Crítica de ‘Matador’: Poética y vulgar reflexión sobre el asesinato y el deseo

Las críticas de Carlos Cuesta: Matador

Matador es una película que nos sirve para calibrar el significado de conceptos clave de la filmografía de Almodóvar. El sexo es un instinto violento y furioso más que una manifestación del amor y por tanto está más ligado a la territorialidad y a la agresión que al cariño; el deseo se sitúa como una fuerza más poderosa que el amor, que se trata a su vez de un fenómeno humano más difícil de justificar y menos instintivo y natural que la muerte. La convivencia pacífica y tranquila está destinada a sucumbir ante el deseo arrebatado y el ansia. Los amores que matan que presenciamos en esta película nos devuelven a la idea del amor trágico que ya habíamos visto en La ley del deseo.

El argumento que sigue Matador es la vida de un torero retirado (Nacho Martínez) dedicado a enseñar. Después de recibir la cornada que le apartó de los ruedos no ha sido capaz de aplacar el instinto asesino que le empuja a matar mujeres para satisfacer su ansia más íntima. María Cardenal (Assumpta Serna) es una abogada con inclinaciones similares; admiradora ferviente de este diestro, quien como si fuera una mantis religiosa seduce a hombres a los que asesina durante el acto sexual con la técnica con la que un torero acabaría con un toro. El destino los unirá a ambos cuando uno de los alumnos del matador Diego Montez asuma como propios los crímenes de su maestro.

Al recorrer esta filmografía en sentido inverso ya hemos visto en otras películas dos de los motores que arrastran la acción en  Matador. Uno es un impulso homicida irrefrenable (Kika) y otro es el sacrificio de asumir los crímenes de otros por devoción o amor a otra persona (Tacones Lejanos). Con Kika también comparte ambientes y el estilo apartado de los escenarios y la idea del crimen y la violencia como algo absolutamente cotidiano. Las aportaciones más originales de este título, anterior a los otros dos, son el sentimiento intenso que acompaña a la simbología taurina caminando en paralelo al delito del asesinato y la idea compleja de tener que morir para parar de matar. Como espectador también me asalta una pregunta acerca del personaje principal: si el deseo de matar existía antes que nada y el toreo era sólo la manera de canalizar esta obsesión; si hay personas que son asesinas por naturaleza.

El núcleo de la historia se centra en la investigación y en las motivaciones sangrientas del ser humano que nos ofrecen de nuevo la imagen del hombre como una criatura imperfecta, estropeada y rota, afectada por pulsiones infames o por desequilibrios mentales que lo conducen a lo atroz. Habitualmente los personajes creados por Almodóvar están infestados por la locura, muchas veces derivada de la religión y la represión. Antonio Banderas, que interpreta al alumno del torero Diego Montez, vive atormentado por las dudas sobre su orientación sexual y con una sentimiento de culpa que le empuja a asumir crímenes que no ha cometido. Todos sus comportamientos están vigilados por una madre para la que casi cualquier conducta esconde algún tipo de desviación. Es curioso que en las películas más recientes de Almodóvar el papel de madre se plantee desde una mirada devota mientras en sus primeras películas se nos presenta más bien como un cancerbero de la moral. En esta ocasión ese papel queda reservado para Julieta Serrano, que una vez más vuelve a meterse en la piel de la progenitora del personaje que encarna Antonio Banderas.

La vigilancia de la moral y la propia conciencia son un tema al que se recurre en varios ocasiones en Matador. En una de las escenas, la abogada María Cardenal discute con la madre del discípulo arrestado al que asistirá como letrada y pese a ser una asesina insiste en colocar la justicia, la Ley y las propias convicciones por delante de una supuesta voluntad de Dios. Después de que la madre invite a su hijo a confesarse por actos que ni siquiera sabe que ha cometido, el muchacho rechaza el perdón de Dios, sólo le sirve el castigo de la Ley y acude a entregarse a la Policía. La confesión religiosa se nos presenta como una una sumisión de tinte sexual. “Dile [al sacerdote] que quieres confesarte. Le gustará”. Son varias las relaciones de tutelaje que se muestran ambiguas en ese sentido. El pecador y el confesor; el discípulo y el maestro.

Diego Montez y el personaje del policía que investiga el caso de las muertes de mujeres (Eusebio Poncela) comparten un rasgo físico, la cojera. Una se debe a una cornada; la otra, confiesa el comisario, es psicológica. Seguramente esta situación se trata de algo más que un recurso forzado para establecer paralelismos entre los dos contrincantes de un duelo de inteligencia. Son dos hombres en la frontera del bien y del mal con algo que ocultar. Ambos personajes, sobrios y complejos, aportan solidez a una propuesta muy arriesgada dominada por una filosofía humanista un tanto extrema, con una presentación mística y poderosamente simbólica que se pasea en alguna escena por el límite del ridículo. El dominio de la ambigüedad en muchos campos y el conocimiento de la naturaleza humana del que puede presumir el director le capacitan para dejarse dominar por un impulso mezcla de poesía y vulgaridad violenta.

No quiero terminar sin mencionar a una actriz tan presente en la filmografía de este autor como Chus Lampreave, que de nuevo regala una actuación espléndida, absolutamente creíble, en el papel de una madre que podría ser cualquier vecina que nos abre la puerta. La forma con la que expresa sus frases es fantástica. Pasma la normalidad con la que nos habla de algo tan fuerte como una violación como si fuera algo absolutamente común. El problema es que ciertamente lo es. La mujer como víctima de la violencia y el desprecio masculino es tanto aquí como en muchas de las obras posteriores de este director un elemento común, como puede ser también el enorme peso del azar para encajar las piezas del puzzle.

Matador utiliza con acierto la liturgia de muerte del arte taurino para hablarnos sobre los impulsos incontrolables del ser humano. Establece en los personajes una moral confusa sobre la base de sus instintos más primarios o de la religiosidad más intransigente y en el fondo parece defender la propia conciencia como el único juez válido de nuestros actos.

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