Crítica de ‘Serena’: Folletín épico

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Serena
Rara vez existe una buena razón tras el retraso de una película. Los dos años que han pasado hasta el estreno de Serena, sólo podían deparar un desastre. Ni la indudable química entre Bradley Cooper y Jennifer Lawrence ni una puesta impecable compensan un guión sin interés alguno.

Basada, que no fielmente adaptada, en la novela homónima de Ron Rash, Serena es un melodrama ambientado en las montañas de Carolina del Norte en pleno crack del 29. En ellas, George Pemberton ha levantado una industria maderera de la que es amo y señor, pero que se tambalea por culpa de la crisis. Cuando conoce a la joven Serena su vida parece encarrilarse de nuevo junto a la persona que se convertirá, no sólo en su esposa, sino en la socia sin escrúpulos capaz de sacar el negocio a flote. Guapa, apasionada y muy inteligente, Serena lo tiene todo a excepción de la capacidad de darle un heredero.

Tras comprar los derechos cinematográficos de la novela, los primeros nombres que se barajaron para su producción fueron los de Darren Aronofsky en la dirección y Angelina Jolie en el papel protagonista. Tras rechazarlo ambos, el proyecto fue a parar a manos de la danesa Susanne Bier, directora de En un mundo mejor, ganadora al Oscar a mejor película de habla no inglesa en 2011. Para la pareja protagonista se optó por Jennifer Lawrence (Los juegos del hambre, Like Crazy) Y Bradley Cooper  (El equipo A, Resacón en Las Vegas) que ya habían demostrado ser un tándem perfecto en El lado bueno de las cosas. Acompañándolos, nombres conocidos como el de Rhys Ifans (Notting Hill, The Amazing Spider-Man) o Toby Jones (El velo pintado, Capitán América: El primer vengador). Todos interpretando brillantemente un guión vacío y sin interés. Jennifer Lawrence, que los últimos meses había saltado a la palestra por razones ajenas a su trabajo, demuestra que es de su talento de lo único que merece la pena hablar, porque destaca sobre el resto del reparto con un papel complicado y errático al que, no obstante, agarra de las riendas convirtiéndose en lo mejor de la película.

Y no es que no podamos sacarle el lado bueno. La película, ambientada en uno de los momentos más interesantes del siglo XX, y uno de los más bonitos en cuanto a moda y decoración, es un regalo a los sentidos. La fotografía de Morten Søborg (En un mundo mejor, Atrapados en Chernobil), es un poema al paisaje de esas montañas bañadas en la bruma, y una oda a la elegancia de la gran ciudad; escenas que acompañan de maravilla la banda sonora de Johan Söderqvist (Déjame entrar, Amor es todo lo que necesitas), pero que en absoluto pueden resarcirnos del tedio de un guión sin rumbo que carece tanto de alma como de inteligencia.

Serena, en principio un melodrama clásico, propio de la edad dorada de Hollywood, al más puro estilo de Con él llegó el escándalo o Gigante, se complica de tal manera que se convierte en una sinrazón en la que los personajes actúan por impulsos impropios del carácter que nos han querido presentar. En el caso de George Pemberton puede ser excusable, es un personaje plano, con una ambigüedad artificial que nunca te llegas a creer, y que pueda pasar de magnate corrupto y sin escrúpulos a héroe de la historia, sólo es una prueba del despropósito del guión de Christopher Kyle (Alejandro Magno, El peso del agua). Pero Serena…Ella, que en la novela es una femme fatale de principio a fin, una Lady Macbeth fuerte y ambiciosa, aquí mantiene esa personalidad sólo al principio, cuando con un feminismo apasionado afirma que no tiene intención de convertirse tan sólo en esposa, y demuestra ser mejor negociante y capataz que su marido, pero antes de que nos demos cuenta pierde la cabeza hasta convertirse en una maniaca histérica, echando por tierra todo lo anterior e insultando no sólo al espectador, sino a todo papel femenino y fuerte que le haya precedido, porque en Serena la fuerza de una mujer es proporcional a su maldad, mientras que la chica desvalida y maternal resulta ser la buena.

En definitiva la épica que prometía como gran romance de época que en teoría es, se queda en un folletín propio de las novelas por entregas, con una historia que parece amenazada ante los ovarios bien puestos de su protagonista. Si Joan Crawford levantara la cabeza…

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