58 SEMINCI. Sección Oficial. ‘La por’ (‘El miedo’): Presos del terror doméstico

Las críticas de Carlos Cuesta en la 58 Seminci: La por (El miedo)

Ya habíamos visto La por antes de entrar en la sala. La habíamos ojeado de refilón en las líneas planas de un periódico en la sección de sucesos; la habíamos visto saliendo en el vehículo del forense en las noticias del mediodía en imágenes tristes y deplorables que ya empiezan a sonarnos a más del mismo. La por es una película sobre el maltrato, sobre un problema al que la sociedad no está sabiendo dar una respuesta (empezando por la denominación de Violencia de género, que la Academia de la Lengua desaconsejó, pero que a algunos les venía bien porque parece encajar mejor en los discursos vacíos). 
Desde Te doy mis ojos (Icíar Bollaín) no había visto reflejado esta realidad de una forma tan magistral y sentida, pero en este caso  Jordi Cadena (Elisa K) asume el riesgo máximo para contar la desgarradora, tensa y terrorífica realidad de las familias que son víctimas del maltrato, físico y psicológico, y que se sienten rehenes en su propia casa.

Cadena podría haber terminado la película con la primera escena, rematarla como un cortometraje en la que la familia despierta con los sonidos del aseo matutino de un padre cuyo rostro no vemos aún: La cuchilla de afeitar chocando contra el lavabo, el repiqueteo de la ducha, los pasos y el abrir de cajones son décimas de una angustia diaria sin horizonte ni solución que tiene mucha fiebre. Cuando el padre (Ramón Madaula, Isabel) se marcha al trabajo, los dos hijos menores y la madre salen tímidamente de sus cuartos como hervíboros que respiran aliviados cuando se ha marchado el depredador. Pero vuelve. Y les pilla a todos en el pasillo, y los ignora. Se quedan quitos por el pánico o porque le consideran un monstruo que no les puede ver si no se mueven o no hacen ruido. El director nos lo dijo al público antes de comenzar: “es una película tensa, pero no es de miedo ni de terror”. Mentira. No hay nada que dé más miedo que las cosas que pasan de verdad. El realizador se podría haber detenido ahí, en esa secuencia, en el título que se sobreimpresiona en la pantalla con otro portazo, pero se ha atrevido a ir hasta el final.

En comparación con Te doy mis ojos el personaje del marido no está tan desarrollado porque es más una presencia, el fantasma que preside un hogar atemorizado y esclavo. No se atiende tanto a la psicología del maltratador pero se nos ofrece todo lo necesario para que el personaje sea creíble y omnipresente. Ramón Madaula se encarga con su gran interpretación de que además sea temible y detestado. 
La por no disecciona la figura del maltratador sino que se vuelca en mostrarnos las consecuencias de los actos y omisiones de este hombre en la vida de los hijos, cómo condiciona su actitud, sus relaciones con los compañeros, su concepción del amor, sus expectativas vitales y su autoestima. Además revisa de forma inteligente y sin perderse en ese enfoque el miedo a perpetuar el maltrato (muy bien representado por el joven Igor Szpakowski): la violencia que engendra más violencia. 
Esta adaptación de la novela M de Lolita Bosch acude a la crudeza pero no comete el error, ni siquiera involuntariamente, de caer en el morbo o lo sensiblería, apoyado en la estampa trágica de la mujer golpeada. Roser Camí interpreta a una madre cariñosa, preparada para la vida y para el trabajo, que vela por sus hijos y que teme por ellos porque se han convertido en una especie de fianza, en propiedades del padre. Ella teme la reacción del marido, la mera insinuación de una fuga.
La película no es muy larga, dura una hora y cuarto aproximadamente, no necesita más y más sería menos, propiciaría errores, pasos en falso, regodeo morboso. Termina donde termina el artículo ese del periódico, donde después no hay más. El rostro tembloroso y ensangrentado de la madre es el rostro terrible de la vergüenza. Antes de eso todos los personajes han mirado directamente a la cámara, con mirada firme y apelativa, a nuestros ojos, preguntándonos qué vamos a hacer ahora, porque esto es ficción, cuando volvamos a la realidad. Esa mirada parece asumir un poco que cuando salgamos de la sala volveremos a nuestras casas y fingiremos que esto no está pasando cada mes.

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