Crítica de ‘Perdida’: Una clase maestra de suspense

Las críticas de Óscar M.: Perdida
Estaba muy desencantado con David Fincher. Después de leer cómo renegaba de sus orígenes, de ver cómo se “vendía” a hacer películas absurdas, poco necesarias y aburridas, cómo su peso corporal incrementaba a medida que lo hacía su bolsillo y perdía su originalidad y su sello característico.
Era muy reticente a ver Perdida sin la idea preconcebida de que es un telefilme para televisión con mucho presupuesto y actores con un alto caché. Escribo en pasado porque Perdida ha conseguido reencontrarme con el director que admiraba desde Alien 3 (porque aunque se ponga verde de ira, Alien 3 es suya), Seven o The game.

Fincher propone al público una película basada en la novela homónima de Gillian Flynn con una sobada y manida historia sobre el matrimonio con desaparición de la esposa y posible asesinato de por medio, y consigue hacerlo interesante de la única forma que puede: exprimiendo a los actores hasta que ofrezcan lo mejor que tienen.
De esta forma, la historia de Perdida (que ya tiene unos personajes interesantes, bien desarrollados, con varios niveles y múltiples capas) se ven mejorada con un Fincher que se vuelca en una excelente dirección de actores y consigue sacar lo mejor de cualquier intérprete en Perdida: Rosamund Pike está brillante (aunque su personaje sea muy parecido a Brenda Chenowith de A dos metros bajo tierra, con una infancia destrozada por unos controladores y obsesivos padres) y Ben Affleck roza sus propios límites interpretativos (es poco probable que ningún director pueda sacar algo mejor de él nunca), a pesar de la contención del personaje.
Pero donde la película realmente se gana al espectador es con el argumento: una historia algo apresurada al principio (al segundo día ya han montado toda una campaña de búsqueda es casi de ciencia-ficción), pero que necesita de esa velocidad para absorber al espectador y dejarlo constantemente con la boca abierta en cada giro de la historia, a estas alturas cualquiera que vaya a ver Perdida está sobre aviso y muy pendiente de cualquier detalle que le ayude a adelantarse al argumento (como la caja del juego Mastermind o que jueguen a El juego de la vida en el bar), pero, por suerte, el espectador no lo consigue en la mayoría de ocasiones.
Fincher puede estar orgulloso de haber recuperado el espíritu de las mejores películas del maestro del suspense Hitchcock, con unas historias delictivas interesantes, unos personajes oscuros y complejos, unos giros argumentales esperados e inesperados, un falso culpable (o no), una falsa víctima (o no), cualquier opción es posible, porque nada es lo que parece. Y esa es una de las grandezas de este género cinematográfico.

Perdida es de esas películas que es mejor ir a ver sin saber nada de ella, sin haber visto el tráiler, sin leer la novela, y que, además, aguanta varios visionados (algo que muy pocas película resisten), gracias a que el espectador a veces va por delante de la trama y otras descubre los acontecimientos al mismo tiempo que los personajes, pero en ambos casos consigue que se quede sorprendido.

El guión aprovecha para criticar a los medios de comunicación, que demonizan o ensalzan a las víctimas según les interese (como el reciente caso del presunto violador y secuestrador de niñas de Madrid), pisoteando a familiares o allegados por un minuto de gloria televisiva y por un porcentaje de audiencia, Missi Pyle y Sela Ward interpretan a unos personajes extremos y casi parodia de sí mismos (a medio camino entre Ellen DeGeneres -el nombre no parece estar elegido al azar- y Oprah Winfrie), son la mejor representación de los demonios y diablos televisivos actuales.
Visualmente, Fincher confirma que abandona sus “sobrados” efectos especiales con los que nos conquistó, pero, por suerte, vuelve a las tonalidades cromáticas y a la iluminación de La habitación del pánico o The game. Curiosamente la mayor parte del equipo técnico de Perdida son constantes en la filmografía más impersonal del director (como Zodiac, La red social y Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres), lo cual demuestra que cuando el director quiere y tiene interés, consigue imponer lo que le queda de su estilo personal.
Para terminar de redondear la mejor película del director desde La habitación del pánico, la composición musical de Trent Reznor y Atticus Ross es inmejorable, especialmente acorde con las imágenes (dulce, tétrica, emocionante o melancólica y falsamente idílica, según la ocasión), consigue elevar, más si cabe, la calidad de la película.

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