Crítica de ‘Boyhood’: Épica vital

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris“: Boyhood
Nos enseñan en el colegio que una historia se divide en inicio, nudo y desenlace. Un viaje argumental que a menudo coincide con un auto descubrimiento del protagonista. En nuestro imaginario colectivo conviven héroes y heroínas legendarias que se enfrentan a grandes males de los que salen más o menos bien parados. Sin embargo, cuando pensamos en nuestra propia vida, las aventuras, los amores y las experiencias resultan mucho menos intensas que las de Ulises de regreso a Ítaca o las de Harry Potter intentando salvar el mundo de Voldemort. Pero ¿acaso existe algo más épico que la aventura a la que nos enfrentamos cada día durante nuestro viaje vital? 
El laureado director Richard Linklater (Dazed and confused, Scanner Darkly), que ya nos ofreció la experiencia de enfrentar una relación al tiempo en la perfecta trilogía Antes de…, una historia de amor relatada en tres capítulos a lo largo de dieciocho años, ahora nos ofrece su nuevo experimento cinematográfico, Boyhood. En un rodaje de treinta y nueve días repartidos en doce años, Linklater narra con agudeza el paso de la infancia a la edad adulta. 
Al estilo del personaje Antoine Doinel a lo largo de la cinematografía de su creador Truffaut, Mason, protagonista de Boyhood, y su familia, cambia y crece ante nuestros ojos, contando una historia que presenta nada más y nada menos que la travesía de la vida, con momentos aparentemente sin importancia, pero que van erosionado nuestras formas hasta moldear una personalidad, una esencia que nos define. En su base, Boyhood no es más que un bildungsroman, pero narrado con realismo, sin artificios hollywoodienses; aquí no hay maquillaje de envejecimiento, no hay cambio de actor, Linklater dejó claro desde un principio que la historia se adaptaría a sus actores y no al revés. Así, el director se arriesgó con un elenco que no firmó contrato (en Hollywood no se firman contratos superiores a siete años), jugándose el que cualquiera de ellos perdiera interés a lo largo del proyecto, en cuyo caso la historia debería trazar un nuevo recorrido sin ese personaje. De ese modo vemos como el personaje de Samantha, interpretada por la hija del director, va moviéndose hacia un segundo plano, debido a que Lorelei Linklater perdió el entusiasmo inicial a medida que avanzaba el rodaje. 
Boyhood son doce años en la vida de Mason, quien, al comenzar la cinta, es sólo un niño que vive junto a su hermana Samantha y su madre, mientras que pasa los fines de semana con su padre. En su viaje a la madurez seremos testigos de las malas elecciones amorosas de su madre, de como un padre eterno adolescente crece bien pasados los cuarenta, y cómo todo esto es percibido por los ojos infantiles, adolescentes y finalmente adultos del protagonista. 
Como una ventana a la más pura realidad, los vistazos que echamos a la vida de Mason no coinciden con episodios de gran importancia existencial, sino que plasman momentos cotidianos, esos recuerdos que has de esforzarte en recuperar. No somos testigos de un primer beso o de la pérdida de la virginidad, sino de un partido de baseball o un reunión familiar; pequeños instantes que abundan en una vida filmados con tanta habilidad que olvidas la desconexión entre ellos y los percibes como un todo en el que las escenas quedan perfectamente encajadas como piezas de un puzzle.   
La unión entre todos estos episodios es sin duda el diálogo, punto fuerte en Linklater, que a menudo discute el guión con sus actores a los que invita a participar con ideas o improvisaciones. Esos diálogos humanizan a los personajes que pasan de ser figuras arquetípicas diseñadas por un guión a retratos realistas del hombre común, y nos invitan a simpatizarles o a compadecerles. 
Es en ese realismo en el que Linklater saca lo mejor de sus actores. Nunca me ha gustado Ethan Hawke (Colmillo blanco, Reality Bites), al que considero soso y frío en sus interpretaciones, a excepción de cuando forma tándem con Richard Linklater, entonces sencillamente vive y da expresión al diálogo como quien lo crea en su mente. Aquí, interpretando al padre de Mason, brilla como ya lo hiciese interpretando a Jesse en la trilogía de Antes de… La madre, interpretada por Patricia Arquette (Amor a quemarropa, Ed Wood), papel trágico en la historia, es la imagen del sacrificio y el amor por sus hijos. Tan importante como el desarrollo del protagonista son las idas y venidas de Olivia que parece entregar su vida a la maternidad aunque con ello se pierda a sí misma. Tal vez su espectacular interpretación se deba a que Arquette pasó por un embarazo durante el rodaje algo que se hace visible en su propio cuerpo en algunas escenas. Para intensificar la idea de agotamiento ante el esfuerzo de criar a dos niños mientras intenta sacar adelante una carrera, la actriz aparece durante prácticamente toda la película sin apenas maquillaje. Linklater parece regocijares tanto en ella como en el propio protagonista, y si éste expresa la esperanza de la juventud, ella es la desolación que una mujer sola al criar a unos niños que tarde o temprano se marcharán de su lado. 
Una crítica paralela merecería Ellar Coltrane, el protagonista de la historia. Hemos de descubrir ahora a un actorazo, a pesar de que lleva actuando doce años. Coltrane, tenía seis añitos cuando comenzó el rodaje y él mismo no recuerda los primeros años de la película. Y sin embargo que naturalidad, desde el primer momento que la cámara se dirige a él somos testigos de una interpretación que surge de la inocencia de quien no es consciente de que lo que está haciendo no está al alcance de muchos actores. Cabe preguntarse si hablamos de talento nato o de una actuación diseñada a medida para él. Linklater decidió que a Mason no le ocurriría nada que Coltrane no hubiese experimentado ya. El aspecto del protagonista, su estética, sus aficiones, todo saldría del propio Coltrane. Sea como sea, ver a Mason crecer en el cuerpo de alguien es una experiencia para el espectador. Si Ellar Coltrane termina pillándole el gustillo a Hollywood y volvemos a verle es algo que aun no ha decidido.
Richard Linklater estaba dispuesto a dejarlo todo al azar, a que fuera la historia la que creciese sola. Para ello, no sólo tuvo en cuenta las variables dentro del rodaje, sino también los acontecimientos que rodearon esos doce años sin saber que depararía el futuro. El proyecto atestiguó la guerra de Irak, la victoria de Obama y la ilusión con la que ésta llegó a la sociedad norteamericana. El éxito de Harry Potter, el paso de la game boy a las videoconsolas actuales como la wii o la Xbox, de los teléfonos móviles básicos a los smartphones con cámara que retratan la fiesta de graduación de Mason, todo ayuda a crear esa sensación de que no son sólo los personajes los que cambian, sino nuestro propio mundo.
Como no podía ser de otro modo, la música sirve de contrafuerte a ese paso del tiempo. Desde el “Yellow” de Coldplay o el “Oops! I Did it Again” de Britney Spears que suenan al comienzo de la historia hasta “Somebody that I Used to Know” de Gotye o “Suburban War” de Arcade Fire en el coche de Mason hacia el final de la película. No hay asesor detrás de la banda sonora de Boyhood, no era necesario. Linklater se limitó a escuchar los hit de cada año y elegir aquellos que consideraba más representativos del momento que filmaba. 
En Boyhood el espectador no se siente como un voyeaur que echa un vistazo a la intimidad de la vida ajena, tampoco tiene la impresión de estar en un experimento del cine dogma. Boyhood es un ojo sensible que se fija en la belleza de los momentos que habitualmente nos pasan de largo.  

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