Crítica de ‘Timbuktu’: el latido de África

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Timbuktu

No he tenido ocasión de ver los anteriores filmes de Abderrahmane Sissako, director mauritano afincado en Francia, pero a juzgar por el predicamento de que gozan Waiting for Happiness (Heremakono) y Bamako se trata de un nombre a considerar, más aún teniendo en cuenta que el cine africano llega con cuentagotas a los circuitos comerciales.

Timbuktu es su tercer largometraje de ficción y con él ha conseguido unánime reconocimiento internacional incluida una nominación al Óscar a la mejor película en habla no inglesa.
El título hace referencia a la ciudad maliense de Tombuctú y a la región del mismo nombre en que se encuentra (de hecho, tras Bamako, es la segunda de sus películas con título dedicado a una ciudad de Mali) donde los alrededores han sido tomados por extremistas religiosos que practican la Yihad prohibiendo cualquier forma de entretenimiento y obligando, especialmente a las mujeres, pero no exclusivamente, a cumplir unas estrictas (y ridículas) normas de indumentaria. Sissako hace especial énfasis en la prohibición de la música como forma de esparcimiento y de la práctica del fútbol con el que los niños y jóvenes sueñan emular a sus ídolos del fútbol europeo. 
Ajenos a este estado de cosas y sumidos en una vida apacible Kidane (Ibrahim Ahmed) vive en una jaima con su esposa Satima, su hija Toya y un joven pastor, Issam, que cuida del rebaño de vacas de Kidane. A resultas de un desafortunado accidente por una disputa con un pescador local, Kidane es detenido y juzgado (es un decir) por los yihadistas que no tienen en cuenta nada de lo que Kidane pueda decir en su defensa. 
Sissako consigue con Timbuktu crear una película de denuncia renunciando al maniqueísmo, al tremendismo, al discurso basado en tópicos y a la manipulación emocional del espectador. Cuánto deberían aprender algunos directores americanos y europeos que cuando quieren hacer cine-denuncia recurren al panfleto sectario y partidista con tufillo ideológico o pseudopatriota al que se ve venir desde los títulos de crédito iniciales.
En Timbuktu no hay panfleto, no hay discurso (anti) político ni (anti) religioso, hay hechos que ocurren y que Sissako retrata con cámara de documentalista sin renunciar a una estética preciosista y a componer imágenes de una fuerza poética sobrecogedora. El partido de fútbol jugado sin balón por un grupo de niños en pleno desierto es una de las más bellas secuencias que he visto en mucho tiempo, dignas de perdurar en la memoria y de formar parte de cualquiera de esos vídeos recopilatorios de secuencias míticas que tan bien hacen los realizadores americanos para, por ejemplo, la ceremonia de entrega de los Óscar
Aunque la película tiene un tempo que a ojos de un espectador occidental habituado a otro tipo de relatos podría parecer un tanto premioso, la magnífica fotografía y los ritmos africanos que componen su banda sonora crean un envoltorio agradable a la barbarie y al terror que cuenta. 
Los actores, en su mayoría no profesionales, destilan autenticidad y no parecen ajenos a aquello que están viviendo en pantalla, en sus ojos puede verse que saben muy bien lo que están contando por haberlo conocido en primera persona. 
También Sissako sabe de lo que habla, no hace una película por encargo, es un proyecto que le sale del alma, habla de su tierra, de esa África entre Mali y Mauritania en la que creció y cuyas raíces y cultura son hoy amenazadas por la expansión de un Islam malentendido por esta banda de bárbaros que lo mismo tirotean editoriales en París que lapidan a mujeres adúlteras en una tribu del desierto. Y lo hace con valentía, pues hay que ser valiente para alzar la voz contra unos desalmados que practican el terror como forma de honrar a su dios. 
En la mirada de la pequeña Toya enfrentando la cámara mientras corre está resumida la esencia última de la película que Sissako quiere tal vez impregnar con unas gotas de esperanza. Ojalá.

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