Crítica de ‘La ley del mercado (La loi du marché)’: Peones de la fría lógica del dinero

Las críticas de Carlos Cuesta: La ley del mercado (La loi du marché)

Para el que no lo haya asumido ya, se le está haciendo tarde. Lamentablemente, pese a nuestros esfuerzos por definirnos como hombres, mujeres, amigos, profesionales, padres, madres o ciudadanos, el sistema económico ya ha tomado la decisión por nosotros: nuestro papel se reduce con demasiada frecuencia al de consumidores; el mercado laboral se ha convertido en una feria fría y siniestra donde el colorido y los formatos de los currículum vitae cuentan más que su contenido o las capacidades reales de quien los imprime; la crisis ha despertado nuestro instinto de regateo y nos anima a apretarle las tuercas al vecino forzado a vender sus propiedades para poder comer. Todo esto nos cuenta, muy de cerca, La ley del mercado.
Vincent Lindon nos ofrece una interpretación fabulosa por la que ha merecido el premio al mejor actor en el último festival de Cannes. Su trabajo es uno de los puntos claves de una producción que apuesta por un realismo que está a punto de cruzar la línea que separa la ficción del documental. Él es nuestro punto de referencia (desde su situación de parado hasa la consecución de un nuevo empleo) para trasladarnos la visión de Stéphane Brizé (No estoy hecho para ser amado) sobre las políticas activas de empleo, los cursos sindicales de formación, el mercado de contratatación y, finalmente, el microcosmos de los supermercados.

Se trata de una propuesta interesante, ácida y crítica, de una verosimilitud
total constatable por aquellos que conocen la farándula de los cursos de
formación para desempleados o las relaciones laborales de los grandes
cadenas de supermercados, pero a la vez muy exigente con el
espectador. La ley del mercado se sirve de planos muy cerrados con la inestabilidad propia de la cámara al hombro para incomodarnos y hacernos partícipes de las angustias de los personajes que habitan la película. El público en la butaca es espectador y testigo, constantemente interpelado por el doble rasero de las empresas, por la frialdad calculadora de sus márgenes de beneficios, por la compleja sofisticación de las entrevistas de trabajo, o por una moral hipócrita de un sistema en el que todos somos a la vez peones codiciosos y defraudadores en potencia. 

La película no es sólo exigente por su planteamiento visual sino también por el realismo extremo de sus diálogos, con sus interrupciones, dudas, cruces de palabras, que hacen de cada escena una oportunidad de replantearnos unas relaciones sociales que lamentablemente terminan por encontrar el continuo y poderoso referente del dinero. Las escenas de confrontación dialogada, apoyadas por el único marco sonoro del sonido ambiente, se abrochan a nuestro estómago y nos atosigan con el patetismo de los problemas mundanos, provocados por el deseo de tener el último modelo de teléfono portátil o por diferentes aprietos financieros.

El rostro de Vincent Lindon llega a ser más expresivo que sus propias palabras, y se convierte en el reflejo de nuestra propia indignación, incapaces de creernos la estupidez inhumana por la que se rige el mercado de trabajo, el mercado financiero o las relaciones laborales en las que los compañeros terminan por ser inquisidores y delatores de sus iguales. El silencio del protagonista es tan incisivo como sus críticas verbales, señalando con su mirada el ridículo contexto en el que nos obliga a movernos un capitalismo feroz.

La ley del mercado no es una película divertida, ni siquiera amena, pero es una producción muy bien hecha, que se sirve de actores no profesionales en la búsqueda de un realismo que refleja a la perfección la cotidianeidad de vidas ordinarias y lamentablemente frecuentes. La denuncia de las desigualdades palmarias entre empleadores y empleados es bastante potente y acertada, y puede que sea capaz de abrir los ojos a personas que puedan no ser conscientes de la realidad miserable de ciertas facetas del consumo y el consumismo. Para otros quizá esta película no sea más que un relato interesante, también incómodo, que sirve de nueva constatación de nuestras sospechas o de nuestra misma experiencia.

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