Crítica de ‘Vaiana’: Demos la bienvenida a una nueva princesa Disney

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Vaiana

Hace ya muchos años que se ha convertido en una agradecible costumbre (imitada por otras compañías de animación) que los largometrajes de Disney y Pixar se exhiban en las salas de cine precedidos por un cortometraje que suele estar a la altura, cuando no por encima, de la película a la que preceden. Y no puedo escribir acerca de Vaiana, la última película Disney recién llegada a las pantallas, sin hacer referencia, aunque sea brevemente a los maravillosos siete minutos que dura el cortometraje Inner Workings (algo así como Funcionamiento interno) dirigido por Leo Matsuda en el que compone un auténtico canto al Carpe Diem a través de una visión (aparentemente) cómica de las acciones cotidianas de un sujeto que continuamente tiene que decidir si se deja guiar por su corazón o por su cerebro. Sencillamente maravilloso.

Vamos con Vaiana que no es ni más ni menos que las aventuras de una jovencita (adorable la Vaiana niña, lástima que salga tan poco) de una recóndita isla de la Polinesia que, perteneciente a la ancestral familia de gobernantes de la tribu, habrá de vivir innumerables aventuras para devolver a su pueblo el valor para salir de los arrecifes que rodean la isla. Un padre sobreprotector, una madre comprensiva, una abuela cómplice, un gallo estúpido, un cerdito simpático y un tatuadísimo semidios gigantesco completan el arco de personajes alrededor de Vaiana, uno de los mejores personajes protagonistas femeninos de los últimos largometrajes Disney. Con un toque de la Sirenita (esa desobediencia para alejarse del terreno conocido), otro de Pocahontas (hija de un jefe indígena y amante de la naturaleza y los seres vivos), pinceladas de Mulan (carácter indómito y luchador), Vaiana se aparta del arquetipo de princesa Disney al eludir el elemento romántico como catalizador de la trama. No hay un príncipe para esta princesa, Maui, el peculiar “chico de la peli”, funciona como compañero de aventuras, como guía en algunos momentos, pero no como sujeto amado.

Vaiana es una película de “fórmula Disney” y la fórmula funciona, lo ha demostrado ya en innumerables ocasiones. A veces con más fortuna y otras con menos, pero el resultado es siempre más que digno. Un esquema narrativo clásico con planteamiento, nudo y desenlace, un personaje héroe (en este caso heroína), una misión, unos personajes aliados, otros antagonistas, un umbral que atravesar y un viaje de regreso tras la misión. Cojan al azar casi cualquier película Disney y verán como este esquema encaja como un guante. E insisto. Sigue funcionando. Basta con cambiar la ambientación, ciertas características del personaje principal y los aderezos en forma de canciones o personajes secundarios más o menos divertidos para que el producto fascine al público infantil y entretenga dignamente a sus abnegados padres.

La dirección es de John Musker y Ron Clements en cuyo currículum figuran las celebradas La Sirenita (1989), Aladdin (1992), Hércules (1997) o Tiana y el sapo (2009). No faltan referencias a otras películas Disney (el juego de los tatuajes como mecanismo narrativo recuerda a los dibujos de las ánforas en Hércules), y por primera vez, hasta donde alcanza mi percepción, he creído advertir ciertas influencias del prestigioso estudio japonés Ghibli, la personificación del océano como una fuerza con vida propia y la secuencia de la batalla contra los barcos tripulados por unos extraños personajes con forma de coco, respiran claramente el aliento del maestro japonés Hayao Miyazaki.

Las canciones, que no están mal, no alcanzan el nivel de las de Frozen (el último gran hito musical de Disney) y no se benefician demasiado del doblaje al español. El tema “De nada” cantado por Maui, probablemente el mejor desde el punto de vista musical, suena mucho mejor en la versión en inglés que puede escucharse durante los créditos. La voz de María Parrado en la versión española no pasa de correcta y queda muy lejos de la cantante original, la impronunciable Auli’i Crfavalho.

Tenemos pues una nueva “princesa” Disney con la que aumentar la colección de muñecas, álbumes de cromos, material escolar, regalitos con los menús de comida rápida y juguetes varios. La avalancha de merchandising será igual de abrumadora que de costumbre. La presencia de canciones a lo largo del metraje hace que no sea difícil de imaginar en un horizonte, un poco más lejano, un montaje musical en Broadway que luego exportar a todo el mundo a imagen y semejanza de La Bella y la Bestia o El Rey León (aunque La Sirenita o Frozen están por delante en la cola). Y quien sabe, si el éxito da lo suficiente de sí, una película de acción real repitiendo el guion de la versión animada que ahora nos ocupa. La de La Bella y la Bestia está al caer.

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