Crítica de ‘Nightcrawler’: Morbo, obsesión y locura

 Las críticas de Miguel Moreno: Nightcrawler

La Opera prima de Dan Gilroy nos sumerge en las calles de Los Ángeles de una forma muy particular. La recorreremos de noche, atravesando sus lugares más recónditos, y viendo cosas que no se ven a primera vista y a la luz del día. Por si fuera poco, lo haremos de la mano de un personaje muy peculiar y que sin duda recordaremos: Lou Bloom, interpretado por un soberbio Jake Gyllenhaal. Bienvenidos a la otra Los Ángeles. Bienvenidos a Nightcrawler.

En esta ocasión, sí puedo decir entre aplausos que estamos ante un guión original, no en vano Nightcrawler está nominada a los Oscar en esta categoría. No menos halagos merece el gran Jake Gyllenhaal, logrando una paranoica interpretación que le nominó al Globo de Oro también. Su personaje, Lou Bloom, un buscavidas de afilada y perturbada mente a partes iguales, nos enseñará la ciudad de Los Ángeles desde su particular punto de vista: con la ayuda de su linterna, y su cámara de vídeo.

La premisa arranca sin despeinarse y va al grano. Bloom, del que desafortunadamente no llegaremos a saber mucho de su vida anterior, descubre el periodismo enloquecido que puebla la enorme urbe de noche. Los asesinatos, accidentes, y los personajes nocturnos más bizarros. Cámara al hombro de la manera más insospechada y casual, se introduce como reportero freelance de noticias del mundo de la noche en la gran ciudad, entrando hábilmente en la nómina de una cadena nocturna que transmite ese tipo de noticias a través del papel que interpreta Rene Russo. A partir de ese momento, Lou Bloom nos mostrará su verdadera cara, convirtiéndose en un depredador nocturno sin escrúpulos capaz de cualquier cosa con tal de mantener su estatus, e irlo mejorando poco a poco.

En este aspecto, hay que destacar dos cosas: la magnífica puesta en escena que logra Gilroy, sacudiendo al espectador en escenas adrenalíticas, y el papel de Gyllenhaal, que lleva sin duda el peso sobre sus espaldas durante todo el metraje. Bloom es un mercenario, un psicópata en su mayor expresión, que pasará de mero espectador a partícipe de lo macabro a cualquier precio. Hay momentos en los que casi podemos palpar la maldad de su mente y su habilidad para manipular a las personas, y prueba de ello son unas cuantas escenas a recordar (la entrevista con su ayudante y la cena con Russo) en las que comprobamos que el personaje, aprovechando ese mal de nuestro siglo que es el morbo mediático, manipula y zarandea psicológicamente y sin piedad a cualquiera que se ponga en su camino. Bill Paxton, en un rol secundario en el que interactuará con Gyllenhaal, es un veterano reportero nocturno en mitad del camino que nuestro protagonista decide recorrer en solitario.

Poco a poco y según el personaje principal va cobrando importancia casi volviéndose imprescindible para  ese mundo tóxico de la televisión al que pertenece,  asistimos a su ruptura. Hay una escena muy reveladora (la del espejo) que, además de brillantemente improvisada, nos muestra abiertamente la inestabilidad de Lou. No hay vuelta atrás, parece decirnos el director. La sociedad está enferma de muerte, y Bloom, a bordo de ese flamante Dodge Challenger que conduce, está al servicio de ésta. Entrega lo que la audiencia pide, rebasando con mucho cualquier principio moral básico, y lo hace con una sonrisa de oreja a oreja, que oculta el lobo nocturno que hay tras ella. La amoralidad más repugnante al servicio de las masas, y con un encanto infundido difícil de superar. Es un monstruo del tiempo moderno, que haría estremecerse al mismo diablo.

Con todo, y estallando en un final que palpita cada vez más rápido, Gilroy nos lanza una pregunta aterradora: ¿hasta dónde podemos llegar para alimentar a la bestia? sin duda no hay límite. Nuestro rondador nocturno se va perfeccionando a sí mismo, aumentando su cuota personal, manipulando a cualquier persona que se entrometa hasta resultar tan peligroso como las escenas que se dedica a recoger, e incluso mucho más. Un psicópata moderno que podría ser cualquier ciudadano decente de día, para convertirse en un buitre asesino y sediento de morbo cuando cae la noche sobre la ciudad. Aterrador.

Una película diferente. Una joya escondida, que te pondrá al borde de la butaca mientras se proyecta y que, por si fuera poco, te hará reflexionar sobre los medios informativos, la basura que consumimos a diario, y los tiburones de sonrisa encantadora que acechan en cualquier esquina, dispuestos a dar al César lo que es del César a cualquier precio. O a la audiencia lo que pide. Les presento a un nuevo amigo, Lou Bloom.

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