Crítica de ‘Mi vida ahora’: Distopía para adolescentes

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Mi vida ahora
Vivimos un boom dentro de la literatura juvenil. Sagas como  Divergente, Los juegos del hambre, o novelas sentimentales protagonizadas por púberes como Bajo la misma estrella o Las ventajas de ser un marginado, han demostrado que la adolescencia es un campo fértil para las ideas, pero sobre todo rentable. No cabe duda de que Hollywood también le esta sacando beneficios y allí donde hay una novela juvenil de éxito aparece su versión cinematográfica. Ese es el caso de Mi vida ahora, una novela escrita por Meg Rosoff, ganadora de varios premios de la crítica y un best seller dentro de género.

La historia comienza cuando Daisy, una joven americana con problemas de actitud, llega a Inglaterra para pasar una temporada con sus tres primos. A pesar de su antipatía hacia todo lo ajeno a ella, pronto se siente atraída hacia su primo mayor, Edmond. Daisy poco a poco va echando abajo los muros que la separan de los demás, pero antes de que éstos caigan una guerra nuclear estalla en Reino Unido. A partir de ese momento la protagonista tendrá que sobrevivir ante un mundo que se desmorona, con la esperanza de volver al lugar donde un día fue feliz. 
Kevin Macdonald (El último rey de Escocia, La sombra del poder) recibió el libro de manos de un productor y, atraído por la manera en la que presentaba el difícil paso de la adolescencia a la madurez, pero también por su narración cruda de lo que es la guerra, firmó para dirigirla. 
No fue fácil adaptarla a la pantalla y el trabajo se repartió entre dos guionistas de prestigio; Jeremy Brock, ganador de un BAFTA por El último rey de Escocia, y Tony Grisoni que ha ganado varios premios por sus guiones televisivos, y la primeriza en el oficio Penelope Skinner. Tal vez por eso el guión resulta algo basculante, con momentos que pendulan entre el dinamismo y el tedio. Cualquier espectador agradecerá la segunda mitad de la película después de la lentitud del comienzo. Del mismo modo la historia de amor almibarada entre los dos adolescentes choca de frente con la crudeza del conflicto bélico que sufre el país, haciendo distinguibles dos argumentos dentro de un mismo film de los cuales sólo uno despierta verdadero interés. 
Las lagunas del guión son compensadas no obstante con una fotografía impecable llevada a cabo por el alemán Franz Lustig, responsable de la inmerecidamente olvidada Tierra de abundancia, esa modesta joya de Wim Wenders. Lustig eligió la cámara en mano para la primera mitad de la historia con el fin de destacar la atmósfera idílica y libre de la campiña inglesa, mientras que se decidió por la fija para filmar las consecuencias fatales de una guerra nuclear y crear una imagen tan inamovible como las normas que dirigen el estado marcial en el que se encuentra el país. 
Macdonald buscaba trabajar con un grupo de actores noveles, sin embargo George MacKay (Amanece en Edimburgo, Peter Pan: La gran aventura), Tom Holland (Lo imposible) y Saoirse Ronan (El gran hotel Budapest, My Lovely Bones) se ganaron sus papeles en el casting. Destacable es el trabajo de ésta última, que ya demostró un don nato para la actuación con sólo trece años en el papel de la pequeña Briony en el drama romántico Expiación, y que aquí defiende su personaje a la perfección si bien éste ha quedado desdibujado en la adaptación del libro a la película. 
Mención especial para la música. La elección de canciones es tan magnífica que ensombra la banda sonora compuesta por Jon Hopkins (My Lovely Bones, Monsters). Una mezcla entre el punk rock de Amanda Palmer, el folk de Nick Drake y el indie de mi recién descubierta banda Daughter, aderezados con piezas del compositor británico Edward Elgar, que representan a la perfección la afición musical de Kevin Macdonald, quien ha dirigido varios documentales sobre figuras del mundo de la música como Mick Jagger o Bob Marley.
Puedo decir que, a pesar de estar dirigida a una audiencia juvenil y de que  Macdonald no está en su elemento y se pierde dentro del género, he disfrutado de Mi vida ahora, de su particular visión del final de la adolescencia y de cómo  ésta es en sí misma un ejercicio de supervivencia. 

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