Crítica de ‘Réalité’: El cine entre el sueño y la pesadilla

Las críticas de Carlos Cuesta: Réalité





He descubierto gracias a Réalité a un director francés llamado Quentin Dupieux que ha logrado una interesante actualización del surrealismo con su manera de introducir la dinámica de los sueños en la estructuración de la trama. En su último trabajo parece haber condensado muchos, si no todos, los aspectos que implica la creación de una película desde su concepción, su producción, su filmación y la acogida del público y la crítica. Digo parece porque tras disfrutar de una ficción tan extraña uno puede tener clara o no su interpretación de lo que ha visto, pero no tanto lo que el realizador ha pretendido. Con sueños dentro de sueños dentro de un sueño, la película dentro de la película dentro de la película, esta extravagante genialidad llamada Réalité recupera la metáfora del cine como sueño colectivo mientras logra que Origen parezca una cosa sencilla.
A grandes rasgos lo que nos cuenta Dupieux comienza con un operador de cámara de televisión interpretado por Alain Chabat que trabaja grabando un absurdo programa de escasa calidad sobre cocina. Este hombre se entrevista con un productor de cine al que conoce desde hace tiempo (Jonathan Lambert) para presentarle el argumento de una película. Pese a lo absurda que parece su idea, acerca de una especie de ondas propagadas por la televisión que vuelven cada vez más tonta a la gente hasta matarla, el productor se muestra fascinado y le da 48 horas para lograr mostrarle el grito que provocan dichas ondas al matar a sus víctimas. El emocionado aspirante a director comienza una desesperada búsqueda. 

Réalité es una comedia tronchante, ya desde la absurda escena de la entrevista, y enigmática a partir del momento en que decide llamar Realidad a una película en la que la distinción entre la presunta realidad y los sueños, entre lo que está dentro de la producción y fuera de ella. A eso hay que añadir que el título corresponde al nombre de uno de los personajes, lo que provoca una mayor confusión, ya que obliga a plantearse si debemos tomarle como punto de referencia y orientación. Para embarcarnos en semejante experiencia Dupieux se sirve de una dinámica basada en la repetición, en una continuidad o falta de ella que asemeja la acción a la de un sueño, y la utilización de una banda sonora absolutamente mínima cuya repetición en diferentes tramos del metraje nos impide situar a los personajes en lo soñado, en lo filmado o en su vida consciente.
Se puede sospechar en Réalité cierto homenaje al cine de autor, al cine de serie B, al cine en general, o al menos al esfuerzo que precisa el proceso creativo, las dificultades a las que se encara y a las incomprensiones con las que se cruza. Si esto es cierto, tenemos aquí un paradigma de la metapelícula, de la película sobre la película y en ella encontramos representados, como en un manual cuya lectura no es lineal en absoluto, a los que no se creen con derecho a hablar de cine; a los que aconsejan sin saber; al director genial consciente de su talento; al realizador presuntuoso; al productor indeciso e incompetente; al público que disfruta de lo que ve; al que se come todo lo que le echan, lo aprecie o no; al que se cree capaz de hacer una película, y que no lo es en absoluto, o sí; al que trata de interpretar cada detalle de lo que ha visto en la pantalla; al espectador impaciente; al profesional que teme que le roben la idea o el que descubre no ser tan original como pensaba; al creativo ilusionado; al que es capaz de denigrar algo sólo cuando no es suyo… Todos estos perfiles son identificables en esta maravillosa locura muy bien interpretada, con cada actor en su sitio con una verosimilitud extraordinaria. En ese sentido Chabat, Lambert y John Glover (Smallville) ofrecen los trabajos más destacadas.
Por qué no, se puede plantear la película como una contraposición entre el interior y el exterior, entre la profundidad y la superficialidad, entre la imaginación y la realidad, entre los deseos y las convenciones a partir de la frase del padre de Réalité, un taxidermista que le asegura a su hija “el interior no es importante”, en referencia a las tripas de los animales que diseca. Quizá se deba a mera sugestión provocada por mi reciente revisión de la filmografía de Luis Buñuel lo que me obliga a referirme precisamente a la figura del Ministerio del Interior, tan recurrente en su obra como expresión de la represión de los deseos personales. Lo que es cierto es que Dupieux logra encajarte en la butaca, destrozar tus referencias lógicas, desposeerte de la brújula de la razón para compartir con el espectador los miedos y las angustias del cineasta cuando se enfrenta a la soledad lunática de la creación.

Espero que Réalité, ganadora del premio a la mejor película en la última edición de Sitges, se proyecte en España como ya lo hiciera su anterior estreno Wrong Cops.

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