Crítica de ‘Nunca es demasiado tarde’: Inmensa sensiblidad estética al servicio del verdadero cine y de la dignidad humana

Las críticas de Carlos Cuesta: Nunca es demasiado tarde

Por más desafortunada que sea la traducción del título para su distribución en España, donde se estrenó en noviembre, lo cierto es que tiene razón. Nunca es demasiado tarde para descubrir esta película que pasó por las pantallas de mi país demasiado discretamente y que este mes ha llegado a los cines en Estados Unidos y en Francia, donde he tenido la ocasión de disfrutarla. Uberto Pasolini nos cuenta con sensibilidad poco común el final de la carrera profesional de John May (Eddie Marsan, El ilusionista, Sherlock Holmes), un funcionario municipal de Londres dedicado a encontrar a los familiares o seres queridos de personas que han muerto en completa soledad.
El departamento para el que trabaja John May vive un proceso de reconversión y su delicada minuciosidad resulta demasiado lenta y costosa para el Ayuntamiento. Los responsables del servicio consideran inútil su trabajo y están decididos a eliminar el puesto que aquél lleva desempeñando durante 22 años. Por eso dedicará todos sus esfuerzos a lograr que a su “último enterramiento” puedan acudir todas las personas que fueron cercanas al fallecido. Durante la búsqueda, las costumbres y rutinas del funcionario se irán viendo poco a poco alteradas, revelándole que aparte de su trabajo no tiene absolutamente nada ni a nadie y que no podría soportar perder su modo de vida.

No es habitual encontrar una película tan redonda, tan acertada, tan meticulosamente equilibrada en todas sus facetas, con una realización tan cuidadosa en la duración y en el contenido de los planos, en el significado de la composición, en el ritmo, en la elección de las palabras, en la evolución de los personajes, en su ambientación sonora, en la utilización de pequeñas dosis de humor para aligerar el peso del drama y en su culminación inmejorable.

A lo largo de la trama vamos comprobando que John May está tan solo como las personas a las que asiste, a los que proporciona una enorme dignidad a sus últimos momentos, sin juzgar las circunstancias o los acontecimientos que les llevaron a la soledad o al abandono. Nunca es demasiado tarde (Still Life) es un hermoso testimonio de humanidad, un alegato a la misericordia, al perdón, a la calma en un mundo acelerado que sacrifica los valores personales en beneficio de la rentabilidad y de la inmediatez. La escrupulosa profesionalidad del personaje es un regalo para el espectador. Su habla tranquila, educada y precisa se agradece ante un horda de personas incapaces de decir nada apropiada por más que hablen. Eddie Marsan soporta y articula con una entereza única un rol protagonista de una ternura y una profundidad silenciosa sobrecogedora. Su destacado trabajo sobresale en un elenco formidable.
El recogimiento del personaje es tan maravillosamente equilibrado como la intervención musical de Rachel Portman (Las normas de la casa de la sidra) y la fotografía de Stefano Falivene crea una ambientación absolutamente adecuada para trazar el mapa animista de la vida solitaria de John May; también de las personas que ha acompañado como último testigo de la crueldad del azar, de las equivocaciones y los excesos de orgullo que no impiden, sin embargo, dedicar a cada ser humano la honrosa despedida que cada uno podría haber merecido.
La paz de los camposantos, la misteriosa sensación de pena y tranquilidad que reposa en ellos traspasa la pantalla y se asienta en el corazón del espectador. La delicadeza estética de Nunca es demasiado tarde me hizo recordar de inmediato Despedidas de Yôjirô Takita y me hizo disfrutar de una manera igual de profunda del cine bien hecho, realizado con tiempo, con honestidad y con cariño. No es demasiado tarde. Busquen esta película y gozenla. Yo he tenido la suerte de rescatarla a tiempo.

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