Crítica de ‘Mandarinas’: Gran cine en formato pequeño

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Mandarinas

Mandarinas es la quinta, por orden de estreno en España, de las cinco películas nominadas al Óscar a la mejor película de habla no inglesa del 2014, y su visión me ratifica en algo que venía pensando desde hace unos meses: en esta categoría, las cinco nominadas (Leviatán, Mandarinas, Timbuktu, Relatos Salvajes y la ganadora Ida) y las ausentes (Sueño de Invierno, Dos días, una noche y Mommy) estaban sin duda los mejores títulos de la cosecha cinematográfica del año. 


En este caso estamos ante la película que representó a Estonia aunque se trate de una coproducción entre Estonia y Georgia, país éste último del que es originario su director Zaza Urushadze y sobre el que trata la historia que se nos cuenta. 

Estamos a comienzos de los 90 en la
guerra por la independencia de la provincia de Abjasia respecto de la
ex-república soviética de Georgia, lo cual es muy interesante desde el
punto de vista histórico, pero a efectos cinematográficos tanto da,
cambiemos a los soldados checheno y georgiano por un palestino y un
israelí o por un republicano y un nacional de la guerra civil española y
la película funcionaría exactamente igual: un corolario sobre la
estupidez que consiste en seres humanos matándose unos a otros por
razones que ni conocen ni llegan a entender, pero que los gobernantes se
han encargado de inculcar para manipularles a capricho. 
Tras
el estallido de la guerra, Ivo (Lembit Ulfsak), un estonio ajeno al conflicto bélico
pero que ha decidido quedarse en la zona para ayudar a su amigo Margus (Elmo Nüganen)
a recolectar su cosecha de Mandarinas, recoge en su casa a dos soldados
malheridos que resultan ser uno de cada bando, el checheno Ahmed (Grigori Nakashidze) y el georgiano Nika (Misha Meskhi
que se verán obligados durante unos días a compartir el mismo techo,
techo bajo el cual Ivo impone un armisticio como única norma de
convivencia.

Mandarinas es una pequeña (por su tamaño, tan sólo 86 minutos) obra maestra. Y precisamente en la pequeñez de su formato y en su sencillez formal radican sus mayores logros. La película es corta porque su director, Zaza Urushadze, nos ahorra el discurso. En Mandarinas no hay voces en off pontificando ni flashbacks didácticos para explicar los personajes al espectador; los personajes (como todo personaje bien escrito y bien interpretado) se explican a sí mismos. Huyendo de todo tipo de artificio y contradiciendo la aseveración “en el cine todo es mentira” que pronuncia su protagonista Ivo tras empujar una furgoneta por un precipicio y ver que no explota, todo es verdad en un film que en cada plano inspira autenticidad y expele humanidad, una humanidad que se apodera del espectador hasta hacerle partícipe de una guerra que no es la suya. 
Tampoco hay derivas estéticas, la belleza en Mandarinas, si se puede hablar de belleza en una guerra, radica en la naturaleza en la que se desarrolla la acción, en la preciosa banda sonora de  Niaz Diasamidze y en las miradas de los personajes, fundamentalmente en la que emana de los ojos de Ivo, auténtico pivote sobre el que descansa la narración. 
La interpretación de Lembit Ulfsak resulta conmovedora en su naturalidad y su economía de medios, le basta una mirada para expresar lo mismo que otros actores hacen con largos parlamentos. Igualmente brillantes están los otros tres actores que componen el cuarteto protagonista de esta “obra de cámara” que perfectamente podría ser trasladada con éxito a formato teatral. El resto de los personajes son meros accesorios para articular una trama que salpicada de algún tenue momento de humor resulta en un film emocionante y aleccionador sin que en ningún momento se note la pretensión ni el esfuerzo por emocionar ni por aleccionar. 

Sin duda una de las mejores películas del año que de no haber sido nominada al Óscar a la Mejor Película Extranjera tal vez nunca habría llegado a nuestras pantallas, y créanme sería una lástima. Sus 86 minutos valen cada euro pagado por la entrada. 

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