Crítica de ‘Maps to the Stars’: Cronenberg clava su afilada daga en el corazón de Hollywood

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Maps to the Stars

Hubo un tiempo en el que David Cronenberg era el director favorito de todos los festivales de cine fantástico cuyas películas se disputaban con ardor. Durante la última década ha filmado cinco films con los que su cine se ha abierto argumental y estilísticamente, lo cual, no nos equivoquemos, a pesar de haber ampliado su abanico de espectadores a los no aficionados al fantástico, no significa que sus películas sean accesibles a todo tipo de público. Lo que sí es cierto, es que le han abierto las puertas de festivales con más prestigio, y aunque su presencia sigue siendo inexcusable en Sitges, sus largometrajes están siempre presentes en las secciones oficiales de Venecia o Cannes.

A las fantásticas Una Historia de Violencia (2005) y Promesas del Este (2007) siguió la aburridísima Un Método Peligroso (2011) y la inteligente pero fallida Cosmópolis (2012). En Maps to the Stars (desconozco por qué no se ha traducido su título para su estreno en España) incorpora vetas de su cine fantástico para construir una turbadora y contundente película con la que aporrear en el corazón de un Hollywood que se desangra entre masajes, drogas y egos. 
Es muy difícil establecer el punto de partida de la película, precisamente porque Cronenberg propone la lectura de la misma desde casi cualquiera de sus personajes. Decir que se trata de la historia de una familia disfuncional sería simplista y errado desde el momento en que dicha familia está situada en una sociedad disfuncional. En realidad, la auténtica familia disfuncional en el ecosistema que Cronenberg nos plantea sería una familia tradicional según el canon de la sociedad bienpensante. 
El caso es que esa familia Weiss desmoronada por un tormentoso pasado que poco a poco se nos va revelando podría servir como núcleo alrededor del cual se articulan todos los demás elementos de la película, pero Maps to the Stars es mucho más que eso, es ante todo una demoledora crónica de la vacuidad hollywoodiense con ecos de tragedia griega. El hijo de la familia Weiss, Benjie (Evan Bird) es una abofeteable estrella del cine juvenil que enfrentado a su propia adolescencia juega con las drogas y el alcohol ante la impotencia de su abnegada madre (Olivia Williams) y su melifluo padre (John Cusack), una especie de gurú de la autoayuda y demás terapias de dudosa ralea científica para estrellas y advenedizos hollywoodienses. 
Otro posible punto de arranque para abordar la película sería el de Jerome, una suerte de actor-guionista que se gana la vida conduciendo limusinas o, según cómo se mire, un conductor de limusinas con sueños de actor e ínfulas de guionista, interpretado por Robert Pattinson. Jerome conoce a Ágatha (Mia Wasikowska), una inquietante joven que llega a la Meca del cine con un turbio pasado por detrás y desconcertantes intenciones por delante. 
El tercer vértice de la base del film, del que también se puede establecer una lectura del mismo es el personaje de Havana Segrand (Julianne Moore), una actriz venida a menos que podría suponer una actualización del personaje de Norma Desmond en la inolvidable El Crepúsculo de los Dioses (Billy Wilder, 1950), película con la que en un ensayo más pausado podríamos encontrar más puntos de encuentro. Havana, hija a su vez de una famosa actriz fallecida prematuramente, nada con dificultades en el pantanoso mundo de conseguir buenos papeles en un cine como el de Hollywood en el que la influencia de los agentes y los intereses comerciales priman claramente sobre los criterios artísticos. 
Cronenberg no llega tan lejos como Robert Altman en El Juego de Hollywood (1992) en el análisis minucioso del funcionamiento de Hollywood como industria, pero sobrepasa con creces a aquel en crudeza, tanto con Hollywood en sí como con el espectador que va palideciendo a medida que los personajes son desnudados hasta exponer sus más absolutas miserias; resulta absolutamente demoledor contemplar a Havana Segrand virando en segundos de su cínico pésame a una desorbitada alegría ante una desgracia que podría ponerle en bandeja un papel anhelado.
El magnífico guión de Bruce Wagner afila minuciosamente su daga antes de dejársela a Cronenberg lista para clavarla despiadadamente en el espectador, y se sirve con la misma frescura de referencias filosóficas (la utilización del fuego y el agua como elementos determinantes de las desgracias de los personajes) que de la escatología más desconcertante con un momento digno heredero de Volver (Pedro Almodóvar, 2006).
Entre los intérpretes, habría que reseñar a Mia Wasikowska como uno de los rostros más turbadores que han surgido en los últimos años, lo cual puede condenarla al encasillamiento en roles de desequilibrada o psicópata, pero a pesar de que en apariencia (y probablemente también en intención) se trate de una película coral (el reparto es fantástico) el film acaba siendo devorado por esa actriz valiente, magnética y todoterreno que hace unos días se llevó a su casa el primer Óscar de su carrera. Y si hubo precisamente un Óscar que no planteó discusión en la última edición de estos premios, fue el de mejor actriz, pero tras ver Maps to the Stars comienzo a creer que se lo dieron por la película equivocada, y no porque no estuviera bien en Siempre Alice (de hecho, está fantástica), si no por qué aquí hace una creación tan absolutamente brutal que hace palidecer su trabajo como enferma de Alzheimer. No fueron inmunes a este papel los jurados de Cannes ni de Sitges que le concedieron el premio de interpretación femenina por su creación de la actriz (con lo difícil que debe ser para una actriz interpretar a una actriz) Havana Segrand que vive en el filo de su estabilidad emocional atenazada por una existencia tan superficial como vacía.

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