Crítica de ‘La isla mínima’: Un thriller soberbio de impecable producción

Las críticas de David Pérez “Davicine”: La isla mínima
Hay ocasiones en las que una película, por el simple mero hecho de ser española, es vista con malos ojos, o se la critica por cosas que no serían criticables en producciones internacionales, teniendo que hacer un esfuerzo mucho mayor para que su calidad sea vista por encima de prejuicios, además de, en muchas otras ocasiones, tener que ser comparada con películas y series estadounidenses, y así menospreciar su originalidad. Quizás ese sea el caso de La isla mínima, tan comparada desde su estreno con la serie True Detective, pero que vista desde la distancia es una joya en toda regla y en todo su conjunto, independientemente de su nacionalidad.


Tras su paso triunfal por el Festival de San Sebastián donde logró varios premios: Concha de Plata al mejor actor para Javier Gutiérrez y Mejor fotografía de Alex Catalán en el palmarés de sección oficial, además de alzarse con el Premio Feroz Zinemaldia a la mejor película, otorgado por la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE), La isla mínima ha conseguido no sólo satisfacer a la crítica sino que también ha conseguido el respaldo del público, con un gran éxito en taquilla, haciendo disfrutar al espectador de una de las mejores películas de los últimos tiempos en lo que se refiere a guión, dirección, fotografía e interpretación.

Estamos ante el sexto largometraje del director Alberto Rodríguez y su proyecto más ambicioso, con más de 50 personajes y 40 localizaciones, donde los horizontes infinitos, las zonas desérticas, los húmedos arrozales, el río y los pantanos convierten al lugar y al paisaje en un protagonista más de esta película.

La isla mínima nos traslada a 1980. En un pequeño pueblo de las marismas del Guadalquivir, olvidado y detenido en el tiempo, dos adolescentes desaparecen durante sus fiestas.  Nadie las echa de menos. Todos los jóvenes quieren irse a vivir lejos y algunos de ellos se escapan de casa para conseguirlo. Rocío, madre de las niñas, logra que el juez de la comarca, Andrade, se interese por ellas. Desde Madrid envían a dos detectives de homicidios, Pedro y Juan, de perfiles y métodos muy diferentes que, por distintos motivos, no atraviesan su mejor momento en el cuerpo policial.

Una huelga de los trabajadores del campo pone en riesgo la cosecha del arroz, principal riqueza de la región, y dificulta las tareas de investigación de los dos policías que reciben presiones para solucionar el caso cuanto antes.  Sin embargo, la investigación policial pone en evidencia que en los últimos años han desaparecido varias jóvenes más y que aparte del arroz existe otra fuente de riqueza: el tráfico de drogas.

Nada es lo que parece en una comunidad aislada, opaca y plegada sobre sí misma.  Las pesquisas de los detectives parecen no llevar a ningún lado.  En este difícil proceso, Juan y Pedro deberán enfrentarse a sus propios miedos, a su pasado y a su futuro.  Su relación se irá estrechando y sus métodos se harán parecidos.  Lo único importante es dar con el asesino.

Está claro que es imposible obviar ciertas similitudes con True Detective, pues ambas comparten la idea de dos policías muy distintos y conflictivos viajando en un coche, investigando un caso de mujeres desaparecidas, con ciertos simbolismos (o más bien cornamentas) así como una fotografía lúgubre, oscura, en parajes desolados donde los habitantes no están muy contentos con la presencia de los policías. Y efectivamente son muchas las similitudes, pero también las diferencias, pues cada una nos traslada a una época, reflejada a la perfección, con personajes carismáticos, muy bien interpretados, en este caso por Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez, y una trama compleja e impactante, que te atrapa, escrita para la ocasión por Rafael Cobos Alberto Rodríguez.


Raúl Arévalo hace una interpretación magnífica de un policía de los 80, bigotito incluido, que busca sacar adelante un caso complicado para promocionar y poder trabajar cerca de casa. Sin haber estado nunca en algo tan complejo y desagradable, con tanta muerte de por medio, Arévalo es capaz de mostrar su cara más simpática, siendo el poli bueno de la pareja, pero también ir ensombreciendo su carácter según el caso se complica y se muestra más oscuro y enrevesado. Junto a él, el flamante ganador del Goya por esta película, Javier Gutiérrez, nos ofrece al poli malo de la pareja, alguien con un pasado oscuro de por sí, acostumbrado a la muerte, y que no dudará de sacar su mala leche para conseguir llegar al fondo de la cuestión, siendo nuestro particular Mathew McConaughey de True Detective, con su afición al alcohol y a las mujeres, sin escrúpulos y con el claro objetivo de no parar hasta averiguar que se oculta tras las desapariciones, pero con el toque castizo, chulesco y duro de un policía curtido en la España de Franco.


Evidente es que sin dos grandes actores de la talla de Arévalo y Gutiérrez puede que la película no consiguiera la credibilidad que posee, pero además tiene un reparto de lujo con el gran -como siempre- Antonio De La Torre, en el papel del padre de las jóvenes desaparecidas, con secretos que ocultar y más de un problema no sólo consigo mismo sino con los demás, sin olvidarnos de Nerea BarrosJesús CastroJesús Carroza o Salva Reina.

Una de las dificultades añadidas de la película era llevarnos a la década de los 80, algo que logran no sólo con la ambientación y la forma de investigar el caso, donde a pesar de ser tan sólo hace 3 décadas quedan lejos los móviles, Internet y demás parafernalia que tanto ayuda ahora a localizar a las víctimas, sino que la galardonada fotografía juega un papel importantísimo, ayudando a mantener un ambiente retro, unos planos fantásticos a pleno día, en parajes desolados, en contraposición a las persecuciones bajo la lluvia, y una fantástica introducción aérea a las localizaciones del Guadalquivir, que luego se repiten con magníficos planos aéreos de las carreteras y edificaciones donde tienen lugar los hechos.

Quizás, y por poner un punto negativo, choca ver en esa zona rural de España, y en 1980, a una mujer conduciendo, algo que tras contrastar con gente de la zona me han dicho que efectivamente era algo excesivamente extraño de ver, y aquí muestran con cierta normalidad.

Muchos puntos a favor, y prácticamente nada en contra, para un thriller que nos mantiene pegados a nuestras butacas, con escenas duras pero sin buscar ni llegar al morbo, con grandes personajes llevados con maestría con una dirección impecable y, sobre todo, una historia que luego te hace pensar, y volver a recordarla tras haberla reposado.

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Un comentario sobre “Crítica de ‘La isla mínima’: Un thriller soberbio de impecable producción

  • el 6 octubre, 2014 a las 2:06 pm
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    Una de las mejores películas españolas en conjunto (historia, fotografía, actores, ambientación…).

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