Crítica de ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’: El A,B,C de Almodóvar concentrado en una píldora pop

Las críticas de Carlos Cuesta: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón
Hemos llegado al Bing Bang. Al momento en el que todo el universo cinematográfico de Almodóvar se encontraba comprimido y concentrado en un solo punto y al explotar, o al eclosionar, desperdigó todos sus elementos. Aquí, en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, la que se puede decir que es su primera película de cine (antes había realizado un largometraje en súper 8 y una decena de cortometrajes que le prepararon para este momento) desfilan los hitos más característicos de una carrera difícilmente comparable a nada: la homosexualidad, la autorrepresión, la violencia sexual, las drogas, el desprecio por la autoridad corrupta, la mujer como epicentro, los diálogos sentenciosos y provocadores, las críticas a un supuesto modelo de vida corriente que todos debemos seguir, el fetichismo y la debilidad por los iconos populares.  
El propio director reconoce que estrenarla ya fue una proeza y que estaba más preocupado por arrojar sus ideas que por las cuestiones técnicas. Esta película grosera y libre sólo puede comprenderse, si es que se puede, en el contexto que surgió y como una detonación de entusiasmo por mostrar uno o muchos aspectos de la sociedad tal cual la entendían muchos jóvenes sedientos de modernidad. Pepi, Luci, Bom… refleja la convivencia de una sociedad rancia y nostálgica de tiempos más francos con la alocada movida, los grupos musicales emergiendo sin control, deseosos de experimentar y participar y las masas hasta ahora sometidas a la dictadura palpando el  interruptor de la libertad hasta pasarse de rosca.
En esta disparatada producción de bajo coste Carmen Maura ejerce de pegamento en tanto que hilo conductor de la historia y también como actriz profesional que aporta cierta solidez a la película para que podamos llegar a tomárnosla en serio. Ella interpreta a una muchacha que cultiva plantas de marihuana en el balcón de su casa. Un policía la descubre, amenaza con denunciarla y ella le ofrece un acuerdo sexual para que eso no ocurra. Él termina despojándola de su virginidad vaginal sin el consentimiento de la muchacha y ella decide vengarse. Esto desencadenará una serie de acontecimientos que le pondrá en contacto con Luci, la mujer del agente, una sadomasoquista que se casó con el policía pensando que la maltrataría. Bom (Alaska), la tercera en discordia y amiga de Pepi, es una lesbiana integrante de un grupo musical que le proporcionará a Luci el “maltrato” que reclama.
Como muchas otras películas de Almodóvar, la primera también incluye sus pequeños tributos al cine, como pueden ser los rótulos explicando la trama a modo de cine mudo, o las conversaciones sobre cine para hacer de la historia una metapelícula en la que los personajes hablan de rodar la película que en realidad es la que estamos viendo en ese momento en la pantalla.
La falta de ritmo y del sentido del montaje son más que justificables por la falta de experiencia y por la precariedad con la que tuvo que realizarse esta producción. Esos defectos tienen escasa importancia en el contexto general de una filmografía que ya proyecta desde sus inicios el contraste entre lo moderno y lo castizo, el pop de la movida y la música tradicional española; la festiva locura juvenil y la vida cotidiana y doméstica del mercado, las labores del hogar y las mujeres frustradas por sus vidas insulsas. 
Las películas de este realizador parecen a la vez un cómic, un póster y un collage en movimiento repleto de iconos, símbolos, mensajes, agresiones visuales al espectador y humor sin filtro. Así, un hombre se casa con una mujer barbuda como solución a su homosexualidad no reconocida mientras mira por hacia la calle (al más puro estilo de La ventana indiscreta), aunando en una escena un homenaje al cine que admira, una humorística situación inclasificable y una denuncia a la hipocresía de la gente que no tiene el valor de reconocerse tal cual es. En otra escena, Carmen Maura pega en un álbum unos cromos de Superman, manifestando ya desde el principio los iconos de la cultura pop como uno de los emblemas del cine del directo manchego. 
Pepi, Luci, Bom… es sin duda una película hija de su tiempo. Los hermanos gemelos, uno un reaccionario policía y el otro una persona cariñosa que sólo quiere que dejen de asociarle con las acciones de su hermano, son un puro reflejo de dos españas contrapuestas pero a veces difíciles de distinguir. En apoyo a ese discurso, Almodóvar se permite denunciar la mentalidad reprimida e incongruente de quienes se creen superiores por el mero hecho de profesar ideas y actitudes más corrientes o convencionales. Como ejemplo, en una secuencia el policía llama degenerada a Pepi por ofrecerle sexo anal cuando él está apunto de violarla. Al igual que ocurre en Matador, también se permite la provocación de mostrar una violación como algo corriente y no excesivamente traumático. No podemos olvidar la mítica escena del concurso de “erecciones generales”, donde el participante con el pene más grande se hace como premio con una especie de derecho de pernada.
La selección de temas musicales como elemento absolutamente relevante se reconoce ya en esta cinta como declaración de intenciones y en el futuro como una constante de una filmografía que concibe al cine como el medio total con el expresar al mismo tiempo todas las manifestaciones de la cultura, como megáfono inigualable de ideas y sentimientos, ya sean corrientes y comunes, ya sean, como en el caso de Almodóvar, inauditos, estridentes, incontestables o inexplicables. 

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