Crítica de ‘Las ovejas no pierden el tren’: Tibia comedia española

Las críticas de Miguel Moreno: Las ovejas no pierden el tren

La nueva comedia española de la cartelera viene de la mano de Álvaro Fernández Armero, y se presenta con una sonrisa de medio lado que desaparecerá levemente sin que apenas los espectadores nos demos cuenta. Las idas y venidas de los miembros de una familia cualquiera, con sus problemas y sus conflictos, y un medio rural en el que los de ciudad no acaban de encajar del todo, al menos al principio. Vamos con el pastoreo que el rebaño espera.

Las ovejas no pierden el tren nos presenta a la pareja formada por Raúl Arévalo e Inma Cuesta, que alejados de la gran y ruidosa urbe, deciden irse a vivir a un encantador pueblo de los de toda la vida, con su silencio, sus personajes típicos y sus ovejas. Pronto, el personaje de Arévalo, que se dedica a escribir, comprobará que eso de la vida rural no es lo suyo. Vendrán a unirse a la debacle los demás integrantes de la familia, el hermano de nuestro escritor, interpretado por un solvente Alberto San Juan, Candela Peña, como la hermana de la pareja de éste, cada uno con su conflicto personal. Si bien a los 20 minutos del comienzo comprobamos que es una comedia más bien ligera y sin grandes carcajadas, esto viene a confirmarse llegados a su final.

Resulta una opción a considerar en cartelera y más aún siendo cine patrio, que hay que defender, pero las defensas son escasas y se cuentan con los dedos de la mano. Como comedia, es una lástima que las risas aparezcan tímidamente y en contadas ocasiones, a pesar de que ya sabemos que esto del humor es muy subjetivo, y cada uno tiene el suyo. Los actores hacen lo que pueden, pero ninguno destaca sobre los demás, y parecen ir en piloto automático. Y aunque algunas de las historias de los componentes de la familia se siguen con interés, son los momentos forzados a la risa del espectador los que deslucen el conjunto. Así, nos encontramos con escenas mal resueltas que buscan la complicidad de la carcajada del espectador que no acaba de llegar, recurriendo a clichés como la tan sobada bofetada, y que podrían haber sido resueltas con mayor ingenio.

Personalmente, Alberto San Juan y su historia personal tocando fondo es la que más me ha llegado, junto con el amor por la vida campestre que muestra al final el personaje de Raúl Arévalo. Los demás, pasan de puntillas por la película sin hacer demasiado ruido, destacando una trastornada Candela Peña enzarzada  en los devenires del amor, a la que la entran las prisas por subir al altar.

La película de Fernández Armero resulta un visionado agradable, que al final ni entusiasma ni molesta en exceso. Se olvida con la misma facilidad que se ve, y no pretende dejar huella mas allá de un paréntesis de ocio, lo que la exime de buscar ser algo que no es. Sin embargo, puede que algunos espectadores, entre los que me encuentro, esperasen más risas en su desarrollo, lo cual ya entra en el terreno personal de la cuota de humor de cada uno.

Es destacable el breve personaje que interpreta nuestro Miguel Rellán, junto con una de las escenas finales que mantiene al lado de Alberto San Juan, un momento padre-hijo, que, aunque al final no acabe de ser cien por cien pleno debido a las limitaciones por enfermedad del personaje que interpreta Rellán, sí puede llegar a tocar el corazón del espectador. Los errores y dudas que nos hacen humanos y de los que aprendemos, aunque haya de ser a “toro pasado”. Esa es en realidad la premisa de la que parte Las ovejas no pierden el tren.

Al final, todo se resuelve de la mejor manera posible y como en cualquier familia que se precie. Cada uno en su casa, Dios en la de todos, y las ovejas al redil, que lo que no queremos  es que se escape ninguna. Comedia agradable pero tibia, como un plato de sopa que lleva ya demasiado tiempo esperando en la mesa.

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