Crítica de ‘Leviatán’: desolación bañada en Vodka

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Leviatán

Aunque el título invita a pensar en una película de cine fantástico con una devastadora criatura marina sembrando el terror a diestro y siniestro, Leviatán es en realidad la cuarta película del realizador ruso Andrei Zvyagintsev, cuya obra hasta ahora ha sido casi exclusivamente carne de festivales y no sin éxito. Su ópera prima El Regreso ganó en 2003 el León de Oro del Festival de Venecia.  Desde entonces ha sido un habitual del Festival de Cannes donde sus films han sido siempre premiados de una u otra forma. Con Leviatán, además del premio al mejor guión de dicho festival, ha recibido el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y es firme candidata al Óscar en la misma categoría. 

El título hace referencia al monstruo marino creado por Dios según el Génesis y que es citado en el libro de Job, tal y como un sacerdote recordará al protagonista en su mayor momento de desesperación: ¿Sacarás tú al Leviatán con anzuelo o con cuerda que le eches en su lengua? (Job 41:1).

Leviatán es una dolorosa crónica de la Rusia actual que podría no ser muy diferente de rusias pasadas o incluso de cualquier país presente o pasado, pues el asunto es tan viejo y universal como la propia humanidad. Una familia corriente sufre el abuso de la oligarquía local que liderada por un alcalde corrupto quiere expropiar su casa para lucrarse con el terreno de forma tan abusiva como mezquina. No faltará en el entramado de poder la sórdida complicidad de otros dos pilares de cualquier estado que se precie: la judicatura y la jerarquía eclesiástica (en este caso ortodoxa).

Kolya (Aleksey Serebryakov), el cabeza de familia y propietario de la casa, vive de forma sencilla acompañado de Roma (Sergey Pokhodaev), hijo de una anterior relación y Lilya (Elena Lyadova), su actual pareja. Su vida transcurre, entre tragos de vodka, trabajando en un modesto taller de vehículos de su propiedad. Cuando el alcalde quiere expropiar su casa, su amigo Dimitri (Vladimir Vdovichenkov), abogado, llega de Moscú para ayudarle a defenderse a este pueblo a orillas del Mar de Barents donde las ballenas nadan libremente y sus esqueletos, una vez muertas, componen un desolador paisaje en la playa. La foto del cartel es suficientemente reveladora de la estética gris y sombría que la hermosa fotografía de Mikhail Krichman pone al servicio de Zvyagintsev.

Las cosas se complican cuando el déspota alcalde (Roman Madyanov) es amenazado por Dimitri y decide ejercer su tiranía de manera más expedita sin reparar en escrúpulos éticos o morales ni en respetar los límites de leyes puestas al servicio del poder. Esto unido a cierto desorden sentimental y a una nueva versión del hitchcockiano concepto del “falso culpable”, pondrá patas arriba la existencia de Kolya que puesto a elegir entre el Vodka y Dios elegirá el que es líquido.

Zvyagintsev ha sufrido (como otros muchos directores rusos) el pesado lastre de ser considerado desde el inicio de su carrera como “el nuevo Tarkovski” y aunque las similitudes estéticas son innegables, el discurso fílmico de Zvyagintsev es mucho más accesible al espectador que el del venerado mito del cine ruso. Leviatán es una película relativamente fácil de seguir y aunque a partir de la mitad peca un poco de cierto ensimismamiento paisajístico, los personajes son lo suficientemente fuertes como para sostener la trama sin grandes altibajos. De este reparto destaca como el atormentado Kolya, el actor moscovita Aleksey Serebryakov que en la vida real se ha afincado en Canadá huyendo de la corrupción política y de la inseguridad policial que según él hacen de Rusia un lugar poco adecuado para educar a sus hijos. La realidad camina, como tantas veces, de la mano de la ficción.

Se respira la desolación y el hastío, el frío gris azulado te sobrecoge el espíritu y casi se puede paladear el vodka que continuamente trasiegan casi todos los personajes. Un film duro, seco, desasosegante, tan turbio como elegante, de poderosa estética y sabia dirección que deja el regusto amargo de la certeza de que los malos pueden no ganar siempre, pero nunca pierden.

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