Crítica de ‘Tacones lejanos’: Todo por mi madre

Las críticas de Carlos Cuesta: Tacones lejanos

A una persona se la puede llegar a conocer en un solo día, si se expone lo suficiente, pero se necesitan más encuentros para confirmar sospechas. Con todo, tendríamos que viajar al pasado de ese mismo sujeto para entender por qué es quien es y por qué hace lo que hace. Al cine de Almodóvar se le puede descubrir con una sola vez (hay quien se atreve a decir que todo Almodóvar se encuentra en su primera película) pero frecuentarlo es verle llegar desde otros ángulos, reconocerle con otros ojos y conversar con él en otra época. Del mismo modo que con las personas, viajar hacia el pasado es imprescindible para explicarse ciertas cosas, por eso en este ciclo recorremos una filmografía en sentido inverso. Incluso tendríamos que viajar hasta antes de la primera película del director (a su biografía no cinematográfica, a su familia y su quehacer cotidiano) para entender los porqués de su cine.
Parece que los personajes de sus películas no saben construir el futuro sin resolver el pasado y por eso el flashback se le antoja tan útil y recurrente recurso. Así empieza Tacones lejanos, con un vistazo atrás de Rebeca (Victoria Abril) a la fuente de su obsesión compartida con el director que la concibió: su madre. Desde niña buscó el amor y el cariño de esa mujer frívola y egocéntrica (Marisa Paredes) que siempre prefirió el calor del público al de su familia. Años después la hija se encuentra casada con un antiguo amante de su madre y el reencuentro feliz deseado por la niña que sigue siendo parece todavía algo imposible.
Tacones lejanos anticipa el triángulo amoroso que veremos posteriormente de forma inversa en Kika, porque en esta ocasión son madre e hija, y no el padrastro y el hijo, quienes comparten amante. Parece que la retórica del guionista sugiere que las pasiones humanas entienden de sexo, pero no de sexos, que trascienden el género del personaje. Así el de Marisa Paredes le habla a su examante y marido de su hija para decirle que después de haber sido una mujer maravillosa le hubiera gustado ser una maravillosa persona, como si el ser hombre o mujer no fuera un atributo más definitorio que la profesión o el intelecto.  
Si continuamos por la senda de esta idea, el papel de Miguel Bosé como transformista que imita las actuaciones de Becky del Páramo (Marisa Paredes) tiene mucho sentido y entronca perfectamente con el desprecio que Almodóvar demuestra por ciertas concepciones conservadoras de la hombría (al demostrar el personaje de Bosé que es más vigoroso, más honesto y más macho que los homófobos que lo desprecian). El actor desarrolla dos papeles (el de artista de la noche y el de juez) en un confuso y hasta cierto punto ridículo y humorístico juego de disfraces tan escasamente efectivo para el espectador como el mechoncito rizado y las gafas de Superman. Este recurso guionístico-escénico es de lo poco malo, junto al abuso de las coincidencias, de una película en la que Almodóvar vuelve a demostrar un conocimiento profundo del alma, los deseos y los miedos de las personas. 
Esa capacidad es la que le permite exponer las motivaciones de Rebeca de una manera tan lúcida y comprender por qué está dispuesto a llegar al extremo para lograr lo que desea de su madre. Sin ese talento, la historia de la hija a la sombra del éxito de la madre no tendría la profundidad y el impacto que consigue. En esa pretensión tiene dos aliadas perfectos. Victoria Abril logra un gran papel tan solo superado por el de Marisa Paredes interpretando a una mujer cuya frivolidad le permite pasar de puntillas por facetas menos agradecidas de la vida como son las responsabilidades maternales. Juntas dibujan una espiral de despecho, egoísmos y atribuciones de culpa conmovedora y cálida. Tacones Lejanos es cálida por sus temas musicales y lo es también por sus colores, que hablan de forma paralela a las palabras a través de las prendas que visten a los personajes. Los colores de la casa familiar acaban estampados en las prendas de la hija asemejando sus propios estados mentales.
En esta película encontramos más coincidencias con Kika como son los crímenes sin resolver y la búsqueda de su autoría, de nuevo de forma inversa pues en Kika las víctimas son mujeres y en éste caso son los maridos los que se van precipitando al hoyo. Pero estos hechos no tienen mayor misterio ni interés si no se alcanza el corazón mismo de sus motivaciones. Situaciones y eventos que se nos presentan como estrambóticos se nos revelan esenciales e irremediables, cuando un guionista excepcional establece las frases adecuadas para denominar ciertos pensamientos complejos que no se pueden reducir a un sustantivo. Es difícil encontrar a alguien que elabore tan redondos los diálogos de un conflicto y que escoja con tanta conformidad las palabras que mejor encajan en contextos de roce y fricción y que respete con tanto escrúpulo el decoro de los personajes. 

Algunos de esos papeles pertenecen de forma rabiosa a lo popular, a la España profunda, a lo cañí. De nuevo las noticias y la televisión se nos presentan como algo grotesco y la fama y el glamour como un terreno monstruoso conquistado por personas extrañas y desquiciadas.

A modo de conclusión, quién no recuerda los tacones de una madre que se acerca como algo familiar y conocido que le aporta seguridad. Si Becky del Páramo antes que madre es mujer y antes que eso persona, Almodóvar antes que director es persona y antes aún, hijo. Entender sus anhelos y miedos como hijo puede nser la llave para entender su cine, quizá.

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