Crítica de ‘Nebraska’: La vejez, los sueños y la vida

Las críticas de Miguel Moreno: Nebraska
 
 
 
Lo último de Alexander Payne está recibiendo unas críticas realmente alabadoras, y no es para menos. La cinta que acaba de ser estrenada en nuestro país nos ofrece una road movie atípica, una historia familiar, plagada de humor necesario, melancolía, parajes insólitos y humanidad, todo ello enmarcado en paisajes sureños. Casi nada en los tiempos que corren. Payne lo ha vuelto a hacer, y merece nuestro aplauso. Bienvenidos a Nebraska.

Habría que empezar diciendo que Nebraska es una película un tanto extraña dentro de su cotidianidad, que además comparte mucho con obras anteriores del director. Yo, por mi parte, no puedo obviar el hecho de que uno de sus protagonistas principales, un colosal Bruce Dern, me haya transmitido una ternura paternal totalmente inevitable. Es curioso además el hecho de que su personaje estaba originalmente escrito para ser interpretado por Gene Hackman. Tras ver su trabajo, uno no puede estar más de acuerdo con Payne por el casting. Will Forte por su parte, es el mejor acompañante que Dern podría tener.
 
Tras la estupenda Entre copas. la reveladora A propósito de Schmidt y la posterior Los descendientes, Payne vuelve a mostrar su gusto por los viajes espirituales con Nebraska. La elección de ser rodada en blanco y negro potencia enormemente las sensaciones además. La premisa es tan sencilla como sorprendente. El personaje encarnado por Dern, Woody Grant, recibe una carta promocional en la que se le notifica que es el ganador de un premio por valor de un millón de dólares. Junto con su hijo, conocedor de que no hay premio alguno, emprenderá un viaje para reclamarlo en el que nos adentraremos conociendo mejor a los miembros de esta peculiar familia, visitaremos parajes de la América profunda, topándonos con personajes tremendamente peculiares, y atando cabos que nos harán comprender mejor las decisiones que toman- y tomaron- cada uno de sus integrantes, en especial ese viejo cascarrabias al que inevitablemente tomaremos cariño a la hora de finalizar viaje.
 
Nebraska es una pequeña gran historia. La relación padre-hijo (Dern-Forte) no ha sido especialmente estrecha, y Woody roza la demencia senil. Es un individuo que ha vivido una vida de errores (como la mayoría de nosotros) y que empieza a darse cuenta de que todo ha de terminar. El viaje para reclamar ese soñado premio se convertirá en realidad en una pequeña catarsis para sus miembros. Se estrecharán lazos, se conocerán secretos y habrá momentos de reflexión. La extraordinaria interpretación de Bruce Dern deja al descubierto uno de los mejores retratos sobre la vejez que servidor puede recordar, junto a la del excepcional Richard Farnsworth en Una historia verdadera, de David Lynch, y con la que comparte premisa además.
 
Por otra parte, si alguien me preguntara si es Nebraska comedia o drama, contestaría que ambas. Como la vida misma. Plagada de momentos divertidos. uno no termina de sacudirse esas eternas gotas de melancolía que se escapan por los poros del film, mientras los protagonistas continúan enfrascados en su viaje, se relacionan con otros personajes y recuerdan una vida pasada que ya está quizá, demasiado lejos de lo que uno querría, y se ve desde la brumosa distancia de la vejez.
 
Los parajes que recorre Payne están además acompañados por una banda sonora perfectamente acoplada a lo que vemos. Música country clásica para una ruta turística de dos horas de duración por los pueblos del sur de Estados Unidos, habitados por los pintorescos personajes propios de esos lares. Woody, en su periplo junto a su hijo, comprobará que la familia, llegados a cierto momento de nuestra vida, puede resultar esencial. La interpretación de Will Forte está a la altura de la de Dern, quedando por supuesto en un merecido segundo lugar. Es el hijo que consiente comenzar un viaje de dudoso éxito, para que su padre disfrute de la que posiblemente será su última ilusión antes de lo inevitable.
 
Nebraska resulta un ineludible viaje iniciático. Melancólico, irónico, divertido, reflexivo, y sobre todo retrospectivo. Todo ello aderezado con una excelente fotografía y por si fuera poco, un final de los que te deja la sonrisa de medio lado puesta para lo que resta de día. Alexander Payne sigue estando en forma y lo acaba de demostrar. casi podríamos decir de algún modo y salvando las distancias geográficas que Nebraska es como la vida. Y la vida, como Nebraska.
 
 

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