Era una misión imposible: con las obras de arte confinadas detrás de las líneas enemigas y las órdenes del ejército alemán de destruirlo absolutamente todo en cuanto el Reich cayera, ¿cómo aspiraban estos hombres –siete directores de museos, conservadores e historiadores de arte, más familiarizados todos ellos con Miguel Ángel que con el fusil M1– poder conseguir su objetivo? Pero dado que los Monuments Men, tal y como se les denominaba, se enfrentaban a una carrera contrarreloj para evitar la destrucción de miles de años de cultura, arriesgaron sus vidas para proteger y salvaguardar los mayores logros de la humanidad.
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