Crítica de ‘La flor de mi secreto’: “La realidad debería estar prohibida”

Las críticas de Carlos Cuesta: La flor de mi secreto

En lo que llevamos de recorrido inverso por la filmografía de Pedro Almodóvar nunca habíamos escuchado a su cine decir de forma tan explícita que sus historias pueden ser tan reales como la vida misma. En La flor de mi secreto el director invoca la correspondencia de sus tramas con hechos verosímiles y corrientes. En una de sus escenas, Leo (Marisa Paredes) toma la decisión de no escribir más novelas rosa de amor bajo el seudónimo de Amanda Gris y entrega a la editorial una texto que, tal cual se explica, no es sino el argumento de Volver. Leo defiende que “la realidad es así”, a lo que le responden que “la realidad es para la televisión y los periódicos. La realidad debería estar prohibida”. Frente a las películas corrientes que nos hacen soñar con otros mundos, de alguna manera el realizador y guionista reivindica lo almodovariano como algo que se parece a nuestras vidas más de lo que pensamos; más que el cine convencional.
Leo odia profundamente su otro yo, bajo cuyo nombre escribe novelas llenas de “rutina, complacencia y sensiblería”. Su verdadera existencia tiene más de tormento, angustia y contradicción. Toma pastillas para conservar la memoria pero bebe para olvidar, entre otras cosas, que su marido (Imanol Arias), oficial del ejército, está más ausente en persona que cuando está lejos y que su distanciamiento, sus desencuentros, son algo prácticamente insalvable.

He visto pocas secuencias de ruptura tan sentidas, tan desgarradas como la que Imanol Arias y Marisa Paredes interpretan en La flor de mi secreto; una cruda escenificación de la incomprensión, el reproche y la frustración a cargo de dos de los grandes actores españoles de nuestro tiempo. Ella, un nudo de nervios, sobresale de forma incontestable y se agita como bandera al viento, como uno de los emblemas del cine de Almodóvar: la constante de la mujer como medida de todas las cosas. Si un hombre puede competir en personalidad con uno de sus personajes femeninos a bien seguro será detestable, desagradecido, infiel o todas esas cosas a la vez. El único hombre sensible a las necesidades de Leo es afeminado y blando, hasta el punto de que desearía ser Amanda Gris (Juan Echanove). 

Hay más hitos que permiten distinguir la película como una senda abierta por este director. La comida como media de intercomunicación humana y de excitación de los sentidos; la infidelidad ya mencionada o la más que apropiada música de Alberto Iglesias (lo ha venido siendo en las películas tratadas en el ciclo y ésta es la primera colaboración entre el realizador y el compositor). También en este caso los personajes muestran sus referentes culturales y sus refinados gustos escénicos. Como ejemplo, Leo cita de carrera más de una decena de nombres de autoras de las que le gustaría escribir, en el transcurso de una entrevista con uno de los responsables culturales de El País (aún no había tenido lugar el desencuentro con el diario a costa de las furiosas críticas contra la calidad de Los abrazos rotos). En esta escena no sólo se nos indica esa faceta un tanto elitista de Leo (que quiere escribir en El País, de súbito, sin haber publicado nada “oficialmente” y que pone como condiciones no escribir de literatura española) sino que se vuelve a manifestar la mujer como eje gravitatorio de los argumentos.

Es interesante como esta película es además referencia explícita a otras compañeras de filmografía. A partir de La flor de mi secreto se abren caminos y referencias que desembocan en Volver, Todo sobre mi madre y, de un modo anecdótico, Hable con ella (me acordé de esta película por similitudes entre dos planos en los que, durante una conversación, el reflejo de una boca coincide con la de otro personaje en un espejo, pero también por la obstinación de uno de los personajes en amar a una persona que no le corresponde y que está absolutamente ausente).

En el caso de Volver no es sólo la mención directa al argumento de la película, como hilo de una novela que Leo pretende publicar y termina por ser plagiada. También se encuentra la recurrencia (lo es en Volver, por posterior) de la familiar medio impedida que quiere vivir sola y en sus raíces rurales (curiosamente interpretada en los dos casos por una fresquísima Chus Lampreave).

Todo sobre mi madre toma de La flor de mi secreto, el rol de la coordinadora de trasplantes, los ensayos grabados de los doctores para aprender a actuar ante un fallecimiento después del cual hay que hablar a los familiares sobre la donación de órganos. La coincidencia se extiende también a ese homenaje a la mujer que remata Todo sobre mi madre: a las actrices, a las mujeres y a los hombres que quieren ser mujeres. Para el personaje de Echanove tomar el relevo detrás de la máscara de Amanda Gris es más que un sueño hecho realidad.

Al transitar este universo desde hace ya un tiempo uno termina por encontrarse con viejos conocidos, por atar cabos, comparar situaciones, temáticas y manías que se vuelven a repetir en una filmografía plagada de obsesiones que no por repetidas o febriles dejan de verdaderas o auténticas. Tampoco son novedad las conversaciones a pecho descubierto, íntimas, directas y graves. Desde luego, el dolor y las insatisfacciones de La flor de mi secreto son dos de esas realidades que deberían estar prohibidas.

2 comentarios en «Crítica de ‘La flor de mi secreto’: “La realidad debería estar prohibida”»

  • el 12 diciembre, 2013 a las 22:29
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    Muy buena crítica, Carlos.

    Lástima que, tras verla, deteste aún más Volver, lo único que podía salvar la película era su originalidad, pero es un mero plagio de una anécdota de La flor de mi secreto.

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  • el 12 diciembre, 2013 a las 22:35
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    Muchas gracias por tu comentario. Más que un plagio es el desarrollo completo de una día que él ya había tenido antes.

    Respuesta

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