinstein, auténticos especialistas en colocar algunas de sus producciones año tras año entre las nominadas al tío Óscar.

Lion supone el debut en la dirección cinematográfica del australiano Garth Davis procedente de la televisión en la que ha dirigido varios episodios de, entre otras series, Top of the lake. Y para esta, su primera película, Davis se ha apoyado en el libro autobiográfico “Un largo camino a casa” en el que el empresario australiano Saroo Brierley cuenta su conmovedora historia desde que se perdió en la India siendo un niño de cinco años hasta que, veinte años más tarde y después de haber sido adoptado por un matrimonio australiano, decide buscar sus raíces intentando localizar su aldea y encontrar a su madre biológica.

Ese momento, el del inicio de la búsqueda veinte años después, sirve de cesura entre dos partes bien diferenciadas en la película. Durante la primera, Saroo interpretado por un adorable niño llamado Sunny Pawar roba la mirada del espectador con su irresistible sonrisa y una expresividad en su rostro que, a esa edad, solo puede ser un don natural. El director Garth Davis conduce el relato durante esta primera parte con un eficiente sentido de la narración fílmica ayudado por la abrumadora inmensidad del paisaje y la apabullante enormidad de Calcuta que se muestra hostil e inhóspita para un niño perdido. Davis crea tensión, sabe dónde colocar la cámara para hacerlo y utiliza con sobriedad a su niño protagonista para llevar al espectador desde la remota aldea en India hasta la australiana isla de Tasmania donde vive la familia que adoptará a Saroo.

Hacia la mitad del film, una enorme elipsis nos lleva a Australia veinte años después, Saroo Brierley es ya un joven veinteañero interpretado irreprochablemente por el muy carismático Dev Patel, el protagonista de la oscarizada Slumdog Millonaire (Danny Boyle, 2008) que ha sido nominado al Óscar a mejor actor secundario. Sus padres adoptivos, el matrimonio Brierley es encarnado en la ficción por el australiano David Wenham y por la mejor Nicole Kidman de los últimos años, milagrosamente liberada de botox, estiramientos faciales o lo que leches sea que haga con su naturalmente bonito rostro para parecer un esperpento en cada aparición pública. Kidman (también nominada al Óscar) se camufla dentro de la apariencia real de la auténtica señora Brierley con un peinado imposible y un vestuario muy poco favorecedor, para desde dentro, ofrecer una interpretación cargada de sobria emotividad con algún que otro momento Óscar-like que resulve extraordinariamente bien. Completa el reparto Rooney Mara, una magnética actriz que no puede evitar resultar turbadora incluso cuando interpreta a una chica normal.

El problema de esta segunda parte es que Garth Davis abandona el pulso con el que dirigió el metraje hasta llegar hasta aquí y la narración se hace lánguida y espesa. Solo la preciosa banda sonora de Volker Bertelmann y Dustin O’Halloran y la incuestionable calidad del reparto impide a Lion caer en el terreno del telefilm de segunda clase. Si en lugar de Kidman, Patel y Mara tuviésemos a tres intérpretes desconocidos, Lion no gozaría del status que le proporcionan sus seis candidaturas al Óscar o a otros premios relevantes. Aun así, estamos ante un status efímero, ¿o alguien se acuerda de la película 127 horas (Danny Boyle, 2010) de hace sólo seis años? ¿No? Pues también tuvo seis nominaciones al Óscar.

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2 comentarios sobre “Crítica de ‘Lion’: Flirteando con el telefilm

  • Pingback: Bitacoras.com

  • el 26 febrero, 2017 a las 5:14 pm
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    127 horas me parece una película excepcional. Danny Boyle en estado puro. Y una historia que indudablemente merece la pena contar.

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