Crítica de ‘Kika’: Un collage a base de realidad y todas esas cosas que salen en la tele

Las críticas de Carlos Cuesta: Kika

Como nuestro viaje por la filmografía de Almodóvar lo hacemos al revés, a uno que soy yo le dio por decir que La flor de mi secreto era, entre otras cosas, la primera reivindicación directa que veía del director de que sus historias son más ajustadas a la realidad que otras películas más corrientes. El estilo de esa película sostiene un discurso muy apropiado exponer esa idea, pero lo cierto es que Kika, aunque a modo de disparate, defendía, y con anterioridad, la misma visión con otros argumentos. El suicidio de la mujer de un famoso escritor (Peter Coyete) y los sucesos posteriores dentro de la familia encierran en su interior una crítica al sensacionalismo televisivo, un medio que se presenta como una ventana que una sociedad voyeurista como la nuestra utiliza para asomarse a las excentricidades del mundo. 
Kika es un dislate que toma la forma de parodia negra o tragicomedia cañí para contarnos los enredos de esa familia. La sospecha de que la madre no se quitó la vida planea sobre los eventos que ocurren en la película, y a resolver esa duda se dirige la trama, pero dando algunos rodeos. Entre medias ocurre el fallecimiento del hijastro, Ramón, (Álex Casanovas); un fallecimiento que tampoco es tal, pues la maquilladora (Verónica Forqué) se lleva un susto tremendo al comprobar que sigue vivo. Éste es el comienzo de un triángulo de amoríos e infidelidades que se solapa con una crítica al ensimismamiento televisivo y cómo este medio consigue sus historias y ofrece algunas de sus ‘noticias’.

Victoria Abril se ciñe a un personaje inclasificable que nos cuenta en su programa las peores cosas que ocurren en el día, aprovechando la fascinación de la gente común por el mundo del corazón, los famosos y los sucesos. El tono y la cadencia de sus palabras en antena al leer a cámara los titulares de sucesos ahonda en la tesis de que la verdad supera a la ficción;y nos recuerda el método en que el cineasta de La mala educación buscaba su inspiración en las columnas de las páginas de los diarios, como prueba de que esos acontecimientos absurdos y extremos son cosa del día a día. El personaje de la asistenta (Rossy de Palma) devora esas crónicas boquiabierta, como hipnotizada, y termina participando de ellas. Da la sensación de que el guión no quiere dejar pasar la oportunidad de señalar a la audiencia como cómplice de una modalidad nociva de realidad y entretenimiento.

Visto así, no parece casualidad que La flor de mi secreto y Kika estén tan seguidas en esta filmografía, aunque nada tienen que ver los mimbres con las que están fabricadas. En Kika se nota la influencia del collage (técnica que Ramón utiliza profesionalmente) para confeccionar el diseño de vestuario, el decorado, la forma en que se solapan como recortes la música y el vídeo e incluso la propia estructura de la película. Los fragmentos de esta historia no son piezas de un puzzle; una parte de la trama acude a nosotros desde una latitud diferente a la de la otra subtrama; ambas se juntan a medio camino, discurren a la par y al final cobrar sentido juntas, sin que el realizador renuncie a la estructura circular de las producciones que dirige ni al flashback como recurso narrativo. El collage sirve además para hacer compatibles, al menos en el concepto, varios géneros que cohabitan: la comedia que se aproxima la charlotada, los enredos amorosos y la trama policíaca.

Los textos dispares y barrocos que tabican muchos de los diálogos contienen frases llenas de imaginación, capaces de transformar lo obvio en una ironía sangrante, en requiebros fantásticos para convertir en chispa lo que de otra manera sólo serían momentos chabacanos de programa de sábado noche. Eso no quiere decir en absoluto que todos los diálogos sean así, ni que todas las escenas sean brillantes. Los comentarios grotescos incluyen alguna chocante mención a la zoofilia y algún que otro “rabo” (lo de hablar de la polla así, tal cual dicha, hace gracia la primera vez, parece espontáneo, pero la segunda se asemeja más a una repetición poco justificada que a una cuestión de coherencia de la forma de hablar del personaje. De hecho, esta cuestión de las frases que parecen repetidas ocurre al menos en dos ocasiones).

Es la parte menos interesante de una película que si tiene un pase, al margen de su acertada crítica a la televisión, es gracias a una Verónica Forqué loca y divertida que sabe sacar provecho a un personaje muy complicado que en manos equivocadas podría haber sido un fantoche. Lo de Victoria Abril es alucinante, de alucinación. El rollo tecnológico-espacial de su vestuario viste aún más el despropósito a la vez que ahonda en la crítica a la caja tonta y a los estamentos públicos que se someten a ella. Ese look está a caballo entre la patochada y la genialidad, porque hace falta ser un poco genio para convertir una violación rocambolesca en algo gracioso sin que el espectador llame al 112; su transgresión se consuma obligándonos a recordar Los amantes pasajeros con una eyaculación accidental en la cara de Victoria Abril, que no por ralentizada se vuelve poesía.

Si de mujeres hablamos, el desnudo de Bibiana Fernández consuma con sensualidad la obsesión de Almodóvar del hombre que evoluciona a mujer (algo que él lograría más tarde en la ficción con La piel que habito, también con éxito aunque de manera mucho más macabra). Y si de mujeres hablamos no podemos obviar la importancia que la imagen le otorga a los pechos como plástico y voluminoso objeto de deseo. Si a lo que nos referimos es a hombres, lo del doblaje de Peter Coyote sólo puedo denominarlo como extraño y la locución mecánica y automática de Álex Casanovas… Pues eso, mecánica y automática.

Kika no salió muy bien parada de la crítica en su día, entiendo que por que sus virtudes son muy intermitentes y sus defectos demasiado ostentosos. Esa respuesta no se debió en ningún caso a un cambio de estilo, porque las constantes de este cine se mantienen de forma sistemática, también su deseo de elogiar el cine clásico y el gusto artístico de sus personajes. Es algo que se aprecia en los carteles de cine francés de visibles en algunos planos y la forma en que se recurre al cine en blanco y negro para dar sentido a hechos del pasado (de manera similar a cómo Hable con ella termina resolviendo el conflicto de la satisfacción femenina con la escena del hombre menguante). Una de esos intentes de arropar de cultura el contexto de la trama me parece más bien un patinazo innecesario, cuando Peter Coyote explica el motivo del nombre de su finca, durante la llamada en la que avisa del suicido de su mujer. Él mismo acaba diciendo que no viene al caso, lo cual hace parecer esto aún más absurdo.

Tal cual está planteado el relato de Kika es inverosímil, pero con esa intención parece haberse hecho; con la de solapar como recortes de un collage lo extremo, lo absurdo, lo verídico y lo cotidiano, fenómenos que cada día en la realidad y en la televisión cohabitan con nuestra complicidad expectante, incluso estúpida.

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