Crítica de ‘Comanchería’: Entre el western y la denuncia social

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Comanchería

Como hace mucho que no sacudo estopa a los que traducen los títulos de las películas para su distribución y estreno en España, me viene pintiparada la película Hell or high water, expresión que en inglés se emplea para referirse a algo que se consigue tras luchar contra muchas dificultades, algo así como “a cualquier precio” o “contra viento y marea” y que algún genio de la distribución cinematográfica en nuestro país ha decidido titular Comanchería, uno de los títulos más absurdos que recuerdo en los últimos años. No sé si por su ridículo título o porque su tráiler no me entró por buen ojo, me había dado una enorme pereza ver esta película que se estrenó en nuestro país, si no recuerdo mal, el último fin de semana del año pasado. El consejo de varias personas cuya opinión valoro (entre ellos Carlos Cuesta, compañero en No es cine todo lo que reluce que la eligió como la mejor película del año) y sus cuatro nominaciones al Óscar han terminado por empujarme a verla de un modo un tanto tardío.

Comanchería es la película que rodarían los hermanos Dardenne o Ken Loach o Fernando León de Aranoa (por citar un ejemplo español) si les diera por hacer un western o Clint Eastwood si le diera por hacer cine de denuncia social. Es decir, estamos ante un film atípico que bajo una estética de peli del oeste contemporánea ejerce una crítica social a los desahucios, los abusos de los bancos y la corrupción política. La película se abre con una pintada en la fachada de un banco que sirve como auténtica declaración de intenciones y que viene a decir algo así como “tres veces en Iraq pero no hay dinero para nosotros”, esa paradoja sufrida por los Estados Unidos y todo el occidente europeo, sumidos en una austeridad que ha supuesto recortes en servicios públicos mientras los gobiernos se embarcaban en guerras y rescataban bancos o peajes en manos de grandes empresas.

Vamos al cine. Los hermanos Toby y Tanner Howard, interpretados por Chris Pine y Ben Foster respectivamente, inician (precisamente con el banco de la pintada que abre el film) una cadena de robos a sucursales bancarias de la Midlands Texas Bank, con unas intenciones y motivaciones (diferentes en ambos hermanos) que iremos descubriendo a lo largo del film al tiempo que se esclarece el vínculo entre ambos y la situación que, desde diferentes puntos de partida, les ha llevado a esta vorágine de autodestrucción. La ambientación nos sitúa en un Texas profundo donde los hombres son arquetípicamente viriles y las (pocas) mujeres trabajan como camareras, empleadas de banca o busconas de motel. Y como estamos donde estamos, enseguida aparece un Ranger de Texas que no es otro que Jeff Bridges en un papel que llevaba su nombre escrito antes de hacer el casting, y su ayudante (Gil Birmingham), un católico de ascendencia y sangre comanche con el que compondrá la clásica pareja de polis de toda peli de robos que se precie.

Y aunque reconozco que me cuesta entrar y la primera hora de película se me hace un poco cuesta arriba con el ritmo que su director David Mackenzie imprime a la narración, al final consigo conectar con estos dos hermanos que deciden hacer bueno aquello de “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Ben Foster encarna con solvencia al clásico bala perdida que ya no tiene nada que perder pero encuentro a Chris Pine demasiado remilgado para el papel de alguien que decide poner toda la carne en el asador para que sus hijos sean los primeros “no pobres” en todo su árbol genealógico. No he podido evitar pensar en el petróleo que habrían sacado Paul Newman y Robert Redford interpretando a estos dos hermanos perseguidos por un incomensurable Jeff Bridges (su papel le ha granjeado una nominación al Óscar a mejor actor de reparto).

En la segunda mitad del film Mackenzie pisa el acelerador de la mano del guion de Taylor Sheridan (guionista de la excelente Sicario) y cierto aire de road movie ventila a este western contemporáneo en el que las víctimas de los atracos mandan mensajes con su teléfono móvil a la policía y los protas cambian de coche tras cada atraco a la manera en que los viejos cowboys cambiaban de caballo cuando el suyo se extenuaba. La atmósfera se completa con la música de Nick Cave y Warren Ellis, habituales del neowestern, y la dirección de fotografía de Giles Nuttgens que retrata un Texas polvoriento y decadente.

Sin parecerme excelente, Comanchería es, sin duda, una película notable que está pasando sin demasiada gloria por la cartelera española y que, mucho me temo, pasará a engrosar la lista de películas semiolvidadas.

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