Crítica de ‘St. Vincent’: Y Dios creó a Bill Murray

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: St. Vincent

Se acerca la Navidad, y con ella las películas almibaradas sobre altruismo y buena voluntad. Si a eso le añades honestidad y humor, el almíbar se convierte en un título perfecto para reconciliarte con el género humano sin que te suba el azúcar. Eso es St. Vincent, un largometraje honesto, tierno y tremendamente divertido que alumbra la última quincena de la cartelera 2014.
Vincent es un hombre triste, adusto y solitario que se enfrenta a su propia tragedia dinamitando su vida a base de alcohol, apuestas y clubes de striptease. Casi en la quiebra y manteniendo a una esposa enferma y a una prostituta embarazada, la desastrosa, pero elegida vida de Vincent se tambaleará el día que conoce a sus nuevos vecinos, una mujer separada que apenas puede hacerse cargo de su hijo de doce años.

St. Vincent no ofrece nada que no hayamos visto en cientos de películas anteriores como Un papá genial o Solos con nuestro tío, sin embargo, hay un abismo de calidad entre los guiones de éstas y el brillante trabajo que ha hecho Theodore Melfi, que escribe y dirige esta historia después de años centrándose en el cortometraje. St. Vincent es sencilla, sin un conflicto concreto, tal vez incluso predecible, pero resulta tan sincera que, en lugar de sentirte decepcionado ante la falta de novedad, agradeces que la historia no busque nada más allá de una ficción realista.
Pero no nos engañemos, esa honestidad se hace palpable gracias a un trabajo coral de interpretación por parte de un elenco de lujo. No sé qué tal hubiese funcionado la historia con un Vincent distinto al de Bill Murray (Cazafantasmas, Lost in Translation), porque está claro que él lo ha conseguido, en el que es sin duda unos de los mejores papeles de su carrera, dar vida a ese viejo desagradable, pero de algún modo cautivador. Si es cierto lo que el propio Murray dice sobre que siempre se interpreta a él mismo, hemos de reconocerle su tremendo talento al hacerlo. Su presencia en pantalla es tal que casi eclipsa al resto, pero merece la pena dejarle al lado brevemente para poder disfrutar de una Melissa McCarthy (La boda de mi mejor amiga, Cuerpos especiales) que abandona su típico papel de torpe barra payasa barra amiga gordita y graciosa para convertirse en una madre agobiada en cuyas lágrimas quedan reflejadas el peso de un matrimonio fracasado, las preocupaciones por la crianza de su hijo y el cansancio de una mujer levantándose a sí misma a base de trabajo y mucho esfuerzo. Mención especial para el papel secundario de Naomi Watts (King Kong, Promesas del Este) como Daka, la prostituta stripper embarazada, sin duda uno de los personajes más divertidos de la historia, que se pasea con sus minifaldas mínimas, sus tacones de plástico y un acento ruso tan autentico que es una lástima no disfrutar de al menos un visionado en versión original. Pero aquel que mantiene el pulso a Murray es el pequeño Jaeden Lieberher que debuta en el cine con esta película, pero al que pronto veremos a las órdenes de Cameron Crowe, y en la película de ciencia ficción Midnight Special, dirigida por Jeff Nichols.
A una banda sonora anodina compuesta por Theodore Shapiro (El diablo viste de Prada, Tropic Thunder) hay que sumarle una elección de canciones notable con temas clásico de Bob Dylan o Jefferson Airplane, pero también actuales, como dos canciones inéditas de Jeff Tweedy, líder de la banda Wilco.
Argumentalmente, St. Vincent no es nada original, pero lo compensa con un buen guión de un humor tierno, casi para todos los públicos, pero no por ello edulcorado. Pero ante todo, St. Vincent es un exhibición del Bill Murray más clásico, grosero, antipático y divertidísimo. Y de eso, reconozcámoslo, nunca tenemos bastante. 

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