Crítica de ‘Magia a la luz de la luna’: Redescubriendo al Woody Allen más romántico

Las críticas de Carlos Cuesta: Magia a la luz de la luna
Woody Allen abre una vez al año el armario de su cabeza y nos deja pasar a su mundo de neurosis, adulterio, crisis de identidad y crítica de un modelo vital predefinido y estandarizado. Accedemos a un territorio ya de entrada reconocible por unos austeros títulos de crédito en fondo negro; la música de clarinete nos aproxima aún más a los recovecos íntimos y personales del realizador. ¿En serio que no es siempre la misma melodía? Con innegable maestría nos conduce a una reconcepción de sí mismo y sus inquietudes, o quizá ni siquiera son ya inquietudes sino condiciones de una vida que afronta con resignación entretenida. En Magia a la luz de la luna lo reconocemos a él y a sus temas y saludamos los guiños de obras anteriores como Midnight in Paris o La maldición del escorpión de Jade, entre otras. Pero de nuevo debemos rendirnos ante el talento de un hombre capaz de retomar cada vez la misma conversación de una forma distinta y agradable.
Magia a la luz de la luna nos cuenta los intentos de un prestigioso ilusionista (Colin Firth) por desenmascarar a una supuesta médium (Emma Stone) a petición de un colega de profesión (Simon McBurney). Esto lleva a Stanley desde Berlín a Londres para conocer a la joven “embustera”, aunque eso suponga posponer las vacaciones con su mujer, con la que comparte una convivencia monótona y basada en la racionalidad y el respeto mutuo. Él no trata de ocultar su cinismo, su escepticismo, su estricta actitud ante los gozos de la vida. Lo que mejor hace es crear ilusiones para un público al que desprecia por crédulo; también es un maestro en identificar los trucos de otros magos, los fraudes de los charlatanes y los autoengaños de las personas en su vida cotidiana. Sin embargo en esta ocasión hay algo que le trastorna en esa muchacha humilde de Norteamérica, en su sencillez, en su candidez y en una inteligencia emocional que es más que intelectualidad. Se ve incapaz de descubrir dónde está truco y cuál es el embrujo que ejerce sobre él.

Woody Allen tampoco es capaz de ocultar, como el protagonista, cierto grado de cinismo en sus tramas y en los fabulosos diálogos que compone, pero en esta ocasión se muestra especialmente tierno y dispuesto a ilusionar y a ilusionarse. No podemos sorprendernos de toparnos con un hombre casado, hastiado inconscientemente del matrimonio que le conviene, que descubre en otra mujer el placer de lo que quiere por encima de cualquier consideración racional. Tampoco estropeo a nadie la sorpresa si digo que detrás del escrupuloso análisis de los trucos de la médium se encuentra un relato sobre los trucos que el amor ejerce sobre las personas y sobre la venda que nos ponemos en los ojos para hacer prevalecer la magia del enamoramiento sobre la realidad prosaica y gris que ya conocemos.

Me parece magnífica la manera de afrontar esta idea con los diálogos que transcurren en las sesiones de espiritismo. Los “clientes” se afanan en preguntarse si hay una vida más allá de “esto” y nos queda claro que en el fondo no preguntan si hay vida más allá de la muerte sino una vida diferente y más ilusionante que la que nos creamos a base de monotonía, obligaciones, convenciones sociales y cierta dosis de postureo. Es difícil dejar de pensar en la propia biografía de Woody Allen si nos referimos a la posibilidad de abandonar un matrimonio bien avenido por la chispa de un amor inesperado. En Magia a la luz de la luna, como en Midnight in Paris, nos habla también de su propia historia.
Desde el espectáculo en el Berlín de los años 20 en el que se nos presenta la esencia del protagonista hasta que comienza su lucha dialéctica con la joven Sophi en Londres el director y guionista juega con las cartas encima de la mesa y aún así nos consigue fascinar con su truco de prestidigitador, metiéndonos de lleno en la historia, enseñándonos sus tretas y aún así convenciéndonos de que quizá no haya tal, como ocurre con el propio Stanley. Un hombre que ya no cree pero que en el fondo, muy en el fondo, desea creer.
Eileen Atkins (Cold Montain) juega un papel clave en el enredo como adorada tía de la infancia del descreído Stanley. Nos regala un personaje capaz de modular con coquetería la incredulidad, el pragmatismo, la experiencia y la ternura y ayuda a que el maduro cínico pueda transportarse al momento en que era un chico temeroso dispuesto a dejarse fascinar por la inmensidad del cielo. Su papel es sólo secundario por duración, pero es vital para la historia y a la altura de la reñida pugna dramática entre Emma Stone y Colin Firth, ambos fantásticos.
En el tiempo cronológico escogido por Woody Allen se hace muy pertinente la aparición de Nietzsche y Freud como personajes sugeridos. (¿Significa algo un enorme telescopio en una película que menciona expresamente el psicoanálisis del austriaco?) Si Freud tiene mucho que decir en esta historia, y lo dice ya sea a través de los recuerdos pantalla de Stanley (a ver si el al final el telescopio enorme va a significar algo y de ahí viene el escepticismo de Stanley hacia el amor), más argumentos tiene Nietsche para estar en una historia que grita que Dios no existe y que lo único que queda es el más acá y soportar a los demás y a nosotros mismos y que lo que hacemos con nuestras vidas no tiene ninguna trascendencia simbólica.
Magia a la luz de la luna es la invitación de Woody Allen a la parte del armario de su cerebro donde guarda las ganas de soñar. Por eso el adulterio es una cosa por la que pasamos de puntillas, con cierto humor socarrón y con justificación romántica. En esta película podemos redescubrir también la faceta elegante e inteligente del director, su debilidad por el costumbrismo y su interés por el ocultismo. Su última película es volver a ver a Woody Allen para volver a pasárselo bien. Acepten la invitación.

Nota: Película visionada en Francia cuyo estreno en España está previsto el 8 de diciembre de este año.

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