Crítica de ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’: El título genial se explica solo

Las críticas de Carlos Cuesta: Mujeres al borde de un ataque de nervios

Mujeres al borde de un ataque de nervios tiene un algo netamente generacional que jamás entenderemos los que sólo éramos unos niños cuando se estrenó. Es algo más allá de su título magnífico, de la arrolladora actuación de Carmen Maura y de los fascinantes diálogos de los personajes. Puede ser la sorpresa de algo nuevo, fresco y chocante para el momento, un destellazo de oportunidad. Algo de eso debió de percibir la meca norteamericana del cine, que obsequió a la película con una nominación al Oscar, haciendo un poco suyo un anticipo visionario de cosas menos auténticas como Mujeres desesperadas y otras por el estilo. Casi dos décadas antes de que alguien quisiera vendernos como un tabú roto la idea gloriosa de que había en el mundo mujeres incomprensiblemente infelices, un astronauta del cine como Pedro Almodóvar ya había puesto el pie en el planeta mujer y nos había explicado lo que había en la cara oculta de Venus. 
Una mujer puede pasar del amor más sumiso a la venganza más violenta en la misma frase o ser capaz de desesperarse una vida entera por conseguir recuperar la atención de un hombre y volverse furiosamente indiferente al conseguirlo, o por conseguirlo demasiado tarde. De la preocupación al desahogo tan solo transcurre la respiración de una dama. El amor las puede volver tontas o valientes, posesivas, ciegas o completamente locas. Ese volcán de emociones lo trata de plasmar Almodóvar en una película de ritmo vertiginoso en una historia que dura dos días y en los que la protagonista (Carmen Maura) trata desesperadamente de localizar a su expareja (Fernando Guillén) para comunicarle algo importante. Él es un actor de doblaje elegante y mujeriego y pese a todo ella lo quiere con locura. Aunque su mensaje parece especialmente urgente, todo se le pone en contra y no hay manera de que pueda hacérselo llegar.

Mujeres al borde de un ataque de nervios tiene varias escenas exquisitas que demuestran que hablar no es sinónimo de comunicarse. Él dobla a solas la escena romántica de una película; ella graba su parte después y cada frase toma un sentido nuevo; él deja un mensaje en el contestador y ella va respondiendo como si participara de una conversación en ese mismo momento. Dos fragmentos maravillosos que nos desvelan la sensibilidad del director a la hora de entender el desamor y la tristeza de los afectos no correspondidos. Nadie es tan rencoroso como una mujer que ama o amó, pero ese grado de intensidad hay que saber expresarlo. La química entre los protagonistas de ese desencuentro, Carmen Maura y Fernando Guillén, es fabulosa incluso sin apenas estar frente a frente, gracias a su enorme talento, aunque esa química tiene que ver con reacciones derivadas de la ausencia. 
Pero esta película es todo Carmen Maura y sin ella es apenas nada. Su personaje, es un agujero negro de nervios, resentimiento y frustración que se va tragando las escenas hasta que purifica todo el universo en torno a ella y finalmente reposa en calma. Van ocurriendo cosas más o menos curiosas, más o menos graciosas, y aunque parece que las escenas en las que entra en acción el gazpacho somnífero pasarán a la historia por su hilaridad, aquí es donde entra eso netamente circunstancial y generacional: A mí no me hace gracia, pero eso son cosas mías. Prefiero los momentos del extravagante Mambo Taxi de Guillermo Montesinos con su cartel de “Gracias por fumar” (que incluso ahora, con la nueva ley hace más gracia aún), sus revistas, sus pañuelos de papel; una especie de kiosko hortera y cañí con ruedas que simboliza mucho de lo que en España nos hace perder la cabeza al pueblo.

Este cruce de delirios (de pronto una entrañable, atractiva y también desesperada María Barranco tiene una serie de problemas con unos islamistas radicales) se enriquece por los códigos internos de colores en contraste, con una continua guerra entre el azul y el rojo; con mensajes sin voz como el homenaje a las mujeres de los clásicos del cine a través de los peinados postizos de Julieta Serrano (la desquiciada mujer del galán) y los títulos de crédito. Almodóvar vuelve rendirse ante su amor por el cine y vuelve a ofrecernos, como en varias de sus películas, escenas que nos acercan los entresijos del arte de rodar, en este caso el doblaje a través de los dos protagonistas principales.

De nuevo los diálogos son algo que admirar, nos hacen viajar por magníficas paradojas pronunciadas esta vez por la boca de Pepa (Carmen Maura): “demasiadas mujeres para un ático tan grande”, o “tardé muchísimo en lograr que me dijera que no me amaba”. Y de pronto ese sello subversivo, gamberro, saltando al humor pueril de un chiste sexual sobre nabos y conejos, y de pronto una inesperada exageración ingeniosa: “El mundo árabe se ha portado muy mal conmigo”, afirma María Barranco con la plena ingenuidad que le entrega a su personaje. 


Mientras el hombre vuelve a mostrarse como un ser que se asume imperfecto y convive con su tendencia a la infidelidad casi genética, la mujer sigue siendo un prisma, una gradación de estados de ánimo alternos, ni siquiera medibles, anticipables o clasificables. La película se entrega al disloque y al humor mientras el director maneja con su batuta lo que parece una sucesión de descontroles. De ese carrusel hormonal me apasiona la dirección coherente de los sentimientos, las paradojas nutriendo las ambigüedades de los personajes. Lo que se me escapa, lo circunstancial de mi generación que me deja fuera es ese humor de situaciones que ya se me antoja pasado. En su día debió de ser la bomba, no se había visto algo tan así. Cuando yo crecí como para poder entender esta película el gazpacho ya no estaba tan fresco.

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