Crítica de ‘Pride’: Imposible resistirse a su humor y ternura

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Pride


Vivimos en un mundo en el que cada noticia publicada en prensa, televisión o radio nos hace engendrar una tremenda misantropía. Luego, al mirar a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que si es así es porque la bondad rara vez es noticia. Algo parecido ocurre cuando llega el momento de llevar al cine un hecho real. El morbo de la crueldad humana, los grandes personajes con sus hazañas épicas, las catastróficas vidas privadas de artistas admirados, todos ellos son temas muy jugosos para nuestro natural, e incluso sano, voyerismo. Pero entre todos esos temas, la sencillez y humanidad de las pequeñas historias pasa desapercibida. Ese es el caso del argumento de Pride.

En el verano de 1984, en plena era Thatcher, el sindicato de mineros convocó una huelga en protesta a las imposiciones del gobierno a empezar a cerrar minas y de vender el carbón a la mitad de lo que costaba extraerlo. Las promesas de recolocación de aquellos trabajadores por debajo de los cincuenta años e indemnizaciones a los más mayores no parecían fiable, y así la huelga llegó a ser apoyada por un 90% de los mineros de Inglaterra, concentrándose la mayor fuerza sindical en la zona del sur de Gales. El gobierno los puso contra las cuerdas con cortes de luz y calefacción. La comida escaseaba convirtiendo a las pequeñas zonas mineras en depresivas comunidades con hambre y desesperación, pero con la fuerza del convencimiento de que su lucha daría sus frutos.

El tema se ha tocado en películas como Billy Elliot o El gran hombre, donde el conflicto aparece en un segundo plano. A pesar de las innumerables posibilidades que ofrece el tema para el drama, la historia que nos presenta Pride está lejos de hundir al espectador en la desesperación de la población minera, porque Pride se centra en un hecho tan curioso como improbable: el apoyo de una pequeña organización londinense de gays y lesbianas al movimiento sindical de los mineros, cuando, tras ver las imágenes de las cargas policiales a los piquetes, se dan cuenta de que se enfrentan a la misma represión que ellos han sufrido durante años. El choque entre agradecimiento y homofobia en una pequeña comunidad galesa es tan realista como cómico, y al contrario de lo que ocurre en otras películas como A Wong Foo ¡Gracias por todo! Julie Newmar, la comicidad está más en la mente cerrada y aterrada ante lo que no se entiende, ante los prejuicios ensamblados en la mentalidad de una comunidad enclaustrada, entrometida y religiosa, que en los visitantes londinenses.

La película es el tercer intento en el cine para el director de teatro Matthew Warchus, cuyos anteriores trabajos pasaron sin pena ni gloria, pero que con Pride ha conseguido la confianza suficiente de la industria como para encomendarle la dirección de Matilda, el musical basado en el libro de Roald Dahl.

El guión sale de las manos de otro novato, Stephen Beresford, un actor de la televisión británica que hace un estupendo trabajo con esta historia sobre compañerismo, amistad y orgullo. Si bien es cierto que la cinta peca a veces de predecible, en absoluto se puede culpar a Beresford de su inexperiencia, sencillamente Pride es honesta en lo que quiere contar; un alentador relato sobre la esperanza, la empatía y la cooperación, y para ello echa mano de un humor amable que el momentos recuerda a Stephen Frears.

Pride reúne además un genial reparto lleno de caras conocidas liderado por el joven Ben Schnetzer que, a pesar de su corta trayectoria profesional, nos muestra todo su potencial en el papel de Mark, artífice del grupo de apoyo a los mineros. Junto a él y otros rostros jóvenes como George Mackay o Faye Marsay, se unen ya veteranos de talento más que probado como Bill Nighy, Dominic West o Imelda Staunton que son, como de costumbre, una verdadera delicia.

La banda sonora es todo lo que se puede esperar de una comedia británica. Una cuidada selección de temas de los ochenta bailables tan unidos a la noche gay como el Requiem de Mozart a un funeral. Pet Shop Boys, Queen, Soft Cell, Grace Jones, Frankie Goes to Hollywood completan una lista interminable con la que es imposible no mover los pies bajo el asiento. 

Pride es una impecable comedia británica que inevitablemente recuerda a la gran Full Monty en su manera de arrancar carcajadas de una situación desesperada. Su ritmo, al igual que en la producción de 1997, no deja de crecer hasta un final que estalla de alegría con los mejores valores del ser humano. 

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