Crítica de ‘El lobo de Wall Street’: Ambición sin límites

Las críticas de Miguel Moreno: El lobo de Wall Street
 
 
 
 
Martin Scorsese ha vuelto con su mejor cara. Así de rotundo puedo afirmarlo tras ver su última película, y no es para menos. Este “lobo” ha levantado ampollas, vítores y desprecio a partes iguales desde su estreno, pero lo único seguro es que no te dejará indiferente. Hemos visto algunas facetas nuevas en otras ocasiones de uno de los cineastas más reconocibles y admirados de todos los tiempos, pero esta vuelta a los orígenes nos trae al Scorsese más fresco, divertido, alocado e irreverente, de la mano de un Leonardo DiCaprio que, literalmente, huele a Oscar. Esto, señores, es El lobo de Wall Street.

La premisa, sencilla y clásica. Jordan Belfort, uno de los delincuentes financieros de mayor renombre en el mundo de Wall Street, es encarnado por el DiCaprio más desatado que hemos visto en mucho tiempo. Su comienzo y caída, su nacimiento y posterior e inevitable declive, viene precedido por otras muchas obras maestras de este visionario director, como fueron en su día la impecable Casino o la gloriosa Uno de los nuestros. Todas y cada una de las características que hicieron grande a Scorsese se encuentran en El Lobo de Wall Street. un montaje excelente, un acompañamiento musical que nos recuerda el gran melómano que es el italoamericano, y un ritmo endiablado que, a pesar de sus 3 horas de metraje, nos recuerda por qué hablamos de un director de altura, y es que en cualquier otras manos en las que hubiera caído el proyecto, hubieran resultado seguramente tediosas. De su mano, sólo queremos más, exactamente como su protagonista. Y eso sólo puede hacerlo un director veterano, curtido y con una trayectoria impecable a sus espaldas.
 
El guión y su posterior traslado a la pantalla grande ya era un caramelo antes de su gestación, y es que la historia de Belfort era una de las más adaptables a este formato. Sólo faltaba un intérprete y una mano maestra tras la cámara, y no pudieron tener mejor representación. Mientras que DiCaprio da un verdadero recital de excesos encarnando al estafador, ese muchacho regordete que parecía abocado a comedietas de segunda, Jonah Hill, nos demuestra que puede ser el mejor compañero de viaje. Matthew McConaughey (qué de sorpresas está dando el actor últimamente, y sólo mencionaré Dallas Buyers Club y con eso basta) y Jean Dujardin como secundarios de lujo, finalizan un reparto que termina con la belleza implacable de Margot Robbie, que robará el corazón del tiburón de las finanzas.
 
El resto lo pone el ojo maestro tras las cámaras (¿se ha notado que me resulta uno de los mejores directores vivos del momento?) con una escena tras otra que no hará que paremos de divertirnos, unos diálogos para enmarcar y una puesta en escena simplemente brillante. Todo el principio, el ascenso de Belfort desde que comienza su carrera, la escena con el personaje de McConaughey como mentor, son oro puro. Y cuando ya parece que hemos tenido suficiente, aún vendrá más. No recuerdo una película que dibuje mejor el micromundo en el que viven los tiburones de Wall Street, los maestros de la mentira, exceptuando quizá, y por supuesto a otro nivel en lo que a diversión e interpretación se refiere, la propia Wall Street de Oliver Stone. Pero Scorsese, sabedor de que no cuenta nada que no hayamos visto antes, nos recuerda que hemos venido sobre todo a divertirnos. Por eso asistiremos a una de las mejores comedias con tintes de drama que ha parido el maestro. Toda la narrativa es fresca, asistiremos a los planos en los que el personaje habla a cámara como si fuera a nosotros como espectadores, los congelados típicos, y la banda sonora mejor elegida y en los momentos mas álgidos. Todo marca de la casa. Es el ascenso y caída, como gusta a este director filmarlo y hemos visto otras muchas veces, relatados con el máximo exponente de locura y diversión. Jordan Belfort es otro en la lista, junto a Sam Rothstein y Henry Hill, trazando su arco desde su lanzamiento en la catapulta en la cima del capitalismo más salvaje que existe: Wall Street. Si alguien estaba interesado en probar fortuna en la piscina de los tiburones sin piedad, sólo debe prestar atención a la magnífica escena en la que Belfort engaña a su primer cliente por teléfono, con su séquito de fieles detrás sin perder detalle.
 
Algunos han tildado a la cinta de ser misógina y excesiva. Es una forma curiosa de verlo, desde luego, pero no lo comparto. Aunque las mujeres puedan parecer meros objetos de diversión sexual en el círculo de la vida del protagonista y sus fieles, no es sino una excelente manera de precisamente criticar y recrear todo ese mundo, y es seguramente  el objetivo de Martin Scorsese, Una lástima que muchos no hayan sabido ver mas allá. En este sentido, Belfort era un particular líder religioso, con una verdadera cohorte de seguidores con un objetivo común: enriquecerse a toda costa y por encima de todo.  
 
Todo un reguero de alcohol, drogas y sexo será el rastro que deje nuestro querido Jordan Belfort. El dinero como reclamo, premio y tótem a adorar. Nada importa excepto eso. Los chicos sólo quieren más. Y dentro de esa vorágine insana, iremos barruntando el inevitable declive, saboreándolo. Toda la comicidad de las primeras 2 horas se irá tiñendo de drama, cuando el tiburón se vea acorralado. Su familia e imperio se tambalea, y las horas están contadas. Scorsese, cual maestro herrero, ha ido forjando la caída antes de que nuestros ávidos ojos se hayan dado cuenta, y el sueño de Belfort se irá diluyendo poco a poco, hasta ese final perfecto que cierra la película, relatando uno de los biopics más memorables de los últimos tiempos. El lobo de Wall Street se sabe grande, y en su grandeza se recrea. El director por su parte ya no tiene que demostrar nada a sus 71 años y nos deja disfrutar hasta que terminamos, como el propio Belfort, exhaustos y sin aliento, tras una vida plagada de excesos, dinero y locura.   
 
Tras ver el film, muchos desearán enfundarse su mejor traje, y coger un avión directo al centro del desastre financiero. No les culpo. Antes, deberán afilar sus dientes para asemejarse a un tiburón más, y prepararse para su particular ascenso y caída. Mientras, los demás podemos disfrutar de una de las películas mas salvajemente divertidas del momento. Un viaje para el que deberás coger (y reservar) aire, y que no te puedes perder. Apabullante.

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