Crítica de ‘Aprendiendo a conducir’: Metáfora de la vida sobre cuatro ruedas

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Aprendiendo a conducir

El verano, en cuanto a taquilla se refiere, es una jungla, sobrevive el más fuerte. Entre superhéroes, dinosaurios, divertidas y villanas mascotas y ciborgs venidos del futuro, es normal que el espectador no sepa por lo que decantarse, al fin y al cabo las altas temperaturas invitan a las grande producciones de guiones ligeros y amenos. Por eso las historias humildes, pero sinceras, lo tienen difícil durante estos meses, y por eso, precisamente, es tan importante subrayarlas.

Aprendiendo a conducir es un gran ejemplo de ello. ¿Coixet una tarde de verano? Parece arriesgado. Sin embargo, su última película resulta tan amable y optimista, que más que el severo frío de un aire acondicionado con el que nos enfrentamos en las salas durante Julio y Agosto, recuerda a la agradable brisa de un ventilador. Así de sutil, así de reconfortante.


Aprendiendo a conducir es la historia de Wendy, una crítica literaria que es abandonada por su marido tras veinte años de matrimonio. Enfrentándose a una nueva vida en soledad, decide que ha de sacarse el carné de conducir como primer paso hacia su autonomía. Para ello contrata a Darwan, un profesor de autoescuela, natural de la India, de donde tuvo que huir por razones políticas. En el asiento del piloto y el copiloto se crea una relación simbiótica de mutualismo, porque, si bien es Wendy la que recurre a la ayuda de Darwan, las lecciones terminarán enseñando a conducir sus vidas.

El guión de la ganadora de dos Oscar por su trabajo como documentarista, Sarah Kernochan, es la adaptación del artículo autobiográfico que la poetisa Katha Pollitt publicó en The New Yorker, y supone un cambio en la filmografía de Isabel Coixet (Mi vida sin mí, Elegy) en cuanto a género. Sin abandonar un fondo trágico, estamos ante una comedia sobre la capacidad de una mujer de salir adelante física y emocionalmente tras un trance tan doloroso como es el divorcio. Una historia sobre la importancia de la independencia, la amistad y, por supuesto, la conducción como metáfora de la vida. En un momento dado Darwan le dice a Wendy que cuando esté detrás del volante no debe haber nada más; es el aquí y ahora lo que debe aprender a vivir.

Coixet vuelve a confiar en Patricia Clarkson (Rumores y mentiras, Buenas noches, buena suerte) y Ben Kingsley (La lista de Schindler, Gandhi), con los que ya trabajó en Elegy para protagonizar la película. Kingsley, con su increíble capacidad de imitar acentos y de transformarse, interpreta a Darwan y le otorga una dignidad que hace que el personaje se aleje de cualquier cliché hollywoodiense acerca de los indios que, a menudo, son parodiados en la comedia, y al mismo tiempo sirve para denunciar el racismo y la burla que sufren los inmigrantes. Pero, si hemos de dar por ganador a uno de los dos en este duelo interpretativo, el honor se lo lleva merecidamente Patricia Clarkson. No es que tenga que ofrecer muchas pruebas de su talento, porque con ella estamos ante una de las grandes damas del cine, pero es que Wendy le sienta como un guante, y no es de extrañar. Fue Clarkson la que persiguió el proyecto durante diez años, y quien puso el guión en manos de Isabel Coixet, por eso parece que lleve toda una vida en esa piel, por eso su interpretación resulta tan natural y tan sencilla.

Aprendiendo a conducir es una deliciosa tragicomedia que se despega por completo de todo lo que ahora mismo nos ofrece la cartelera, y es ahí donde reside su interés, en que entre tantas explosiones, monstruos y efectos especiales, se pueda encontrar una pequeña joya sin más artificio que su autenticidad.

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