Crítica de ‘Retratos de familia’: Sensible crónica de un desguace familiar

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Retratos de Familia

Ilo Ilo es el título original de la película Retratos de Familia, película singapurense (confieso que he consultado el gentilicio de Singapur antes de atreverme a escribirlo) que supone la ópera prima del director Anthony Chen con la que obtuvo la Cámara de Oro del Festival de Cannes de 2013. Es decir, dos años de retraso para la llegada a España de esta película, una de las pocas de tan exótica cinematografía que logra distribución internacional. 

Pero no nos dejemos engañar por las apariencias, a pesar de tratarse de un país muy lejano y, como he dicho, un tanto exótico, la historia que nos cuenta Anthony Chen (productor, guionista y director del film), es tan universal como la vida misma y podría trasladarse punto por punto a cualquier ciudad del mundo incluido el “próspero” occidente. Su explícito título de estreno en España nos anticipa bien a las claras que estamos ante un film sobre la familia como entidad, como unidad vital en la que los individuos establecemos lazos que determinan lo que somos, ya sea porque nos construye o porque nos destruye. 
Anthony Chen parte de una historia muy personal, y eso se nota en el mimo con el que trata a sus personajes, incluso aquellos con los que marca más distancias. Se vale de un delicado balance de luces para matizar la crudeza de unos sentimientos despiadados que van minando poco a poco los vínculos (presuntamente afectivos) entre los miembros de la familia.
Y si universal es la familia como tema fílmico, no menos universal es el contexto en el que Chen sitúa su “retrato” de esta (su) familia. Un contexto de crisis económica (y por tanto laboral) en el que el padre sufre el despido de su empresa al mismo tiempo que su mujer trabaja como administrativo redactando cartas de despido para los trabajadores de otra empresa. Chen coquetea con el cine social pero sin ejercer denuncia, en este sentido muestra un enorme respeto a la inteligencia del espectador al no subrayar ninguno de los elementos que salpican la película, mediante los cuales elabora una crónica de la crisis asiática sufrida en Singapur a finales de los 90, que como casi todas las crisis que en el mundo han sido, golpeó con especial crudeza en el bajo vientre de la clase media (en los pobres se da por supuesto, pero los pobres también sufren en tiempos de bonanza) a la que pertenece la familia Lim sobre la que a lo largo de cien minutos se nos hace un auténtico estudio de personajes. 
El relato se vertebra tomando como eje a Jiale (Koh Jia Ler), el niño de diez años, hijo (único, de momento,  pues su madre está embarazada) maleducado, egoísta, y más sólo que la una, con un carácter conflictivo que le lleva a reaccionar con violencia a pesar de su aspecto frágil y delicado. Sus padres, que tienen tiempo para cualquier cosa menos para dedicarle atención, deciden contratar a una asistenta filipina, Terry (Angeli Bayani), que actúa como detonador en el pequeño ecosistema familiar. Impuesta en un principio por la madre (Yeo Yann Yann) como elemento estabilizador del hogar y de su hijo en particular, poco a poco siente que va usurpando su lugar de madre y empieza a desarrollar hacia ella un rechazo que roza la hostilidad; rechazo que corre en paralelo pero sentido inverso al progresivo cariño que Jiale le va tomando. Cariño que no puede sentir hacia su propia madre, una mujer que a pesar de su aparente fortaleza, su personalidad autoritaria y un tanto despótica, vive sumida en el vacío que le causa su propio desafecto, su incapacidad para querer y hacerse querer, marcando distancias con los que le rodean. 
Mientras, el padre (Tianwen Chen) vive ensimismado y anulado por la contundente personalidad de su esposa que ejerce de verdadera cabeza de familia, fuma a escondidas, le oculta el despido y su nuevo trabajo por horas como vigilante al tiempo que se obsesiona con desguazar su destartalado coche. Este desguace funciona perfectamente como metáfora de lo que ocurre en el hogar de los Lim, donde los afectos no son más que los restos de lo que un día debieron ser. 
Es
la relación entre Jiale y Terry, el motor sentimental que conduce el
argumento de Retratos de Familia y lo que realmente da sentido al
film, y es precisamente este vínculo en el que Anthony Chen retrata con
más desnudez su propia vida.
Con un estilo sencillo, Anthony Chen emplea una narrativa directa, sin artificios, pero carga cada plano de la sensibilidad suficiente como para mantener al espectador pegado a la pantalla a pesar de que argumentalmente la película pueda sufrir el implacable efecto del “ya visto”.

En la cartelera veraniega, Retratos de familia supone una refrescante isla en el océano de insustanciales blockbusters y avasalladores estrenos revienta-taquillas.

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