Crítica de ‘Lore’: Un viaje duro y realista a la desintegración del nazismo

Las críticas de Carlos Cuesta: Lore

Lore es una historia que no quiere compartirse, una experiencia demasiado agotadora como para ser vivida plenamente. Miento. No es que no quiera compartirse, es que es más descriptiva que empática y los momentos de emotividad son incapaces, por coherencia, de enternecernos; nos arrastran más a la desesperación. El título de la película corresponde con el nombre de la hija de un oficial de las SS que abandona su hogar junto a sus hermanos y sus padres. Con el final de la Segunda Guerra Mundial llegan los malos tiempos para los vencidos, y ahí el gran mérito de este título: plantearnos la visión poco común desde los ojos de la familia nazi y lograr que esos personajes tengan una verosimilitud perfecta.

El relato ofrece el peregrinar de todos los hermanos, conducidos por la hermana mayor, hacia la casa de su abuela, tras la detención de sus padres por su implicación en el partido nazi. Su camino está marcado por el frío, el hambre y la miseria. Su itinerario está infestado de una crudeza corrosiva que con cada nueva etapa suma cansancio, tristeza y desasosiego. Nadie da algo a cambio de nada y hasta la posesión de un bebé es un factor estratégico para conseguir comida. Con un realismo asombroso, nos adentramos de lleno en su tragedia, sentimos nuestros pies pesados por el barro, casi acumulamos el cansancio de los personajes, deseamos llegar al destino. 

Pese al desprecio que podamos sentir por cualquier familia nazi, la parte de humanidad que se les sobreentiende permite fragmentos en los que se percibe el despertar de una emoción. Los chicos se toparán en su camino a Hamburgo con un joven, Thomas (Kai Malina) al que recuerdan de la escuela. Él se sentirá atraído por la joven, la acechará primero y los acompañará después, ayudándolos a pasar los controles de los soldados americanos y a conseguir comida. Algunos momentos escasos de su relación con Lore (Saskia Rosendahl) parecen despertar sentimientos más allá de la historia brutal de supervivencia. Él parece ser un judío salido de un campo de concentración. Ella lo descubre y le permite su compañía sin dejar de demostrar odio hacia su raza, empujada por una necesidad capaz de desdibujar el sentido de los ismos.
Una caricia en la mano, él tocando levemente su pelo, son momentos de una fugaz ternura animal en un panorama de pies cansados, sangre, barro y caminatas que no nos ahorra ni un detalle del sufrimiento o la incomodidad. Las escenas en las que la madre pretende abandonar a su prole son momentos impactantes marcados por la melancolía y la violencia física causadas por la impotencia que acarrea el destino.
Esta adaptación de la novela The Dark Room dirigida por Cate Shortland muestra a través de los ojos de su protagonista la vergüenza de descubrir las atrocidades causadas por su padre en los campos de concentración y la dureza de una vida que ha pasado de la placidez al horror de un día para otro. El carácter férreo de Lore se hace patente en su mirada y en sus actos. La actuación de Saskia Rosendahl es sobrecogedora en cada momento, pero la historia hace del suyo un personaje impenetrable para el espectador, que sigue la historia pero ve complicado participar en ella.
La actuación de todos los niños es fantástica. Todos menos Lore se mantienen en su nube de ignorancia sin saber que Hitler ha muerto, que su líder es un monstruo como lo son sus padres. Sólo la hermana mayor se va despojando de ese desconocimiento, y por eso este pasaje de su vida se vuelve infinitamente más pesado. Sobrevivir casi como animales va embruteciendo su espíritu. Incluso en el desenlace el personaje se muestra con una coherencia que nos congela, una vez abrazado el sinsentido de la existencia.

Nota: Crítica recuperada y editada de su primera publicación con motivo de su proyección en la 57SEMINCI.

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