Crítica de ‘Agosto’: La auténtica familia

Las críticas de Miguel Moreno: Agosto


John Wells adapta la obra de teatro ganadora del Pulitzer August: Osage County y lo hace tirando la casa por la ventana, es decir, con un elenco envidiable que da lo mejor que tiene, y enseñando literalmente las vísceras y la hiel de la familia en una serie de situaciones que pondrían a prueba al más estoico. De esta manera, asistimos a la desintegración en directo de uno de los supuestos pilares básicos del ser humano: la familia.

Se agradece además, que en la cartelera actual se encuentre esta propuesta, pues resulta un fidedigno retrato de las miserias humanas mas allá de cualquier optimista y edulcorada visión. Por ello, mientras que la disfrutamos y recordamos sus mejores momentos, Agosto también no deja de herirnos y desagradarnos, aunque no podamos apartar la vista de ella. De ello de encargan especialmente una Meryl Streep que si bien puede resultar excesiva y exacerbada, entrega uno de sus mejores trabajos (uno más) y una Julia Roberts que, alejada de comedietas y románticas historias en preciosas ciudades, muestra que es perfectamente válida en este tipo de dramas. De hecho, la relación más rica en matices que se da en el film la mantienen estas dos actrices.

Del resto se encargan un excelso Chris Cooper y Margo Martindale (un matrimonio más que creíble) un Benedict Cumberbatch estupendo junto a una no menos estupenda Abigail Breslin, y un pequeño papel que sienta muy bien en las maneras de Ewan McGregor. Juliette Lewis y Dermot Mulroney componen una peculiar pareja y el breve trabajo del veterano Sam Shepard al principio es el que da comienzo a la tragedia. La muerte del padre de la familia abrirá la caja de Pandora en la que se arremolinarán todos los miembros desatando la peor de las tormentas. Si bien el estupendo personaje que interpreta Streep es el verdadero causante de que se desate la tragedia, que ya se masca desde bastante antes de su inicio, iremos comprobando como los muros de la familia se van viniendo abajo a medida que conocemos más acerca de los miembros que la componen, todo ello dentro de un clima de calor sofocante que avivará el fuego.

El film resulta un fidedigno retrato, por otra parte, de los más oscuros lugares que habitan en el ser humano, y de cómo, de alguna manera, comprobamos que el estamento de la familia quizá está sobrevalorado. Hay un momento de la película, en el que uno de los personajes comenta los lazos genéticos que nos unen dentro de ese estamento, dando qué pensar al espectador. Toda la cinta respira un profundo amargor, pero también una vasta realidad, y es que los pilares de la familia son, muchas veces, más débiles de lo que nos gustaría admitir.

Toda la cinta está impregnada del aroma a las tablas de escenario, recordándonos la obra en que se basa. Y si bien no resulta del todo una adaptación redonda al celuloide, no se pueden negar las habilidades de John Wells al hacerlo. Se trata de una cinta de actores, y de momentos álgidos (sin duda a destacar el de la cena, que también podría llamarse La caja de Pandora, ya que se trata de un crescendo dramático que al final estalla) que componen los diferentes puntos de vista y secretos de esta particular familia, recordándonos que casi todo tiene otra cara en esta vida, la que no se muestra a simple vista o simplemente no queremos ver. El trabajo actoral, casi milimétrico, hará que todo esto sea posible.

Cabe destacar también el tour de force entre Streep y Roberts, que se entregan totalmente a la causa, con varios momentos memorables. Agosto se irá abriendo sitio dentro de nosotros, y mientras algunos momentos de humor negro harán que se nos dibuje una tímida sonrisa en nuestra cara, por dentro tendremos el corazón en un puño. Vamos, que nos reiremos de maldita la gracia. Y ahí reside todo el potencial de Agosto.

Todo ello, al ritmo de la guitarra del gran Eric Clapton y uno de sus clásicos, que sonará en momentos clave y nos recordará que ese gran pilar que es la familia, siempre tiene grietas que el tiempo irá abriendo cada vez más, hasta que se derrumbe. Y el festín se muestra ante nuestros ojos con un sabor a amarga hiel, en un viaje en el que no conviene girarse para mirar atrás.

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