Crítica de ‘Phoenix’: Habla bajo, el amor es oro puro y el tiempo un ladrón

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Phoenix

El director alemán Christian Petzold dirige su séptimo largometraje para el cual vuelve a contar con Nina Hoss y Ronald Zehrfeld, la misma pareja protagonista de su anterior film, Bárbara, que le valió el Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín y que participó en la sección oficial de la Seminci de Valladolid en 2012. Con Phoenix participó en la más reciente edición del Festival de San Sebastián en 2014 donde obtuvo el premio FIPRESCI.

Si en Bárbara Petzold nos trasladaba a la Alemania del Este previa a la caída del muro de Berlín en los años 80; ahora vuelve a recrear otro momento histórico de su país, el final de la Segunda Guerra Mundial, para situarnos en junio de 1945 cuando los supervivientes de los campos de concentración tratan de recuperar sus vidas a base de los despojos que quedan de ellos mismos y de lo que un día fueron o tuvieron. De esos supervivientes, en Phoenix se nos cuenta la historia de Nelly (Nina Hoss), una notable cantante, que procedente de Auschwitz regresa a Berlín con el rostro desfigurado por heridas que resultan ser más fáciles de cicatrizar que las que trae en el alma. 
Un afamado cirujano plástico le realiza una reconstrucción facial que al parecer le devuelve un rostro diferente al suyo pero con el suficiente parecido como para evocar a la mujer que un día fue y se lanza a buscar a su marido, el pianista Johnny Lenz (Ronald Zehrfeld) de quien sigue locamente enamorada y que jugó un oscuro papel en su detención y deportación a Auschwitz.
Y aquí es cuando como espectadores tenemos que dejarnos llevar por el discurrir del relato y por cómo Petzold nos cuenta las cosas pues nos hurta una visión clara del rostro de Nelly antes de su desfiguración (sólo podemos intuirlo ligeramente a través de unas fotografías en un deliberado claroscuro). Es decir, Phoenix es una de esas películas que de entrada piden al espectador un esfuerzo previo de credulidad antes de ganarse la credibilidad (cualidad notablemente más noble que la credulidad) a través del metraje. 
Está bien, me lo creo, la época está tan bien recreada, los actores desprenden tanta autenticidad que me creo que su marido no la reconozca pero vea en ella a una mujer evocadora de su esposa a la que cree muerta. A partir de este momento, si el espectador consigue creerse el presupuesto y se deja llevar por la película, estamos ante una poderosa historia de amor que además supone un notable ejercicio de reflexión acerca de la pérdida de la identidad individual y su sacrificio en pos de un sentimiento mayor. 
La actriz alemana Nina Hoss realiza en Phoenix una soberbia interpretación de Nelly, a cuyo rostro impregna con gran sutilidad del amor, el dolor, el miedo, el rencor y la emoción que faltaban en su excesivamente frío personaje Bárbara de su anterior película con Petzold. No me entusiasma Ronald Zehrfeld que no termina de dibujar su personaje de un modo coherente con el relato, es cierto que no realiza ningún estereotipo, pero su (probablemente calculada) ambigüedad supone, en mi opinión, un lastre para una película que merecía un actor con más presencia. Presencia que, sin embargo, derrocha Nina Kunzendorf interpretando al tercer personaje de la historia, Lene Winter, una mujer comprometida con la causa judía que encarnará a la mejor amiga de Nelly a quien sostendrá literalmente a su salida de Auschwitz y de quien nunca recibirá la suficiente gratitud, ni emocional ni en forma de compromiso para trasladarse a Palestina a participar en el nacimiento del estado de Israel. 
No faltan en la película algunos momentos musicales muy evocadores de la época como los dos números que se desarrollan en el club Phoenix (que da título al film) muy del estilo del Kit Kat Club de Cabaret, en el que sin embargo, echamos mucho de menos a la inolvidable Sally Bowles (Liza Minnelli) de la mítica película de Bob Fosse; o la emotiva interpretación de “Speak Low” de Kurt Weill en un momento determinante de la película. 
Phoenix será muy disfrutable por el espectador que consiga implicarse en una historia que aunque argumentalmente flirtea con lo inverosímil, consigue erigirse en un potente drama histórico a través de una acertada recreación de la época, una soberbia interpretación de Nina Hoss y una lúcida dirección de Petzold que acierta a cerrar su film con uno de los finales más brillantes que he visto en mucho tiempo. Sin duda, los minutos finales son lo mejor de Phoenix.  

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