Crítica de ‘El Libro de la Vida’: Apoteósis de música y color para una historia universal

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El Libro de la Vida

El Libro de la Vida es la más reciente película de animación que ha llegado a la cartelera española aunque pertenece a la notable cosecha de 2014. De hecho, se quedó finalmente fuera del quinteto de nominadas al Óscar a pesar de que sí había estado entre las finalistas al Globo de Oro en su categoría. 

Aunque por producción se trata de un film estadounidense, el alma de la película es de la misma nacionalidad que su principal productor, el mexicano Guillermo del Toro, el único miembro de “los tres amigos” que a día de hoy no ha ganado el Óscar al mejor director ya que los otros dos, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñarritu lo han ganado consecutivamente en las dos últimas ediciones.

El punto de partida de El Libro de la Vida es un grupo de niños difíciles que son enviados a un museo donde serán recibidos por una guía que les explicará a través de unas figuritas de madera una historia, incluida en el libro de la vida, que deberá enseñarles una lección vital. La historia en cuestión está protagonizada por tres amigos, María, Manolo y Joaquín que desde la más tierna infancia componen un clásico triángulo amoroso de dos niños enamorados de la misma niña a la que tratarán de conquistar cada uno con sus armas. Pero estos niños no estarán solos en su caminar, otros dos personajes fundamentales llevarán el peso de la narración, la Catrina y Xibalba, respectivos gobernadores del mundo de los recordados y el mundo de los olvidados, una suerte de cielo e infierno, destinos de los seres humanos tras el fin de sus vidas.

Con estos mimbres, el guion aborda una historia clásica en su planteamiento básico, el del triángulo amoroso, pero con múltiples lecturas adicionales que enriquecen notablemente la propuesta. Quizá el más obvio sea el de la dicotómica lucha entre el bien (encarnado en la Catrina) y el mal (representado por Xibalba), pero también temas de más enjundia como lo efímero de la vida y la eternidad de la muerte, o la determinación con que uno debe emplearse en la vida para perseguir sus sueños y luchar por ser aquello que quiere ser y no lo que esperan de él. Son temas tratados muchas veces en el cine, pero no tan a menudo en el cine infantil y desde luego no todos al mismo tiempo. 

Incluso hay otro tema, más tangencial, que podría encontrarse en la película y que podría servir para alcanzar un punto de acuerdo entre taurinos y antitaurinos, lo que ocurre es que conociendo la radicalidad de las posturas que tanto los defensores como los detractores del toreo suelen adoptar para esgrimir sus argumentos, soy poco optimista respecto a que realmente acepten la vía intermedia que el personaje de Manolo encarna en el film y que no voy a contar aquí para no hacer destripes (spoilers para los que gusten de anglicismos).

Recapitulemos pues hay de todo en El Libro de la Vida: amor, aventuras, héroes y villanos, buenos y malos, vida y muerte, sueños que se cumplen y otros que fracasan, humor y dolor… Con tantos ingredientes, llega un momento en la narración en el que el director Jorge Gutiérrez tiene que decidir si continúa hacia una película infantil o se lía la manta a la cabeza y completa una película para adultos. Y aunque la decisión es claramente la primera, el resultado final hace que sea una película muy disfrutable por los adultos y que pueda quedar un poco grande a los más pequeños de la casa. Y ojo, me estoy refiriendo a pequeños muy pequeños, niños con cinco años o más siguen y disfrutan perfectamente la película (doy fe de ello con mi propia hija pequeña), pero infantes en edad de iniciarse al cine, tal vez deberían ser llevados a ver otra película más adecuada para empezar.

Una vez tratado el contenido de la película, me queda hablar de lo que probablemente es su mejor arma: su doble envoltorio visual y musical. La propuesta visual de El Libro de la Vida es magnífica, ahondando en las tradiciones del folklore mexicano y con claras influencias de las películas de animación de Tim Burton (Pesadilla antes de Navidad y La Novia Cadáver son dos referencias obvias), despliega un derroche colorista, especialmente en el mundo de los recordados, que mantiene los sentidos embriagados durante todo el metraje. En cuanto a la música, también se hacen notar las raíces mexicanas de la película con ritmos de mariachi y algún bolero como “Cielito Lindo” en la voz de Plácido Domingo, pero la preciosa partitura de Gustavo Santaolalla está también acompañada de versiones de canciones de Elvis Presley, Mumford and Sons, Radiohead e incluso del tema “Ecstasy of Gold” que Ennio Morricone compuso para El bueno, el feo y el malo.

Poco más se puede pedir a una película que además de divertida y colorista se hace acompañar de buena música y cuenta (con varios niveles de lectura) una bonita historia de amor, llena de aventuras y con personajes queribles y recordables por niños y adultos.

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