Crítica de ‘A propósito de Llewyn Davis’: Odisea de un perdedor concienzudo con alma de folk

Las críticas de Carlos Cuesta: A propósito de Llewyn Davis

Alguien me dijo el otro día que A propósito de Llewyn Davis es un poema y seguramente esté en lo cierto; si me apropio de esta definición debo añadir que es un poema hermoso, cadencioso, divertido, muy musical sobre la forma de vida y las complicaciones de un intérprete y compositor folk en los Estados Unidos durante los años 60. Oscar Isaac (Ágora) sobresale en el papel de este joven que abandonó la marina mercante para ganarse la vida de una manera que lo realizara. Es un propósito nada sencillo porque no se enfrenta sólo a la inmensa competencia o a los gustos de un público que no siempre demanda el mejor producto; su actitud y su talante le empujan a desperdiciar las oportunidades que le van surgiendo, como si su naturaleza le impusiera ser un perdedor. 
Ethan y Joel Coen se inspiraron en parte de la biografía del músico y activista Dave Van Ronk para presentarnos una imagen muy plástica de una época, de una profesión y de una forma de vivir (desterrando por el camino algunos tópicos o al menos intentándolo). La película llama la atención por su aspecto visualmente armónico, por transcurrir su relato de una forma fluida y por insertar con sentido de la oportunidad una serie de temas musicales que sirven para ambientar la narración y para llegar a rincones del alma del personaje a los que no podríamos acceder de otro modo.

La agradable sensación que despierta A propósito de Llewyn Davis, pese al desconcertante final un tanto difícil de interpretar, se debe a un majestuoso equilibrio: se muestra capaz de ser tierna sin ser melosa, urbana sin ser demasiado marginal, graciosa sin ser cómica para permitirse al tiempo ser triste y nostálgica sin abandonarse al drama. Equilibrio aportado también por una serie de personalidades muy diferentes. La historia desde su comienzo hasta el final está poblada de personajes particulares como acostumbran los escenarios creados por los hermanos Coen. Lo impredecible de sus reacciones nunca escapa a la coherencia dentro de ese universo particular y en cierto modo realista; son personas de carne y hueso con su complejidad y sus errores de fábrica, jamás diseñados para la perfección, sobreviviendo al día a día gracias a sus capacidades y muchas veces a pesar de ellas. Son las caras amable (Justin Timberlake), grosera (un John Goodman muy a lo Gran Lebowski), pintoresca (Adam Driver) o pragmática (Fahrid Murray Abraham, Amadeus) de esta travesía. 

La esencia triste y honda de las canciones folk se encargan de matizar la mirada ácida, incluso cínica del personaje protagonista, las rarezas de un entorno poco convencional y los destellos de humor negro que jalonan un viaje que se torna circular, repetitivo, inacabable, por obra de los anhelos fantásticos de los dos realizadores.

Unos diálogos fabulosos trenzan la narración de una semana en la vida de Llewyn Davis en la que acaba viajando a Chicago en busca de un contrato con un productor que supuestamente ha recibido su disco en solitario; pernoctando en sofás de casas ajenas y pidiendo favores a viejas amistades que en algún caso ven en su forma de vida una actitud caótica e irresponsable en vez de ese toque bohemio y mundano que se le presupone a este devenir nómada. Llewyn deberá también afrontar la carga de haber perdido a su pareja musical, que se suicidó, y de aguantar que no paren de recordárselo. Sin embargo, este personaje incorregible entiende que debe ser agradecido por esos continuos favores pero en ningún caso está dispuesto a ser sumiso y aguantar en silencio los muchos reproches que se le hacen.

Es muy apropiado el subtítulo de Balada de un hombre corriente con el que la película ha llegado a algún país, porque es un canto a la supervivencia de las clases medias que también encierra, bajo el relato lineal de una semana en la vida de Llewyn, una importante carga de simbolismo en una odisea (odisea es la palabra exacta) llena de inconvenientes, descubrimientos y oportunidades para enmendar errores del pasado.

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