Crítica de ‘Tierra de Paprika’: Hermoso canto a la integridad del ser humano

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Tierra de Paprika

Con tres años de retraso nos llega la película Tierra de Paprika (My Sweet Pepper Land) que en 2013 pudo verse en nuestro país durante el Festival de Gijón, además de participar en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y en el Festival de Chicago donde fue premiada con el Hugo de Oro, máximo galardón del certamen. Se trata de una coproducción entre Francia, Alemania e Iraq dirigida por el director iraquí Hiner Saleem que ha desarrollado prácticamente toda su filmografía en Francia.

En Tierra de Paprika, Saleem regresa a sus orígenes en el Kurdistán para filmar una historia con hechuras de cine indie americano y aires de western. De hecho, Saleem reproduce casi milimétricamente el esquema argumental del western clásico y lo sitúa en un hábitat, la remota aldea de Bradost en la frontera entre Iraq e Irán, que evoca, durante gran parte del metraje, los parajes montañosos donde se desarrollan muchas de las grandes películas del Oeste. Y en este recóndito paraje del Kurdistán, el director y guionista, se vale de una serie de personajes para retratar la situación de su tierra en la era post Sadam Hussein, cuando tras la muerte del dictador, lejos de alcanzar la democracia, la población vive sometida a caciques locales que, establecidos en clanes, someten a la población a la extorsión y la ignorancia para seguir perpetuando su situación de privilegio y dominación.

Dos personajes emergen en el film como protagonistas, un hombre y una mujer. Él, Baran (Arslan Korkmaz) es un ex guerrillero que tras finalizar la guerra huye de una vida acomodada para ejercer como policía local en Bradost. Ella, Govend (Golshifteh Farahani) es una joven que también huye, en este caso del patriarcado familiar ejercido por su padre y sus doce hermanos varones, para impartir clase a los niños en la escuela local de Bradost. Un hombre leal e íntegro y una mujer valiente y decidida. Ambos encarnan, respectivamente, la ley y la educación como únicas soluciones posibles a la podredumbre ética, la miseria moral y la pobreza más absoluta.

El choque entre estos dos héroes obligados a encontrarse y la oligarquía caciquil supondrá el nudo argumental de esta brillante película que ejerce una modesta denuncia de la situación apátrida de los kurdos y de la lamentable situación de la mujer en una sociedad que la posterga al sometimiento a cualquier presencia masculina que se cruce en su vida. Las notables interpretaciones de Arslan Korkmaz y, especialmente de la fantástica actriz Golshifteh Farahani a quien ya pudimos disfrutar en La piedra de la paciencia (Atiq Rahimi, 2012) y recientemente en la española Altamira (Hugh Hudson, 2016), destacan en un reparto que, en algunos casos, parece un tanto amateur.

A pesar de que no hay nada en Tierra de Paprika que suene a nuevo argumentalmente, la brevedad de su metraje (ochenta y seis minutos), la humildad de su planteamiento, la sencillez en su resolución, la fantástica dirección de fotografía de Pascal Auffray, la magnética presencia de su actriz protagonista y una sobresaliente factura técnica convierten al film en un poderoso canto épico sobre la integridad de los principios éticos y la valentía frente al poder establecido.

Nota: La películas puede visionarse gracias al programa de distribución VOD Walk This Way.

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