Crítica de ‘En malas compañías’ (Cortometraje, 2000): Cuando la condición sexual no es lo importante

Las críticas de Óscar M.: En malas compañías

Cuando se aborda un tema tan espinoso como el de la homosexualidad es muy fácil caer en el tópico, en la risa, en la parodia, incluso en el drama o el sufrimiento por ser diferente al resto. Antonio Hens demostró que está por encima de todo eso y en el año 2000 presentó el cortometraje En malas compañías, un reflejo fiel de una parte de la sociedad gay.
En malas compañías tiene ya catorce años, pero parece que se rodó ayer (si no fuera por el estilismo del vestuario), tanto porque esa práctica se sigue realizando, como porque es fresco, rápido, hilarante (sin caer en la burla), realista, natural y muy recomendable para el público con cualquier tendencia sexual que quiera ver una historia con calidad narrativa.

Existe la leyenda urbana (y no tan urbana) de que el corto está basado en una historia real (aún catorce años después se publican noticias de agresiones y amenazas por prácticas homosexuales) y siempre se rumorea con las preferencias sexuales de sus protagonistas (Israel Rodríguez y Pablo Puyol) gracias a una magnífica dirección y a la credibilidad que transmiten en la cinta.
El protagonista tiene 16 años y las hormonas revolucionadas, pasa las tardes del verano en los baños de un centro comercial buscando hombres con los que tener sexo esporádico y sin complicaciones. Pero más allá de su afición por los servicios públicos, Guillermo sabe lo que quiere en la vida, sólo tiene que encontrar cómo conseguirlo y mientras que alcanza su sueño, divierte al espectador con hilarantes frases que se convierten automáticamente en dogmas (como cuando narra su método para ligar, la seducción de su profesor de inglés, la reacción de sus padres ante sus “relaciones” o describe al chulo del barrio).
Crítica de 'En malas compañías': Cuando la condición sexual no es lo importante

Aunque lamentablemente no es apta para su visionado en institutos (por las necesarias e imprescindibles escenas de sexo semiexplícito que contiene), si todo adolescente la viera llevaría una vida como adulto más sana, más educada y sin tantos prejuicios por alguien que no comparte su preferencia sexual.

El cortometraje ganó casi todos los premios a los que optó y ha sobrevivido como un referente para el público homosexual que huye de las manidas historias de gays atormentados por su condición o de películas-espectáculo donde todo es brillo, lentejuela, fantasía y loca comedia descontrolada.
Desde entonces, sólo Hens ha sabido incluir la homosexualidad en una historia con naturalidad sin que suponga un trauma o el protagonista viva en un cuento de hadas, tal vez Cachorro continuó este estilo y puede que tenga una leve influencia de Atómica, pero ni el cine internacional (y mucho menos cierto director español ahora obsesionado con el drama, los chistes de pedos y meter “polla” en cada frase) llega a la altura de En malas compañías.
Antonio Hens rodó su primer largometraje, Clandestinos, repitiendo con Israel Rodríguez en 2007 y volvió a demostrar que la tendencia sexual del protagonista no importaba en una historia (que levantó ampollas) centrada en ETA. Esta semana pasada ha estrenado La partida, donde se permite el lujo de mostrar en pantalla varios secretos a voces: el turismo sexual, la bisexualidad y el mundo de los chaperos (hombres que aceptan mantener relaciones sexuales a cambio de dinero) en Cuba.


Hens demuestra así que no existen tabús en su cine, y se coloca a la vanguardia como un director a seguir que no está atado a convencionalismos o normas establecidas por la sociedad (ni la de ahora ni la de hace catorce años).

Deja un comentario (si estás conforme con nuestra Política de Privacidad)

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: